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11 de junio de 2011

Comunicación social


Últimamente, las personas tienden a comportarse como zombis. Vagan sin rumbo y no piensan en lo que están por hacer: se dejan llevar o responden a estímulos azarosos, a impulsos irreflexivos.
Para lo único que quieren el cerebro es para comérselo.
Deambulan por la vida sin ton ni son y, en cuanto ven a alguien distinto, a alguien realmente vivo, lo atacan hasta convertirlo en uno de los suyos.
Me gustaría decir que hay una solución. Que se puede intentar despertar a las personas de su letargo. Que quizás la palabra adecuada en el momento justo actúe como una fórmula mágica para romper el encantamiento.
Pero no. La experiencia me dice que ya es demasiado tarde. Sea un virus, un agente químico o una maldición vudú, no hay vuelta atrás. No hay nada que yo pueda decir para salvarme.
Mientras los espero, acopio toda el agua embotellada que encuentro y reúno todos los cartuchos de perdigones que puedo. Sé que los zombis solo comprenden un lenguaje: el que sale de la boca de una escopeta recortada.

11 de octubre de 2010

Artilugios del habla

Un investigador creó una máquina para comprender idiomas. Conectándose unos electrodos a la cabeza, un sujeto podía entender todas las lenguas sin necesidad de estudiarlas.
Al mismo tiempo, un inventor construyó otro artilugio: una suerte de máscara-altavoz a través de la que una persona podía expresarse en cualquier lenguaje deseado. Bastaba con hablar en la lengua materna y el aparato se encargaba de traducir en simultáneo.
Ambos inventos adquirieron fama y pronto se comercializaron por todo el globo. Al cabo de un par de años, no hubo quien no tuviera en su poder al menos uno de los dos prodigios.
De este modo, humanos de distintas razas, culturas y sensibilidades nacionales pudieron comunicarse entre sí con natural fluidez.
Pero pasado el entusiasmo inicial siguió habiendo mentiras, malentendidos, ofensas, conspiraciones, y la mayoría de la gente continuó sin tener nada importante que decir.