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13 de junio de 2015

El precio justo

Paseaba yo por una feria callejera, en un tramo donde se concentraban los artistas. Había cuadros de todo tipo, estilos, colores y tamaños.
Algunos parecían hechos en serie con alguna magnífica técnica que permitía a su artista crearlos en segundos, pero con un notable efecto final (paisajes galácticos, oníricos, bucólicos). Su tamaño era más bien pequeño y su precio, en consonancia.
Otras obras eran más grandes y elaboradas: cuadros de gran formato, pintados con esmero en la línea más clásica de la pintura clásica. Los temas variaban, pero siempre dentro de lo clásico: desnudos, payasos, naturalezas muertas, marinas, retratos. Los precios, claro, también variaban.
Había exponentes del impresionismo, copias más o menos logradas de pinturas famosas (Van Gogh, Dalí, Picasso, Klimt, Kandisnsky) y cierto arte recargado más cercano a la ilustración de las portadas de los cómics que al óleo de Leonardo.
Me gustaba recorrer ese tramo de la feria y ver la diversidad de artistas, técnicas y resultados. De vez en cuando, incluso, podía verse a uno de los pintores en acción, quizás lo más asombroso y entretenido de todo el paseo.
Ese día había cobrado un dinero extra y había pensado en hacerle un regalo a alguien. Por qué no, me dije, alguno de estos trabajos. Así que presté atención, más que otras veces, al valor que (en dinero) los autores le daban a sus obras. Lo más bajo era veinticinco, pero los precios escalaban por los cincuenta, cien, ciento treinta, ciento cuarenta y cinco, ciento cincuenta, doscientos, doscientos quince, trescientos, cuatrocientos, quinientos cincuenta, quinientos  setenta y cinco, seiscientos veinticinco, setecientos. Mil parecía ser el tope para la feria.

24 de diciembre de 2014

Erotismo onírico-profesional


"Vas a ser un escritor de éxito el día que dejes de escribir sobre tus sueños y escribas más sobre sexo", me dijo la editora desde la cama deshecha, en un sueño.

23 de agosto de 2014

El secreto del secreto

‒Nunca, pero nunca de los nuncas, tenés que fiarte de (o hacerle caso a) una persona que esconde secretos.
‒¿Por qué?
‒No te lo puedo decir. Es un secreto.

1 de junio de 2014

Mundialito


A mí, la verdad, las ONG me chupan un huevo. No sé si me explico, viste. Pero el fútbol es el fútbol, y cuando Matías me llamó para jugar al fútbol, yo fui enseguida, loco.
Una ONG de esas que ayudan a los inmigrantes (a los negros, vamos a decirlo: porque a nosotros no nos dan ni pelota; ni hace falta, nosotros nos las rebuscamos solos, viste; pero los negros de patera, sabés, esos sí necesitan una mano, porque a veces ni hablan el idioma, entendés, y entonces están las ONG como estas para decirle tres boludeces y darle un paquete de cuscús), una de esas, te decía, organizó un mundialito de fútbol. La joda era que se juntaran españoles e inmigrantes, que se armaran equipos por países y jugar un torneo. Una boludez con la excusa del Mundial de verdad y de la integración y no sé qué forradas más, pero fútbol al fin.

31 de mayo de 2014

Plagiando a Cortázar


“Usted está plagiando a Cortázar”, me dijo mientras dejaba el manuscrito sobre la mesa entre asqueado y ofuscado. Muy serio lo dijo, hablando como si me acusara de un crimen horrendo: un parricidio, robar un caramelo a un niño. “¿Y qué pasa si Cortázar me plagió a mí?”, retruqué más serio aún, con el tono chillón e indignado que pongo ante imputaciones injustas y otras ofensas. “Pero escúcheme, insensato: Julio Cortázar se murió mucho antes de que usted aprendiera a escribir, ¿cómo se le ocurre que él podría haberlo copiado a usted?”, censuró con acento grave, aplastado por el peso de la ciencia, de la historia y de la verdad. “No sé, quizás viajó en el tiempo, nunca se sabe. O tuvo visiones en sueños donde yo escribía y él veía lo que yo había escrito y luego, al despertar, transcribió aquello que había visto. O quizás Cortázar nunca existió y es solo una creación mía, tan perfecta, tan autónoma, que hasta parece real”, lo confundí sin más argumentos que la duda.
“¿Habla usted en serio?”, preguntó tras una pausa de meditación e incredulidad. “No, no realmente”, suspiré resignado. “Yo, en realidad, siempre quise plagiar a Borges”.

