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13 de diciembre de 2014

El triunfador (y VI)


Ramiro ni siquiera sabe que se llama Ramiro. Tampoco tiene claro dónde está: a veces cree que en la escuela; a veces, en un hospital. Cada tanto se despierta en una habitación extraña, o en un comedor lleno de gente, o en una sala con mesas y sillas donde un montón de viejos y locos (o viejos locos) se entretienen armando rompecabezas, mirando la televisión o dormitando en un sillón. De golpe, sin darse cuenta, está acá o allá, y no tiene idea de cómo fue a parar ahí. Pero no le importa mucho.
Lo que le importa es ese montón de bloques de colores que tiene delante. Figuras enigmáticas que cree, intuye (sabe) tienen un propósito trascendente que todavía desconoce. Alguien las dejó ahí (no recuerda quién ni cuándo ni cómo; quizás una maestra… ¿o son enfermeras?), esperando de él una respuesta, que señale el camino hacia la iluminación última, que consiga desentrañar el misterio de las formas.
Las manos le tiemblan, los brazos son débiles y le cuesta asir correctamente las piezas. Toma un cubo (cree que es un cubo) y con lentitud lo acerca a sus ojos miopes: pero entonces ya no recuerda lo que es un cubo, si es eso que tiene delante. Duda, vacila, y con la otra mano toma una nueva figura: la acerca también ante sus ojos y compara. Ahora ya no está seguro de qué es un cubo y qué no, y si alguna de las dos (o ninguna) lo es.
Lo curioso es que cree tener clara la definición de cubo, pero no puede enunciarla. Y tampoco puede señalar con el dedo al verdadero cubo, porque no consigue reconocerlo. Y entonces se dice que no necesita saber qué es un cubo, sino que debe armar el eso.
Eso es algo que tampoco sabe definir, ni qué aspecto tiene, ni por qué debe hacerlo. Solo sabe que lo reconocerá en cuanto lo vea y que una fuerza desconocida lo impulsa (lo insta, lo apremia) a construirlo.
De modo que empieza poco a poco, con cuidado, tomando al azar un elemento a la vez. Uno se le cae, pero el resto permanece. Vuelve a intentarlo, por si fue su torpeza y no el bloque quien malogró la estructura: pero vuelve a caer. Así que toma otro y prosigue.
La estructura toma una altura sorprendente y ya casi es más alta que él sentado a la mesa. Ahora solo queda una figura por colocar, la rebelde, la que se resistía a permanecer en su sitio. La eleva sigilosamente hacia la cumbre, con la mano temblorosa y el hombro maltrecho resistiéndose a subir tanto. Y corona la obra.
De pronto despierta en una sala llena de gente. Hay enfermeras (¿o son maestras?) dando vueltas por ahí. Hay un televisor en una esquina, gente sentada en grupos, o solas, en sillones y sillas, ante mesas o frente a las ventanas, jugando al dominó o armando rompecabezas. Ramiro se pregunta cómo llegó hasta ahí, frente a esos juguetes de niños y una especie de castillo armado con bloques vaya a saber uno por quién.

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