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11 de diciembre de 2014

El triunfador (V)


Ramiro juega con la pelota antes de devolvérsela a los pibes de la plaza. La pisa, apenas. La amasa como antes, pero no mucho más. No con esa pierna ni esa espalda. Los pibes se alejan un poco y montan la improvisada canchita algo más allá de su zona. No vaya a ser cosa que la próxima vez se quede con el cuero, o se los pinche en un arrebato de locura. Ramiro está acostumbrado. La gente le huye, lo esquiva, no le habla. En parte es por el olor, indudablemente: fuerte, penetrante, ácido, rancio, sedimentado, alcohólico, ahumado. Otro poco es por la pinta: roto, sucio, abandonado, con una superposición de telas indescifrables que se acomodan para tapar sus vergüenzas. Los ojos vidriosos, la nariz roja e hinchada, la piel con cicatrices, lunares y costras, el pelo entrecano rebelde, largo, enmarañado, la barba y el bigote amarilleando en torno a la boca, donde los pocos dientes que le quedan también se tiñen con el ocre de los cigarrillos. Camina a los tumbos, rengueando, arrastrando la alpargata izquierda. Pero no le importa mucho. Está más preocupado por otras cosas: el sol del otoño se empieza a poner y el aire se vuelve más frío. La placita, de noche, ya no es un buen lugar para dormir. Así que se pone en marcha. Tiene que encontrar un cajero, un local vacío, algún hueco al reparo donde su propio calor y unos cartones lo protejan de la inclemencia. Junta sus cuatro cosas (el tetrabrik, los cartones, los diarios, la frazada vieja) y sale pensando en un cajero. Sí, mejor un cajero. Va hasta la avenida y empieza la recorrida. No aparece nada potable. Recuerda que el año anterior (¿o el anterior al anterior?) había no muy lejos, capaz que a dos cuadras, una sucursal del Banco Ciudad donde por ahí… Pero no, se equivoca. Ahí no hay nada. Tal vez se confundió de avenida, o de recuerdo. Hay algún negocio vacío, pero tiene las persianas bajas, el candado bien firme y un colchón de papeles, cartas y basuras acumuladas desde tiempos inmemoriales. Está débil para pelearse con las cortinas metálicas, las cadenas y las ratas. Un cajero, si hubiera un cajero… De pronto divisa el cartel de un banco y apura el paso. La alpargata izquierda termina de perder media suela, pero él sigue convencido. Y cuando llega se encuentra al Otro. “Salí de acá, boludo”, dice el Otro. Ramiro examina el espacio, por si entraran los dos. No, demasiado estrecho. “Salí de acá, boludo”, repite el Otro como una amenaza, como el bufido de un gato previo a la escaramuza y los maullidos. “¿No sabés si hay más cajeros por acá?”, pregunta Ramiro. “Salí de acá, boludo”, insiste el Otro, alerta, de cuclillas, aferrado al suelo con las garras prestas al ataque. Ramiro se va resignado. Encuentra otra plaza, se acomoda en un banco, se tapa las patas con la frazada y el cuerpo con los cartones. Duerme dos o tres horas, hasta que el frío lo despierta y lo obliga a moverse para recuperar en calor.

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