24 de mayo de 2014

El bus más aburrido del mundo


Cuando voy en el autobús veo siempre lo mismo. Es inevitable. Para intentar ser útil, el autobús está obligado a recorrer cíclicamente los mismos lugares en el mismo horario. Y yo (quizás por idénticas razones) estoy condenado a viajar todos los días en el mismo autobús a la misma hora.
Y como yo, otros tantos. Ya nos conocemos de vernos siempre en el mismo coche, con similares destinos. No sabemos quiénes somos, ni cómo nos llamamos, ni adónde vamos una vez descendemos del vehículo. Pero nos conocemos. Cuando uno va justo de tiempo, por ejemplo, es un alivio llegar a la parada y encontrarse esperando a la gente con la que uno viaja día a día; no por el placer de su compañía, sino porque actúan como una señal reconfortante de que, pese a nuestro retraso, el autobús todavía no pasó por ahí.
Como somos casi siempre más o menos los mismos, tendemos a sentarnos o pararnos en los mismos lugares, nuestros lugares; aunque a veces perdemos la propiedad tácita ante la acción invasora del pasajero ocasional quien, distraído y ajeno al reparto territorial de los habituales, se posa con osada inocencia en tal o cual asiento, tal o cual ventanilla. Afortunadamente la expropiación no es eterna; de hecho, no suele durar más de un día, una vez por mes[1].
De modo que en cada viaje siempre veo lo mismo desde el mismo lugar: la misma gente y los mismos paisajes se repiten día tras día. Las pequeñas variaciones son las que hacen de la reiteración algo llevadero. Primero están los cambios estacionales: menos luz en invierno, más luz en verano; flores en primavera, hojas amarillas en otoño; abrigos y paraguas, escotes y minifaldas, colores apagados y vivos. Luego, los cambios puntuales: alguien que engorda o adelgaza; un negocio que cierra, otro que abre; un corte de pelo extraño; un árbol talado; macetas nuevas en un balcón; un bebé; un anciano que ya no nos acompaña.
Hace unos meses ocurrió uno de estos cambios, imperceptibles para el ocasional, pero notables para el asiduo. No es que fuera una transformación catastrófica, ni siquiera importante, pero entiéndase en su contexto: cuando uno realiza la misma rutina cada veinticuatro horas, un cambio así resulta, cuanto menos, llamativo.

17 de mayo de 2014

Veinte


Cuando se acerca el Mundial, una final de Libertadores o de Champions League, la última jornada del campeonato local o cualquier otro gran evento futbolístico, no faltan los detractores que salen a menospreciar el interés general que se palpa en el aire por el Deporte Rey, y lo vituperan reduciéndolo a la nadería más bobalicona que se les ocurre.
Pero quien dice que el fútbol son “veintidós boludos corriendo atrás de una pelota” no entiende nada, no sabe nada. La mera enunciación de la frase refleja un desconocimiento profundo sobre el balompié, su dinámica, sus actores, su lógica. Ninguno de estos superados contraculturales repara, por ejemplo, en la figura del arquero.
Los arqueros, uno por equipo, son tipos que no quieren saber nada con el balón, que respiran tranquilos cuando lo ven lejos y que sufren cuando se les viene encima. Al contrario que la mayoría de sus compañeros detestan su presencia, no sienten la necesidad de controlarlo, amasarlo, doblegarlo, obligarlo a hacer piruetas en el aire y conminarlo a una trayectoria curva, perfecta, hacia el ángulo recto de palo y travesaño. Todo lo opuesto: apenas toman la pelota, los arqueros la revolean lejos, con un pelotazo casi despectivo a la mitad de la cancha, como una amenaza (“no vuelvas por acá, no sos bienvenida”); y si sus coequipers se empeñan en pasársela para jugar corto, los arqueros sufren con los pies como un equilibrista sin red en la cuerda floja.
Los guardametas odian a la pelota. Le dan puñetazos, la tiran afuera del terreno de juego, la aplastan con su cuerpo contra el suelo, la alejan de sí todo el tiempo. Incluso la escupen, indirectamente, cada vez que empapan sus guantes de saliva antes de sujetarla. Y la insultan en susurros cada vez que tienen que ir a buscarla al fondo del arco, mientras ella parece sonreírles cómoda y burlona entreverada en la red.
Por eso, cuando alguien dice que el fútbol son veintidós boludos corriendo atrás de una pelota, no entiende nada. Son veinte, nada más.

