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7 de diciembre de 2014

El triunfador (I)


Ramiro ni siquiera sabe que se llama Ramiro. De momento, su nombre es solo un sonido recurrente que repiten la matriz y el guardián cuando están cerca de él. Y no le importa mucho.
Lo que le importa es ese montón de bloques de colores que tiene delante. Figuras enigmáticas que cree, intuye (sabe) tienen un propósito trascendente que todavía desconoce.
Hace diez pausas de comida atrás logró descubrir que podía amontonar unas piezas con otras, creando estructuras elevadas y multicolores. Juntando dos o tres figuras aparecía una nueva. Siempre diferentes.
Más tarde se percató de que no todas las piezas encajaban bien, y que el bloque equivocado en el sitio equivocado derrumbaba toda la estructura. Pero aún no sabía cuáles ni por qué.
Pero hoy, de pronto, sospecha que si logra reunir a todas las figuras en una única estructura vertical, el fin último de los bloques de colores será revelado. Y junto con él, su propio propósito en el Universo, el de Ramiro (que aún no sabe que se llama Ramiro).
De modo que empieza poco a poco, con cuidado, tomando al azar un elemento a la vez. Uno se le cae, pero el resto permanece. Vuelve a intentarlo, por si fue su torpeza y no el bloque quien malogró la estructura: pero vuelve a caer. Así que toma otro y prosigue.
La estructura toma una altura sorprendente y ya casi es más alta que él sentado. Ahora solo queda una figura por colocar, la rebelde, la que se resistía a permanecer en su sitio. La eleva sigilosamente hacia la cumbre y, cuando intenta soltarla para coronar la obra, el edificio entero se viene abajo.
Ramiro llora de frustración. Inmediatamente aparecen la matriz y el guardián, y dicen “Ramiro” y otras cosas repetitivas (“bebé”, “sh-sh”, “buenobuenobueno”, “¿qué pashó?”, “bububububub”). Lo alejan de los bloques hacia alguna estancia cálida donde hay comida y paz y sueño.

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