Nosotros nunca vamos a emplear
los cargos públicos para enriquecernos personalmente. Porque el Pueblo así nos
lo pide. Porque es nuestro deber como responsables de la política. Y porque me
lo dijo un Enano de Jardín.
¡No, mentira! ¡Ja, ja, ja! ¿No
te lo habrás creído, no? Eso de que no nos vamos a enriquecer, digo. Mirá si no
vamos a aprovechar la oportunidad, que es para lo que estamos acá, al fin y al
cabo. Pero lo del Enano de Jardín es cierto. Sí, sí, muy cierto.
Iba yo hace unos años tan
tranquilo por la calle, en un barrio común y corriente adonde me habían llevado
no sé qué compromisos absurdos, cuando pasé delante de una casa con jardín al
frente. Sentí que alguien me chistaba. Al principio, para qué negarlo, imaginé
que un nuevo sobre se acercaba hacia mi hospitalario bolsillo interior del
abrigo; porque, debo aclarar, cuando me llaman por la calle de manera tan
discreta, solo puede significar una cosa. Si no es para asuntos de sobornos, la
gente me llama de otras maneras. Veamos unos ejemplos:
‒¡Rodolfo querido! ‒me gritan
los que quieren favores.
‒¡Señor Fulano! ‒se asombran
falsamente los alcahuetes.
‒Diputado Fulano… ‒reverencian
los timoratos.
‒¡Fulano y la concha de tu
madre, hijo de remil puta! ‒describe un votante descontento.
De modo que el “chist” suave y
reservado indica por lo habitual un negocio turbio, una trapisonda en la
sombra, coimas, vueltos, esas cosas.
Pero no. Me giré a uno y otro
lado, y no vi a nadie. Entonces chistó de nuevo: presté atención y ahí lo vi, con
las dos manitos agarradas a la reja de entrada.
‒¡Eh, vos! ‒susurró el Enano.
‒¿Yo? ‒dije con cara de
pelotudo.
‒Sí, vos. Venía acá.