17 de enero de 2014

Secuestro Muy Sofisticado

Foto por AMERICANVIRUS.

Sr. Fulano: tenemos secuestrado a su hijo. Si desea verlo otra vez con vida, envíe la palabra RESCATE al 666*.

*Coste del mensaje: 1.000.000 € +IVA. Promoción por tiempo limitado. Solo válida en Península y Baleares.

10 de diciembre de 2013

Comentarios al viento

 
    El tipo me había estado rompiendo las bolas. No era nada puntual, sino genérico. Esa molestia constante del que no te dice las cosas a la cara, sino que suelta quejas al viento, indirectas, como para que vos no le puedas responder sin quedar como un loco. Viste, como esos jugadores de fútbol que te dan pataditas disimuladas, te tocan el culo, te susurran cosas de tu vieja al oído, hasta que al final te hinchan tanto las pelotas que terminás por pegarles una piña y te expulsan a vos, ¿me seguís?
    Este es así, un tocapelotas profesional. A la hora de comer, por ejemplo, abrí el tupper que traía y salió la baranda a pescado. Está bien, lo reconozco, quizás estaba un poco fuerte, pero el tipo no vino a decirme: “Che, eso huele un poco fuerte”, sino que esperó unos segundos a que yo empezara a comer y entonces soltó, a nadie en particular: “Me parece que mañana me voy a traer un barbijo y una pajita para comer”, como diciendo que el olor de mi comida no lo dejaba morfar en paz, pero sin decirlo. ¿Me entendés a lo que voy? Y así todo el rato, con todas las cosas. Una máquina de quejarse sin mirarte a los ojos.

30 de noviembre de 2013

La lección de Bonciotti

En la pantalla se veía la repetición: el defensor rival iba con la pierna levantada, con el pie a la altura de la rodilla, e impactaba de refilón (muy de refilón) con la rótula del delantero; este caía y se revolvía de fingido dolor, mientras el árbitro aparecía en el encuadre corriendo con la tarjeta roja en la mano. El defensor, indiferente a su expulsión, se agachaba con gesto recio y susurraba unas palabras en el oído del agonizante caído; por cómo se incorporó el delantero ‒de un salto, lleno de energía y sin el menor rastro de su dolencia‒ se habría dicho que el defensor pronunció algún conjuro mágico, una oración sanadora, algo digno del show evangelista de los domingos. Las escenas continuaban: una vez de pie, el delantero empujaba al defensor en tres ángulos de cámara diferentes, seguido por un jab de izquierda que no llegó a destino; no obstante, el defensor caía como peso muerto, tomándose la cara con ambas manos, en un gesto mezcla de sufrimiento y necesidad de ocultar la risa. El árbitro, testigo en primerísimo plano, volvía a alzar la tarjeta roja, esta vez castigando al delantero.
‒¡Qué boludo! ¡Mirá cómo se hizo echar! ‒rezongó Cacho.
‒A estos jugadores les falta cabeza ‒asintió el Rober.
‒¡Ya estaba! Había conseguido que expulsaran al otro animal… pero no va y se prende en el quilombo. ¡Qué boludo! ‒continuó despotricando Cacho.
‒Esto no le hubiera pasado al Toto Bonciotti ‒recordó el Rober.
‒¿Bonchoti? ¿Y ese quién es? ‒preguntó Cacho en su cándida juventud.

22 de noviembre de 2013

Tercera entrada

‒¿Esto es de relleno?
‒Nada es de relleno.
‒¿Y el relleno de una empanada, por ejemplo?
‒Sin relleno, no habría empanada. Así que no está de relleno.
‒¿Y los extras de una película? ¿Y los figurantes?
‒¿Y el telón, y el escenario, y los vestuarios? ¿Sería igual una película si solo hubiera actores desnudos sobre un fondo negro, o tal vez solo voces en la nada?
‒Entonces me asegurás que esto no es de relleno.
‒Esto es lo que es y está para lo que está.
‒Pero convengamos que, por sí solo, el texto no vale gran cosa.
‒Quizás, si estuviera aislado.
‒¿Y no lo está, con una entrada para él solo?
‒Nada está nunca aislado. Así que el entorno completa el sentido y le otorga valor.
‒¿Y por qué en forma de diálogo?
‒Para establecer un contrapunto, para abrir el paraguas, para darle voz a la posible objeción del lector y poder responder de inmediato.
‒¿Qué objeción?
‒Sabía que ibas a preguntar eso.
‒Ya veo. Y ahora es cuando lo dejamos pensado.
‒Pero solo por unos segundos.

