Paseaba yo por una feria callejera, en un tramo donde se concentraban los artistas. Había cuadros de todo tipo, estilos, colores y tamaños.
Algunos parecían hechos en serie con alguna magnífica técnica que permitía a su artista crearlos en segundos, pero con un notable efecto final (paisajes galácticos, oníricos, bucólicos). Su tamaño era más bien pequeño y su precio, en consonancia.
Otras obras eran más grandes y elaboradas: cuadros de gran formato, pintados con esmero en la línea más clásica de la pintura clásica. Los temas variaban, pero siempre dentro de lo clásico: desnudos, payasos, naturalezas muertas, marinas, retratos. Los precios, claro, también variaban.
Había exponentes del impresionismo, copias más o menos logradas de pinturas famosas (Van Gogh, Dalí, Picasso, Klimt, Kandisnsky) y cierto arte recargado más cercano a la ilustración de las portadas de los cómics que al óleo de Leonardo.
Me gustaba recorrer ese tramo de la feria y ver la diversidad de artistas, técnicas y resultados. De vez en cuando, incluso, podía verse a uno de los pintores en acción, quizás lo más asombroso y entretenido de todo el paseo.
Ese día había cobrado un dinero extra y había pensado en hacerle un regalo a alguien. Por qué no, me dije, alguno de estos trabajos. Así que presté atención, más que otras veces, al valor que (en dinero) los autores le daban a sus obras. Lo más bajo era veinticinco, pero los precios escalaban por los cincuenta, cien, ciento treinta, ciento cuarenta y cinco, ciento cincuenta, doscientos, doscientos quince, trescientos, cuatrocientos, quinientos cincuenta, quinientos setenta y cinco, seiscientos veinticinco, setecientos. Mil parecía ser el tope para la feria.
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13 de junio de 2015
El precio justo
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22 de noviembre de 2013
Tercera entrada
‒¿Esto es de relleno?
‒Nada es de relleno.
‒¿Y el relleno de una empanada, por ejemplo?
‒Sin relleno, no habría empanada. Así que no está de
relleno.
‒¿Y los extras de una película? ¿Y los figurantes?
‒¿Y el telón, y el escenario, y los vestuarios? ¿Sería igual
una película si solo hubiera actores desnudos sobre un fondo negro, o tal vez
solo voces en la nada?
‒Entonces me asegurás que esto no es de relleno.
‒Esto es lo que es y está para lo que está.
‒Pero convengamos que, por sí solo, el texto no vale gran
cosa.
‒Quizás, si estuviera aislado.
‒¿Y no lo está, con una entrada para él solo?
‒Nada está nunca aislado. Así que el entorno completa el
sentido y le otorga valor.
‒¿Y por qué en forma de diálogo?
‒Para establecer un contrapunto, para abrir el paraguas,
para darle voz a la posible objeción del lector y poder responder de inmediato.
‒¿Qué objeción?
‒Sabía que ibas a preguntar eso.
‒Ya veo. Y ahora es cuando lo dejamos pensado.
‒Pero solo por unos segundos.
‒Pero solo por unos segundos.
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El síndrome de Storto
Esto no es una pelusa, sino que es una pieza de arte abstracto.
Cuando empecé con este blog, me propuse escribir al menos
una entrada por mes. Casi lo consigo: entre 2007 y 2009 metí una… por año.
Supongo que entonces no me lo tomaba tan en serio como
ahora, aunque tampoco es seguro que en este momento me lo tome muy en serio. (Si
uno lee el simpático poema publicado hace unos instantes ‒ayer‒ podrá creer con
razón que hay posts que son una
tomadura de pelo).
Sin embargo, debo decir en mi descargo que no hay pieza en Señales de Humo que no tenga una razón
de ser, que no esconda algo que el autor, en ese momento, deseara publicar. (A
este respecto también he de manifestar que yo no puedo dar la cara por los que
escribieron antes de mí: en ocasiones era un tipo obsesionado con lograr el
mayor impacto con el mínimo material; en otras, un loco que transcribía absurdos
diálogos mentales que se le ocurrían en la ducha o antes de irse a dormir; a
veces era un enamoradizo y/o desilusionado pelafustán que deseaba expresar
algún sentimiento inconfesable enfrascándolo en rebuscadas metáforas; y de a
ratos aparecía el escritor más centrado en su tarea, esto es, en contar un
relato que dejara pensando al lector, con una pizca de humor, otra de reflexión
y un poco de cuidado en la elección de las palabras y las expresiones; pero yo
no soy ninguno de esos).
