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9 de diciembre de 2014

El triunfador (IV)


“Una familia, un perro, una casita con una parrilla para hacer asados los domingos. Poca cosa, lo que pido es poca cosa”, expone Ramiro. “¿Nada más?”, se burla Juan, el otro taxista habitual del café, como si Ramiro fuese un nene caprichoso haciendo la lista de regalos para Navidad, o como si hubiese pedido el Santo Grial. “Vos querés ser un burgués de clase media”, prosigue Juan, mofándose, con terminología zurdita impropia de un facho como él.
Pero Ramiro continúa perdido en su fantasía: “Una casita en un pueblo tranquilo, ¿sabés? Lejos de los chorros, del quilombo, del tránsito, de los cortes de calle, de todo esto”, y Ramiro señala por la ventana la avenida ruidosa. “¿Y de qué vas a vivir en un pueblito de mierda como esos?”, lo desafía Juan. “Yo qué sé. Me pongo una ferretería, una panadería, cualquier cosa. Me da igual. Me fijo lo que falta y me instalo un boliche con eso”, divaga Ramiro.
“Mirá, Ramiro, para eso hay que hacer guita”, plantea Juan. “¿Cuánto te levantás por mes? ¿Cuántos viajes tenés que hacer? ¿Cuántas horas dando vuelta al pedo?”, le pregunta a continuación. Son preguntas retóricas (ambos conocen las respuestas), apenas una introducción a una propuesta indecente: “Cuando quieras, ya sabés. El trabajito que tenemos con los compañeros bonaerenses…” Ramiro voltea la cara. No quiere ni oír hablar de cosas ilegales. “Alegales, que no es lo mismo”, suele matizar Juan.
Ramiro había dejado la facultad y no había vuelto a tocar un libro. Pero dos años de Derecho le habían bastado para saber que Juan tenía una particular interpretación de la ley, y que el calificativo a su propuesta era sin dudas ilegal.
“¿A qué le tenés miedo, maricón?”, lo desafía Juan. Ramiro reflexiona, un poco para ordenar su cabeza, otro poco para preparar su exposición: “No se trata de miedo. No es temor a que me descubran llevando algo que no debo. Es otra cosa. Es más amplio. ¿Qué clase de vida es esa? ¿Qué familia se puede formar con trabajitos como ese? ¿Qué mujer se querría meter con un tipo así, que anda en cosas… cosas turbias, con esas compañías, con el riesgo de la cárcel ahí nomás”, se sincera Ramiro. “A la negrita que te curtís no creo que le importe mucho”, punza Juan. Ramiro sabe que le habla de la piba del burdel, a la que conoce solo por su nombre de guerra. Le tomó cierto cariño, pero no es la mina que tiene en mente para que sea la madre de sus hijos. “Dejala en paz”, atina a defender(se) Ramiro.
“Cuchame, Ramiro: no es de por vida. Cuatro, cinco, seis veces y listo. Capaz que un año, salteado. Y cuando terminás, ya tenés para agarrar a la negrita, tomártelas a un pueblucho de esos que te gustan y poner un parripollo, un kiosko, una cancha de pádel. Punto, sueño cumplido”, simplifica Juan.
Seis meses después, alguien los batió. Partícipe necesario en tráfico de drogas. Y algunos años de soledad, en una celda.

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