El síndrome de Storto

Esto no es una pelusa, sino que es una pieza de arte abstracto.

Cuando empecé con este blog, me propuse escribir al menos una entrada por mes. Casi lo consigo: entre 2007 y 2009 metí una… por año.
Supongo que entonces no me lo tomaba tan en serio como ahora, aunque tampoco es seguro que en este momento me lo tome muy en serio. (Si uno lee el simpático poema publicado hace unos instantes ‒ayer‒ podrá creer con razón que hay posts que son una tomadura de pelo).
Sin embargo, debo decir en mi descargo que no hay pieza en Señales de Humo que no tenga una razón de ser, que no esconda algo que el autor, en ese momento, deseara publicar. (A este respecto también he de manifestar que yo no puedo dar la cara por los que escribieron antes de mí: en ocasiones era un tipo obsesionado con lograr el mayor impacto con el mínimo material; en otras, un loco que transcribía absurdos diálogos mentales que se le ocurrían en la ducha o antes de irse a dormir; a veces era un enamoradizo y/o desilusionado pelafustán que deseaba expresar algún sentimiento inconfesable enfrascándolo en rebuscadas metáforas; y de a ratos aparecía el escritor más centrado en su tarea, esto es, en contar un relato que dejara pensando al lector, con una pizca de humor, otra de reflexión y un poco de cuidado en la elección de las palabras y las expresiones; pero yo no soy ninguno de esos).

21 de noviembre de 2013

Mi primer poema

Mi primer poema
no es un poema
sino que es un texto
escrito con saltos de línea
para que engañe a la vista
del lector desatento
(o atento pero indiferente)
haciéndole creer que tiene delante
la obra de un poeta
y no la de un vago poco creativo
que está a estas horas de la madrugada
pulsando incoherencias en un teclado
y que ni siquiera es capaz
de poner un signo de puntuación
que no sean los anteriores paréntesis
o el punto final que viene a continuación.

26 de octubre de 2013

Teología absurda

–Oiga, estimado, ¿por qué cree usted que Dios tiene tres patas?
–¿Perdone? ¿Tres patas?
–Sí, tres patas.
–¿Se refiere usted a la Santísima Trinidad?
–No, a tres patas, pies, piernas… Ya sabe.
–No, no sé.
–Pues debería saberlo, ya que es usted quien cree que Dios tiene tres patas.
–¡Yo no he dicho nunca que crea semejante cosa!
–Sí lo dijo. No directamente, pero sí lo dijo.
–¿Cuándo, cómo?
–Cuando dice que Dios es todo.
–¿Y eso qué…? ¿Cómo…? Explíquese.
–Si Dios es todo, también es un ser con tres patas, supongo.
–No sé si lo sigo…
–Vamos a ver: ¿cree usted que Dios es lo pasado, lo presente y lo futuro?
–Sí, por supuesto: es el alfa y el omega.
–¿Cree que Dios encierra en sí todas las posibilidades de la Creación?
–Claro, es el creador, es quien hace posible todo lo posible.
–¿Cree que Dios puede adoptar cualquier forma, como un arbusto en llamas o un hombre barbudo de Nazareth?
–Dios se manifiesta de muchas formas, sí.
–¿Y no podría ser, entonces, un individuo con tres patas?
–Como poder, podría, pero… Escúcheme, ¿a qué viene tanta obsesión con que Dios tenga tres patas?
–No sé, a mí no me pregunte. Es usted el que cree en esas cosas.

11 de agosto de 2013

El zurdo

Desde chico le habían inculcado algunas supersticiones que jamás lo abandonaron: cruzar los dedos, no pasar por debajo de las escaleras, evitar a los gatos negros y, en especial, empezar todo con el pie derecho.
Sin embargo, y aunque intentaba deliberadamente huir de la mala suerte, su vida era una desgracia. Podría decirse que personificaba la Ley de Murphy y sus más tristes corolarios, principios y anexos: todo le salía mal en la peor combinación posible.
Pero él era porfiado. Estaba convencido de que todo ocurría por su culpa, porque seguramente hacía algo mal, algo que atraía la mala suerte. Así que cada día repasaba a conciencia los pasos que, según las creencias populares, debían asegurarle un buen comienzo.
Su obsesión era el pie derecho. “Si hay algo en lo que me puedo descuidar, en donde más fácilmente puedo cometer un error, es en lo del pie derecho”, se decía. Así que había colocado la cama contra una pared, de manera que solo podía bajarse por el lado en el que, instintivamente, incluso dormido, no tenía más remedio que apoyar primero la derecha. También dejaba junto a la cama solo el calcetín y el zapato que debía calzarse primero, y a los otros los arrojaba lejos para evitar confusiones. Antes de acostarse, también marcaba el hueco del pantalón por donde debía pasar la primera pierna, y ataba un pañuelo en el otro para que, si por error comenzaba con el pie indebido, el nudo le impidiera avanzar. Y así con todo.

