© Todos los derechos reservados.
Mostrando las entradas con la etiqueta colectivo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta colectivo. Mostrar todas las entradas

24 de mayo de 2014

El bus más aburrido del mundo


Cuando voy en el autobús veo siempre lo mismo. Es inevitable. Para intentar ser útil, el autobús está obligado a recorrer cíclicamente los mismos lugares en el mismo horario. Y yo (quizás por idénticas razones) estoy condenado a viajar todos los días en el mismo autobús a la misma hora.
Y como yo, otros tantos. Ya nos conocemos de vernos siempre en el mismo coche, con similares destinos. No sabemos quiénes somos, ni cómo nos llamamos, ni adónde vamos una vez descendemos del vehículo. Pero nos conocemos. Cuando uno va justo de tiempo, por ejemplo, es un alivio llegar a la parada y encontrarse esperando a la gente con la que uno viaja día a día; no por el placer de su compañía, sino porque actúan como una señal reconfortante de que, pese a nuestro retraso, el autobús todavía no pasó por ahí.
Como somos casi siempre más o menos los mismos, tendemos a sentarnos o pararnos en los mismos lugares, nuestros lugares; aunque a veces perdemos la propiedad tácita ante la acción invasora del pasajero ocasional quien, distraído y ajeno al reparto territorial de los habituales, se posa con osada inocencia en tal o cual asiento, tal o cual ventanilla. Afortunadamente la expropiación no es eterna; de hecho, no suele durar más de un día, una vez por mes[1].
De modo que en cada viaje siempre veo lo mismo desde el mismo lugar: la misma gente y los mismos paisajes se repiten día tras día. Las pequeñas variaciones son las que hacen de la reiteración algo llevadero. Primero están los cambios estacionales: menos luz en invierno, más luz en verano; flores en primavera, hojas amarillas en otoño; abrigos y paraguas, escotes y minifaldas, colores apagados y vivos. Luego, los cambios puntuales: alguien que engorda o adelgaza; un negocio que cierra, otro que abre; un corte de pelo extraño; un árbol talado; macetas nuevas en un balcón; un bebé; un anciano que ya no nos acompaña.
Hace unos meses ocurrió uno de estos cambios, imperceptibles para el ocasional, pero notables para el asiduo. No es que fuera una transformación catastrófica, ni siquiera importante, pero entiéndase en su contexto: cuando uno realiza la misma rutina cada veinticuatro horas, un cambio así resulta, cuanto menos, llamativo.

30 de mayo de 2011

Los siete pecados (de viajar en el transporte público de las grandes) capitales - 7/7

Gula I
“Prohibido fumar en andenes y coches.”

Gula II
Yo no suelo utilizar el transporte público. Siempre que puedo, voy caminando. Vivo en una pequeña ciudad europea, accesible, donde todo está cerca. Si la distancia es muy larga, agarro la bicicleta y, con paciencia y sin hacer mucho esfuerzo, pedaleo tranquilo hasta mi destino. Suelo salir con tiempo y no programar actividades que se superpongan, así me puedo permitir el lujo de dar paseos relajados donde respiro aire puro, disfruto del sol en invierno, de la brisa en verano, y mi mente se despeja de los malos pensamientos.
    Pero hay ocasiones en que el tiempo no acompaña (lluvia, viento, nieve); o que, por razones ajenas a mi voluntad, debo acudir a algún lugar con escaso margen de tiempo. En esas ocasiones no tengo más remedio que emplear los autobuses, los tranvías o los trenes de cercanías.
    Los viajes no suelen durar más de quince o veinte minutos, y los servicios tienen horarios y cronogramas precisos que se respetan a rajatabla, sin la interrupción cíclica pero impredecible de protestas callejeras, cortes de vías, u otras manifestaciones del descontento social. Sin embargo, ese pequeño trayecto sobre ruedas se me hace interminable. Apenas al subir en cualquier medio de transporte, se me viene a la boca el extraño sabor de un pan salado, horrible, que solía comprar hacía mucho tiempo, cuando vivía en Buenos Aires y tomaba el mismo tren todos los días. En cualquier época del año, sin hambre y sin muchas ganas de comer, no dejaba pasar la oportunidad de comprar esos panes con gustos extraños al pibe que acostumbraba subirse en la estación Chacarita. Podría decirse que esperaba ilusionado la aparición del vendedor, casi siempre un muchacho de tez morena, con una camiseta de fútbol (el equipo variaba según el pibe de turno), una gorrita de béisbol en la cabeza, y una dicción espantosa, con ese típico tono del que ya no piensa en lo que dice de tanto repetirlo.
    Recuerdo que el pan no era muy bueno. A veces probaba un bocadito y llevaba el resto a casa, para que se lo comieran los demás integrantes de mi familia; a veces era tan feo que acabábamos tirándolo a la basura: no lo quería ni el perro. Pero yo insistía, una y otra vez. Y con esa insistencia reaparece ahora el regusto que me viene a la boca.

