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30 de agosto de 2014

De mal en pior

Cuando Cacho llegó al bar, Mandrake miraba con desconfianza (recelo, incluso) a Julito, que estaba contento; mientras, el Rober mostraba un gesto que iba de la fascinación a la incredulidad. Pero Cacho no saludó, ni preguntó qué tal, ni se interesó por sus amigos: se dejó caer en la silla, como quien realiza una declaración solemne con el trasero, o como el que busca llamar la atención con estridente disimulo.
‒A este no hay quién lo entienda ‒bufó Mandrake para el Rober, o para todos, o para nadie, mientras sacudía la mano en dirección a Julito.
‒¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Vas a agarrar un martillo y empezar a romper celulares? ‒desafió el Rober.
‒No, che, tampoco es para tanto. El celu se me rompió solo. Y yo no voy a obligar a los demás a pasar por la que yo pasé ‒se atajó Julito, con una sonrisa imperecedera.
Cacho resopló en su sitio, mirando para otro lado.
‒A ver, no entiendo un carajo ‒vociferó Mandrake‒, ¿vos no sos… o eras… un fanático de los telefonitos de mierda esos, eh?
‒Sí, de hecho lo soy ‒confundió Julito.
‒¿Y entonces porqué tenés esa cara de feliz cumpleaños? ‒preguntó Mandrake, casi como una queja‒ Vos tenés que estar triste, hecho bolsa, bajoneado… Como sigas sonriendo, te borro los dientes de una trompada.

11 de agosto de 2013

El zurdo

Desde chico le habían inculcado algunas supersticiones que jamás lo abandonaron: cruzar los dedos, no pasar por debajo de las escaleras, evitar a los gatos negros y, en especial, empezar todo con el pie derecho.
Sin embargo, y aunque intentaba deliberadamente huir de la mala suerte, su vida era una desgracia. Podría decirse que personificaba la Ley de Murphy y sus más tristes corolarios, principios y anexos: todo le salía mal en la peor combinación posible.
Pero él era porfiado. Estaba convencido de que todo ocurría por su culpa, porque seguramente hacía algo mal, algo que atraía la mala suerte. Así que cada día repasaba a conciencia los pasos que, según las creencias populares, debían asegurarle un buen comienzo.
Su obsesión era el pie derecho. “Si hay algo en lo que me puedo descuidar, en donde más fácilmente puedo cometer un error, es en lo del pie derecho”, se decía. Así que había colocado la cama contra una pared, de manera que solo podía bajarse por el lado en el que, instintivamente, incluso dormido, no tenía más remedio que apoyar primero la derecha. También dejaba junto a la cama solo el calcetín y el zapato que debía calzarse primero, y a los otros los arrojaba lejos para evitar confusiones. Antes de acostarse, también marcaba el hueco del pantalón por donde debía pasar la primera pierna, y ataba un pañuelo en el otro para que, si por error comenzaba con el pie indebido, el nudo le impidiera avanzar. Y así con todo.

No obstante, las desdichas continuaban: la suerte no llegaba y todo le salía al revés. Entre sus muchos desaciertos se encontraba el de confundir habitualmente la izquierda y la derecha.

16 de enero de 2012

Mufados

Un grupo de amigos tomó nota: cuando Juan estuvo en Colombia, hubo unas inundaciones espantosas; cuando fue a Estados Unidos, lo acompañaron dos huracanes seguidos (y también una masacre en un colegio de Michigan); cuando fue a Chile, un terremoto y un volcán en erupción; en España, una sequía espantosa y récord de incendios forestales; en Suecia, el peor invierno en siglos…
Pero no solo la naturaleza manifestaba su furia detrás de Juan: apasionado de la historia, el hombre había viajado por la vieja Cartago (en Túnez), las pirámides de Egipto, el Partenón en Grecia y por Roma. Revoluciones, revueltas, y crisis económicas se sucedieron una tras otra.
Alguien recordó, entonces, que las virtudes catastróficas de Juan habían comenzado muchos años atrás. En el pueblo natal de sus abuelos le tenían vetada la entrada: cada vez que iba de visita moría algún conocido. Esto, que en realidad es algo altamente probable tratándose de un pueblo pequeño, no lo es si tenemos en cuenta que las muertes siempre se debían a causas accidentales: una electrocución, dos atropellos, un resbalón en la ducha, el desmoronamiento de un techo, una asfixia por la estufa a gas y tres por comida (una aceituna, un trozo grande de carne y un pedazo de pan con dulce de leche), e incluso un ataque repentino de una mascota se contaban entre los “logros” adjudicados a Juan.