No obstante, las desdichas continuaban: la suerte no llegaba y todo le salía al revés. Entre sus muchos desaciertos se encontraba el de confundir habitualmente la izquierda y la derecha.

18 de junio de 2013

Dislexia

“Plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro”, se repitió en voz baja, repasando.

Acababa de salir de la librería con el primer volumen que compraba en su vida. Alguna antología de Poe o Borges, tal vez. Hasta entonces, siempre había leído de prestado, en la biblioteca, en casa de sus padres o amigos. Por sus evidentes dificultades, nadie se había animado nunca a regalarle un ejemplar. Este era, por lo tanto y al fin, su libro.

“Al pibe le habría gustado”, pensó. El pibe era su hijo. Hacía doce años que no lo veía. Se había separado de la madre por incompatibilidad manifiesta, y los había dejado. Cambió de ciudad, lejos, y no volvió verlos. Marchó sin despedirse, con un plato de cena caliente esperándolo.

Pese a todo, seguía queriendo a su (ex) mujer. Por algo se habían casado y habían tenido al pibe. Porque algo hubo. Y el recuerdo de ese algo volvía de vez en cuando.

Pasó por el parque, con el libro nuevo en la mano, pensando en el pibe y en su madre. Se detuvo frente a un árbol donde los enamorados ponían sus nombres. Con algo de vergüenza, sacó su cortaplumas suizo y talló un corazón, dentro del que garabateó “Ella y Yo”.

Ruborizado como un adolescente, se alejó con la extraña sensación de que su vida ya era, por fin, completa.

A su manera.

26 de abril de 2013

Homenaje


Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.
Me incliné sobre él para que me oyera.
‒Uno cree que los años pasan para uno ‒le dije‒, pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.
Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.
Me dijo entonces con voz firme:
‒Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Le tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.
Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:
‒En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.
‒Precisamente porque ya no soy aquel niño ‒me replicó‒ tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Cerletti, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.
‒Puedo hacer una cosa ‒le contesté.
‒¿Cual? ‒me preguntó.
‒Despertarme.
Y así lo hice.

Ya no había enemigo, ni arma ni báculo. Apenas el vago recuerdo de soñar que era Borges y que otro plagiaba mi relato (queriendo acaso, con torpeza, copiar también mi espíritu).

13 de marzo de 2013

Lógica-mente


Al terminar una clase de Lógica en la facultad de Bellas Artes, una alumna se acercó a Vladimiro Marrón (confundiéndolo con un ayudante de cátedra) y le preguntó:
‒¿Podría decirme cuál es el razonamiento inductivo?
‒La inducción consiste en afirmar que si anteayer no me morí, ayer tampoco me morí y hoy no me he muerto, se puede inferir que mañana no me moriré ‒ejemplificó Marrón.
‒Pero… ¿y si se muere? Tarde o temprano tendrá que pasar, ¿no? ‒dijo la alumna, contrariada.
‒No. Uno es inmortal hasta que se demuestre lo contrario.

Viendo que Marrón estaba respondiendo dudas, otro alumno se acercó y preguntó:
‒¿Es verdad que la abducción es un tipo de razonamiento probabilístico?
‒Efectivamente: si tenemos en cuenta la cantidad de estrellas que hay en el Universo, de las cuales muchas podrían ser como el Sol y albergar sistemas planetarios como el nuestro, con un planeta parecido a la Tierra donde podría surgir la vida inteligente, existe una probabilidad de que usted sea abducido por un platillo volador.

Cuando Marrón se disponía a doblar la esquina de un pasillo, un tercer estudiante lo detuvo y le espetó:
‒¿Qué es la deducción?
‒La deducción es el razonamiento por el cual uno afirma que todos los hombres tienen el pelo verde, que Yul Brynner es un hombre y que, por lo tanto, Yul Brynner tiene el pelo verde ‒respondió Marrón.
‒¿Pero Yul Brynner no era calvo? ‒se extrañó el alumno.
‒Lógicamente ‒concluyó el filósofo‒, si yo tuviera el pelo verde también preferiría quedarme pelado.

