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7 de diciembre de 2014

El triunfador (II)

Campo de concentración (PS)

Ramiro juega con la pelota. Para un pibe de su edad, juega bien con la pelota. De hecho, lo que hace parece fútbol.
Está con los amiguitos en el parque. El balón parece enorme al lado de todos ellos. Y sin embargo Ramiro se las ingenia para que nadie se la pueda sacar. Los vuelve locos: gambetea para acá, para allá, deja a sus compañeros pateando el aire y mete el cuero entre los dos arbolitos que hacen de arco. Hasta su festejo parece de un futbolista profesional, con gestos teatrales y ensayados, buscando su firma, su identidad.
Los abuelos lo miran jugar entre asombrados y risueños. “Es un Maradona en miniatura”, festeja el abuelo. La abuela asiente, pero está más preocupada por otras cosas: el sol del otoño se empieza a poner y el aire se vuelve más frío. “¿Vamos yendo, viejo?”, dice la mujer.
El abuelo se acerca a los chicos y les informa que se terminó el partido. “Vamos, Diego Armando”, le dice a Ramiro, que camina con la pelota bajo el brazo como el autor de un hat-trick. “No, abuelo, me llamo Ramiro”, corrige en su aparente inocencia. “Pero parecés Maradona”, halaga el abuelo lleno de orgullo. “No abuelo, yo voy a ser mejor que Maradona; voy a ser el mejor del mundo”, declara el chiquito, que nunca vio jugar a Maradona. El abuelo suelta una carcajada y lo acompaña palmeándole el hombro, asintiendo. Claro que sí, Ramiro, claro que sí.
Ese fin de semana lo llevan a probarse a las inferiores de un club grande de primera. El papá y el abuelo están más ansiosos que el propio Ramiro. Y vuelven más decepcionados.
Ramiro apenas tocó la pelota. La perdía inexplicablemente ante todos sus rivales. En esta generación, por lo visto, los defensores salieron muy buenos.

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