En un momento se hizo el silencio, un silencio cómodo, de esos
que se producen cuando hay confianza y la gente que comparte un espacio no
siente la obligación de decir algo para llenar el tiempo. Por el contrario,
cada uno se sintió libre de distraerse solitariamente con la espuma del café u
hojeando el diario.
Pasaron unos minutos así, y de repente habló Mandrake:
‒¿Sabés qué? No te podés fiar de la gente que fuma ‒concluyó
un razonamiento que había estado rondando en su cabeza, con un tono erudito
impropio de él.
‒¿Cómo es eso? ‒le dio cuerda Cacho, que estaba un poco
aburrido.
‒Y sí, viste. E’así. Un chabón que fuma no puede ser de
confianza. Tiene la traición metida en el cuerpo ‒respondió Mandrake, y después
sorbió ruidosamente su café con leche.
‒No te entiendo. ¿Qué tiene que ver la traición con el
cigarrillo? ‒cuestionó Cacho.