Soco Urtizberea: El señor tiene caminos misteriosos y la señora, ni te cuento (1982)

11 de marzo de 2013

Meditación

Cierto día, estaba el filósofo Vladimiro Marrón sentado en el césped de un parque, al sol. Parecía meditar, con los ojos cerrados, la espalda rígida, el rostro sin expresión. Varios jóvenes admiradores lo reconocieron y se reunieron a su alrededor, expectantes. Cuando Marrón abrió un ojo y vio a la pequeña multitud congregada en torno suyo, no dijo palabra alguna y se mantuvo en su sitio. Al cabo de unos minutos de incómodo silencio, uno de sus seguidores le preguntó:

‒¿Sobre qué medita, maestro?

Lo que pasó a continuación es confuso.

Algunos dicen que Vladimiro Marrón simplemente respondió: “Sobre el pasto”. Otros, que después empezó a levitar y dijo: “Ahora sobre nada”. Unos pocos creen que el meditabundo resultó ser un falso Vladimiro Marrón que se puso de pie y, mientras se alejaba, dijo algo así como: “Creo que me confunden con otro”.

Finalmente, uno asegura que Marrón repreguntó: “¿Alguien vio a un elefante escondido detrás de una flor?”. Ante la negativa general de sus discípulos, Marrón se agarró la cabeza con ambas manos y vociferó: “¿¡Cómo carajo hará para esconderse ahí, ese elefante hijo de puta!?”

Soco Urtizberea: El señor tiene caminos misteriosos y la señora, ni te cuento (1982)

4 de marzo de 2013

La historia de un fracaso


Se sentó a escribir algo. Empezó con lo primero que se le vino a la cabeza: una situación cotidiana o banal, sus sentimientos presentes, la descripción simple de un acontecimiento insignificante. Pero en cuanto vio el párrafo inicial plasmado sobre el papel (tan igual a otros anteriores), decidió eliminarlo y probar de nuevo.

* * *

Algunos lo llaman ‘el síndrome de la hoja en blanco’. Es ese terror que invade al escritor (o al creador, en general) cuando se enfrenta a la necesidad de dar forma a algo nuevo y nada surge de su mente. También es el argumento que ha inspirado muchos relatos, tan frustrantes como la frustración de su protagonista (y de su autor).

* * *

Tenía en el suelo, en torno al cesto, una alfombra de papeles arrugados, algunos apenas doblados, otros hechos un bollo, compactados con ira o desesperación, o empujados a la caída con desgano o cansancio. Papeles con dos, tres o cuatro líneas de palabras destinadas a morir en un malgasto ecológicamente insostenible. Palabras que describían una situación estática, sin movimiento, aunque fuesen señal de un movimiento anterior. Una escena tan aburrida e inerte que congelaba cualquier posibilidad de acción que derivara en un relato.

* * *

Lo intentaba una y otra vez. Arrancaba con algo conciso y concreto. Y luego se animaba. Cuando parecía que por fin iba a encadenar cinco o seis frases con sentido, volvía sobre sus pasos y descubría que no le gustaban, que había algo ahí que no estaba funcionando. No sabía qué ni por qué, pero su instinto nunca lo traicionaba. Así que abandonaba a mitad de la última frase, resignado a que aquello no iba a proesperar, a que ese texto ya no tenía arreglo, como si

* * *

A veces creía haber encontrado el camino directo. Frases sin adornos ni circunloquios rodeos ni palabras de más. Al grano. Una base sólida, aunque no ideal perfecta, sobre la que ir construyendo edificando, no sin enmiendas y remiendos parches, un texto con posibilidades de progresar. Por fin creía que estaba por nacer el Pero entonces volvía el bloqueo.

* * *

Recogió los pedazos de papel como quien junta los fragmentos de un jarrón quebrado. Los puso sobre la mesa y los ordenó aleatoriamente, como quien espera que el rompecabezas se arme solo ante sus ojos. Pero no dejaban de ser trozos sin sentido, inacabados, parte de algo que no estaba ahí. Como si las piezas pertenecieran a conjuntos distintos, como si cada una fuera la clave de un arco diferente. Hasta que comprendió que ahí había una historia: la historia de un fracaso.

* * *

Abandonó la búsqueda y se dio por vencido. Pero no abandonó la búsqueda ni se dio por vencido.