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26 de octubre de 2013
Teología absurda
–Oiga, estimado,
¿por qué cree usted que Dios tiene tres patas?
–¿Perdone? ¿Tres
patas?
–Sí, tres patas.
–¿Se refiere
usted a la Santísima Trinidad?
–No, a tres
patas, pies, piernas… Ya sabe.
–No, no sé.
–Pues debería
saberlo, ya que es usted quien cree que Dios tiene tres patas.
–¡Yo no he dicho
nunca que crea semejante cosa!
–Sí lo dijo. No
directamente, pero sí lo dijo.
–¿Cuándo, cómo?
–Cuando dice que
Dios es todo.
–¿Y eso qué…? ¿Cómo…?
Explíquese.
–Si Dios es todo,
también es un ser con tres patas, supongo.
–No sé si lo
sigo…
–Vamos a ver:
¿cree usted que Dios es lo pasado, lo presente y lo futuro?
–Sí, por
supuesto: es el alfa y el omega.
–¿Cree que Dios
encierra en sí todas las posibilidades de la Creación?
–Claro, es el
creador, es quien hace posible todo lo posible.
–¿Cree que Dios
puede adoptar cualquier forma, como un arbusto en llamas o un hombre barbudo de
Nazareth?
–Dios se
manifiesta de muchas formas, sí.
–¿Y no podría
ser, entonces, un individuo con tres patas?
–Como poder,
podría, pero… Escúcheme, ¿a qué viene tanta obsesión con que Dios tenga tres
patas?
–No sé, a mí no
me pregunte. Es usted el que cree en esas cosas.
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25 de septiembre de 2011
Tixta po forroginaxión
Hace un tiempo
inventé un idioma. No es nada del otro mundo, pero es mi propio idioma.
Empecé por dar
otro nombre a todos los objetos: el televisor pasó a ser el doctogon; el reloj, un teko; y llamé a la cortina como sendite. No eran palabras con mucho
sentido, solo sonidos que brotaron de mi boca. Y como me resultaban cómodas,
las empecé a usar con normalidad.
Seguí luego con
otros sustantivos que designaban cosas más abstractas: la libertad se convirtió
en tixta; el hambre, en furgio; y la dificultad, en giestra. Al cabo de un tiempo, continué
reemplazando otras clases de palabras existentes, como los adjetivos o los
verbos, por nuevos vocablos: feo fue iñiga,
alto se convirtió en guso y
displicente mutó en ferzobo; correr
se llamó gentear; pensar, techenar; y saltar, prexeír.
Pero, como suele
ocurrir, mi idioma comenzó a necesitar palabras nuevas que describieran ideas
nuevas. Así, a veces inspirándome en otras palabras, a veces porque sí,
surgieron los sustantivos gurocho, krestoso, chinfanga, sefitox; los
adjetivos pietufo, sorongote, trescoso, perráltico; los
verbos, hujiar, acontuguer, perifrasticir,
elmetar. Es difícil explicar qué
significa cada una de estas nuevas palabras, ya que designan cosas que mi
idioma materno no contemplaba, o que al menos no contemplaba en una clara y
única palabra. Podría decir, por ejemplo, que un chinfanga puede ser trescoso,
pero nunca pietufo; un chifanga puede hujiar, pero no elmetar, cosa que sí
puede hacer un sefitox sorongote.
No obstante, esas
no fueron las únicas que inventé: con el tiempo, reemplazar palabras por otras
distintas, o crear nuevos vocablos que sintetizaran las impresiones que yo
tenía, se volvió una necesidad vital, a extremos de resultarme casi imposible
hablar sin emplear mi idioma. De hecho, y aunque no se note, he tenido gran giestra
para escribir estas líneas.
La gente no me
entiende. Muchos me preguntan a qué se debe este problema, ya que me impide
tener una comunicación fluida con los demás y me provoca un gran terxetio. Pero
me resulta casi imposible forroginarme de manera fixtulcada. Cada vez que
intento explicarme, me embarro y doy vueltas, gerteseo y no consigo hacerme
entender. Cada vez me setrexta más el gotolenar suturexias musticaltes. La
única manera de expresar lo que siento, lo que me ocurre, lo ti chertiento, es
con mis propios términos: no hay mejor manera de destrucar lo que estoy
tercheneando que plotir. Así que ahí va:
Espertuso
trechxto po pertoste cualtera ni portesi tutix me torocho, cotoreja fegoti.