De modo que sus amigos reaccionaron: si queremos que Argentina vuelva a ser un país próspero y sano, dijeron, un lugar digno para vivir y crecer y criar hijos, hay que mandar a Juan lo más lejos posible. De paso, añadieron, podemos intentar enviarlo a algún sitio que nos provoque particular rechazo, como el Reino Unido, Brasil o Timor Oriental.
Si bien no lograron esto último, al menos pudieron alejar a su amigo. Movieron todos los hilos a los que tuvieron acceso y, a través de una oscura empresa de compra-venta de armamento, consiguieron despachar a Juan hacia un itinerante e incierto destino, asegurándose de que su amigo iba a estar moviéndose todo el tiempo en un triángulo entre Vorkuta (Rusia), Helsinki (Finlandia) y Bakú (Azerbaiján).
Así vivieron bien por un tiempo. Sin embargo, las alarmantes noticias sobre el cambio climático, el crack de las finanzas mundiales y el inminente lanzamiento del iPhone 5 les hicieron pensar que Juan era un peligro a escala planetaria, por lo que no bastaba con mantenerlo lejos del país: había que mandarlo fuera de la Tierra.
Enterados de la nueva oferta de viajes espaciales privados para turistas, invirtieron todo lo que tenían (e incluso más) y compraron un pasaje para ofrecérselo a Juan como regalo. Luego hicieron tratos oscuros con mafiosos, o hackers (o hackers mafiosos), y sabotearon el vuelo para que jamás retornara.

Cuando los astrónomos advirtieron que la explosión de un planeta remoto había generado un gigantesco meteorito que se dirigía hacia nuestro sistema solar, los amigos descubrieron que habían cometido un grave error. Un gravísimo error…

15 de enero de 2012

Azaroso


–Mala pata… otro año más sin sacar nada en la lotería. Lo mío no son los juegos de azar.
–El azar no existe.
–¿Cómo que no existe?
–No, no existe. El azar es el nombre que le damos al conjunto de variables, factores, fuerzas y circunstancias que determinan un suceso o un hecho puntual, pero sobre los que no conocemos nada, o casi nada.
–O sea que, digamos, todo está determinado por algo, o mejor dicho por muchas cosas. Pero como no sabemos cuántas ni cuáles, le echamos la culpa al azar.
–Esa es la idea.
–¿Y qué pasa entonces con la lotería, con los dados, los sorteos…?
–Me gusta la pregunta. Supongamos el sorteo de la lotería: la bolita que cae con el número que otorga el premio mayor cae por algo, por una serie de acontecimientos y leyes que nada tienen que ver con la suerte. Cuando el bombo gira, están actuando las fuerzas físicas; pero ocurren tantas cosas a la vez, y todas influyen sobre las otras (las bolitas chocan y giran y se rozan y golpean con las paredes, unas empujan a otras, que empujan a las siguientes y así siguiendo), que aun conociendo la exacta posición de todas las bolitas al inicio del sorteo, sería casi imposible determinar cuál es la que va a caer.
–Bueno, pero la posición inicial es azarosa.
–No. Alguien puso las bolitas ahí en un orden, y la física hizo el resto.
–Está bien, pero el orden en que se metieron las bolitas es fortuito.
–Tampoco. Hay razones que podrían explicar por qué estaban ordenadas de una manera u otra al momento de introducirlas.
–OK, pero ese orden anterior sí es casual.
–Para nada. Conociendo todos los datos, podría saberse exactamente por qué estaban así o asado.
–De acuerdo. Pero si seguimos así, vamos a llegar al momento en que fabricaron las bolitas, cuando una salió primero que la otra.
–Exacto. Incluso más atrás, mucho más atrás. Todo va encadenado, desde el Big Bang a nuestros días.
–¿¡El Big Bang!? ¿No es un poco demasiado atrás?
–Todo tiene su causa original en aquella primigenia explosión. Todo estaba determinado en ese primer momento. Pero no hay manera de saber cómo seguirá. No, a menos que se tenga una mente capaz de procesar todo lo que está pasando en cada punto del Universo ahora mismo. A menos que seas una especie de dios. En cualquier caso, nosotros no podemos. Y llamamos azar, casualidad, suerte, a lo que no podemos explicar.
–Es una idea interesante. ¿Cómo se te ocurrió?
–Realmente, no lo sé.
–Digamos, entonces, que por azar.

15 de diciembre de 2010

Creyente

–Hola, ¿cree usted en Dios?
–No.
–¿Y en dioses?
–Tampoco.
–¿En la suerte o el destino?
–No.
–¿En la ciencia?
–¿Y eso qué es?
–¿Cree en algo?
–Creo que no.

1 de abril de 2010

Mala pata


Justo ahora tenía que pasar. Justo ahora. No podía haber pasado hace dos años, ni dentro de cien. No, ahora, en este preciso momento. Para una vez que tengo suerte, se va todo al cuerno.