14 de abril de 2011

Los siete pecados (de viajar en el transporte público de las grandes) capitales - 6/7

Envidia I
“Asiento reservado para personas con movilidad reducida.”

Envidia II
    En el bar, pegado a la estación de ferrocarril, Angelito le alcanza su café al tachero que suele parar por ahí.
    –Poneme unas medialunas cuando puedas, Angelito –le dice el tachero.
    –Cómo no –responde el mozo, y se va a la otra mesa donde lo estaban esperando.
    –Qué hacés, Angelito. Un cafecito.
    –En jarrita, ¿no?
    –Así es, señor, como siempre –felicita el cliente.
    Angelito ya los conoce a todos. Casi veinte años viendo las mismas caras, a las mismas horas, en los mismos trayectos. Siempre de paso.
    –¡Angelito! –le grita una cincuentona desde la ventana– ¿Me servís uno con leche?
    En eso cae un tipo trajeado con portafolio y pinta de apurado. Se va hasta la barra y le pide al dueño un café y una tostada con manteca. Angelito se acerca al mostrador y repite los pedidos. Mientras esperan, el trajeado lo saluda:

19 de marzo de 2011

Los siete pecados (de viajar en el transporte público de las grandes) capitales - 2/7



Avaricia I
pasaje subvencionado por el estado nacional.”

Avaricia II
    El pibe sube al colectivo, que arranca:
    –Uno diez, jefe.
    –¿Hasta dónde vas, pibe?
    –Acá nomás.
    –Sí, ¿pero adónde?
    –Acá, a Ruggeri y Pasculli.
    –Eso ya te sale uno veinte, papá.
    –Pero siempre me cobran uno diez.
    –A mí no me digas. Desde acá es uno veinte.
    –No me joda, si estamos a la vuelta.
    –Entonces andá a pata, pibe.
    –¿Sabe qué? Tiene razón. Déjeme bajar en la que viene.
    El pibe baja, pero se queda en la parada con las monedas en la mano. A los cinco minutos viene otro colectivo. El pibe deja subir a los que esperaban desde antes y entra último. Todos pagan sus boletos en orden. Le llega su turno:
    –Uno diez, maestro.
    –¿Hasta dónde vas, campeón?
    –Y a usted qué le importa.
    –¿No ves el cartel, pibe? “Indique el destino al chofer”.
    –Soldán al 4200.
    –Uno veinte, te sale.
    –¿Uno veinte? ¡Pero si son diez cuadras!
    –Uno veinte.
    –No me alcanzan las monedas. ¿Y ahora cómo hago?
    –Yo qué sé, problema tuyo.
    –¿Tiene cambio de diez pesos?
    –No, pibe…
    –¿Y entonces cómo hago?
    –Hacé una cosa: bajate en la próxima, cambiá en un kiosco y tomate el que sigue.
    El pibe vuelve a bajar y, sin moverse, espera al siguiente. Juguetea con sus cinco monedas hasta que aparece:
    –Uno diez, si es tan amable.
    –¿Hasta dónde?
    –Prodan y Pettinato.
    La máquina marca “1,20”.
    –Uno diez, era.
    –Hasta ahí es uno veinte, flaco.
    –No me hace la gauchada, que no me alcanzan las monedas.
    –Si fuera por mí, viste… Pero no puedo. Si se sube el inspector me como el garrón yo, viste.
    –Claro, claro… Porque cambio no tiene, ¿no? De diez pesos.
    –Y, no, yo no te puedo cambiar. Tenés que tener siempre monedas por si las dudas, nene.
    –Uh, qué bajón. Y ahora qué hago…
    El chofer permanece en silencio.
    –Usted, aunque sea, ¿me puede llevar hasta la placita de más allá, la de Mazzorín y Luder? Desde ahí ya me arreglo yo.
    –No hay problema, flaco.
    A las tres paradas, el pibe se baja. Agradece al colectivero y saluda con la mano. Cruza la plaza y llega a un edificio de departamentos. Guarda las monedas en el bolsillo, abre la puerta con su llave y entra en casa sonriendo.