Turupexia foloto, mertecho wasakesi, tuti octi gelehente. Me ne serepetio,
gotolo cuxko, preboste tertero tutix. Tutix nex, dergecho, comoto, trepeneaxto
pietufo, argeneto zulogosa.
Espero que haya
quedado filtuso.
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17 de julio de 2011
Esto no es sobreesdrújula
Un hombre levanta una cartulina, la enseña a un auditorio y pregunta: «¿Cuántas letras tiene esto?».
En la cartulina se lee: sobreesdrújula.
Los miembros del auditorio cuentan mentalmente. Unos se ayudan con los dedos. Algunos creen que la respuesta correcta es «catorce». El listo que todo lo sabe y que nunca falta murmura: «Sobra una e»; aunque se equivoca, como casi siempre.
Otro duda acerca de si la tilde computa como una letra o no.
Y una minoría considera que se trata de una pregunta trampa, porque las letras duplicadas (s, r, e, u) cuentan como una sola letra y, por tanto, el total es «diez».
«Tiempo», dice el hombre de la cartulina. «¿Y bien?», pregunta al auditorio.
Después de unos segundos de embarazoso silencio, el auditorio balbucea confusamente un polifónico y casi unánime catorce, mezclado con un par de trece, un quince, tres o cuatro diez y algunas toses incómodas.
Al fondo se levanta un tipejo desgarbado que insinúa con firmeza: «Cuatro». El auditorio ríe. Un anónimo especula entre las carcajadas: «Te falta un uno». El hombre de la cartulina, en cambio, se lo queda mirando con odio.
«Esto tiene cuatro letras», amplía el tipejo, y se va sin esperar respuesta.
Moraleja. Ahora mismo el lector se estará preguntando cuál es el sentido de la anécdota. Es difícil de decir. Como mucho, se puede afirmar que el sentido de esto es de izquierda a derecha.
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27 de mayo de 2010
Si nadie se opone, me retiro
Subidos al tren del éxito, nos pasamos tres estaciones: invierno, primavera y verano. Incluso puede que alguna más (complete la serie). Naturalmente, veníamos distraídos, abstraídos y/o sustraídos. Acabábamos de recibir el Premio Focsmolder a la teoría de la conspiración más ridícula de las últimas nueve semanas y media. Debido a nuestro trabajo “Crisis, ¿qué crisis?”, en el cual confirmábamos que la crisis económica es pura imaginación, que sólo existe en nuestras cabezas, fuimos ampliamente repudiados por un auditorio repleto de desempleados, endeudados y corredores de bolsa. Intuimos que a nadie le gusta que lo llamen esquizofrénico paranoide. Es importante remarcar, no obstante, que nos referíamos a nosotros antes que a ellos, pero es difícil hacerse entender cuando se vive en una fantasía constante y disonante.
Dios miente o ríe, no espera
Debido a nuestro trabajo “Crisis, ¿qué crisis?”, en el cual confirmábamos que la crisis económica es pura imaginación, que sólo existe en nuestras cabezas, fuimos ampliamente repudiados por un auditorio repleto de desempleados, endeudados y corredores de bolsa. Inevitablemente, y aunque parezca lo contrario, siempre caemos en el mismo tipo de laguna mental, quizás porque viajamos siempre en el mismo ferrocarril. Oculta a la mirada de los que no saben distinguir racional de razonable, creemos que nuestra preciada reliquia podrá pervivir muchos años. Sólo nosotros tenemos la razón. Más pronto que tarde, acabaremos por imponer nuestro criterio, aunque para ello debamos retroceder las tres estaciones que pasamos. Intuimos que a nadie le gusta que lo llamen esquizofrénico paranoide. Es decir, punto y aparte. Naturalmente, veníamos distraídos, abstraídos y/o sustraídos. Tal vez si fuésemos más coherentes y/o/u cuerdos, podríamos intentar alguna variante hermenéutico-panégírica para describir nuestra maravillosa iluminación, pero no es el caso. Está escondida en un armario, bajo llave, no vaya a ser cosa que la perdamos en un descuido.
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