    Hace dos años yo estaba deprimido, hundido en la miseria. Me habían echado del trabajo. Una reestructuración, como se dice en estos tiempos. También se me había muerto el gato. Pura coincidencia: comió una rata envenenada, o algo así, según me dijo el veterinario. Y mi ex mujer se había mudado a Ushuaia con los pibes. Le había salido un buen laburo y, como ella tenía la custodia, allá se los llevó.
    Así que ahí estaba yo, solo como un náufrago en el océano, como un humorista sin gracia, como una bala en la ruleta rusa; invisible, ignorado, arruinado, sin plata ni familia ni nada en qué ocupar el tiempo. Tumbado en el sofá, mirando pasar los canales de televisión delante de mis ojos: uno y otro y otro… a cuál de todos más aburrido.
    Y entonces me levanté, junté los pocos pesos que me quedaban, y salí a morir. No digo con dignidad, pero sí con alegría. Pensaba ir a un bar y emborracharme hasta el coma etílico. Y eso (casi) hice.
    Me metí en un tugurio de mala muerte y me pedí lo más fuerte que tenían. Aguarrás-tonic, o algo así. Y empecé a tomar. Le lloré al barman mis penas, o eso creo recordar. El tipo, un profesional en regla, se aguantó mi sermón sin rechistar, escuchando con atención flotante, como si no me estuviera haciendo caso, sirviendo un whisky por acá, un martini por allá, una agua natural de mineralización débil sin gas por ahí. Pero me escuchaba, y su mirada severa indicaba comprensión, que sabía por lo que yo estaba pasando y que no iba a hacer nada para evitar lo inevitable. Su experiencia detrás de la barra le daba ese entendimiento superior que sólo los de su especie, los taxistas y (a veces) los psicólogos consiguen alcanzar. Lo resumió todo en una frase: “Si te querés matar, matate”.
    Entonces se me arrimó una rubia. Tenía cara de estar triste y sola en este mundo abandonado. Me preguntó si me importaba que se sentase a mi lado. Le dije que no y le invité un trago. Se puso a hablar sola, de sus problemas y sus historias. Yo le seguí el juego como el barman hiciera antes conmigo. Después de veinte minutos (o de dos horas, no recuerdo bien), me di cuenta de que la tenía incrustada en mi hombro derecho, moqueando desconsolada, sonándose la nariz con lo que quedaba de la manga de mi traje de oficina. Ahí me di cuenta de que era momento de decir algo. “Uh, qué bajón”, fue lo único que brotó de mi incoherente boca entre los vapores del alcohol y un eructo mal reprimido. Luego la abracé (en parte para no caerme) y, sin más argumentos aquella noche, le conté a la rubia mi vida. La rubia dejó de llorar (se ve que lo mío era más terrible que lo que ella me había contado, aunque nunca sabré qué me contó). Nos compadecimos mutuamente y terminamos en un hotel mugriento.

    Cuando salí de ahí, las ganas de morir me habían abandonado. Me sentía vivo y con suerte, así que jugué a la Quiniela. Aposté a la niña bonita, por la rubia; al trece, por mi desgracia; y a los dos patitos. Siempre me cayeron bien los dos patitos. Gané un toco de guita. Pero no tenía con quién celebrarlo, así que llamé a la rubia y nos fuimos por ahí, a cenar a lo grande y después de parranda.
    De repente, las cosas empezaron a ir bien. La rubia dejó de ser “la rubia” y pasó a ser María, y nuestra relación se afianzó como los romances de las revistas (son los únicos que “se afianzan”; a la gente normal sólo le va bien o mal con su pareja). Con lo que gané en la Quiniela, monté un boliche en Palermo Soho que, vaya a saber por qué azares de la moda y del destino, se convirtió en un lugar de culto frecuentado por lo más top de Buenos Aires. Y uno de mis pibes, el mayor, se vino a vivir conmigo para estudiar en la capital. De pronto, tenía otra vez trabajo, dinero, amor y una familia. Mejor, imposible.
    Y entonces, cuando todo repuntaba, cuando estaba por casarme con María por la iglesia, con fiesta y quinientos invitados; cuando por fin volvía a ser feliz y el sol salía cada mañana y los pajaritos me cantaban los buenos días; cuando mi pibe pintaba para crack en las inferiores de Boca y tenía gente del extranjero haciendo cola para conocer mi local; justo en ese preciso y exacto momento, cuando con un mate nuevo y recién cebado miraba al horizonte y pensaba en lo bello que es vivir, unos científicos de Europa pusieron a funcionar un súper acelerador de partículas, el Universo entero colapsó y se fue todo al carajo.
    No, si al final yo siempre tengo mala pata.