Cuando yo era chico, en mi barrio se celebraba todos los años un concurso de animales. Se montaba en el Club Social y Deportivo, y era toda una kermés que incluía música en vivo, bailongo, empanadas, vino (gaseosas para los menores de edad), rifas y juegos. Nos pasábamos un domingo entero de celebración.
El concurso era una cosa simple: por la mañana, cada uno traía los bichos que tenía en casa, los exhibía durante un rato y, al final de la tarde, se organizaba una pintoresca votación donde participaban todos los vecinos.
Al principio, obviamente, abundaban los perros y los gatos, pero también los hámsters, los peces dorados, las iguanas o los pajaritos (y alguna cucaracha, todo sea dicho). Un pastor alemán muy sobrio y elegante se llevó los dos primeros concursos; lo sucedieron un gato naranja y peludo, un canario que parecía silbar tangos y un papagayo rojo que contaba chistes verdes.
Pero con el tiempo empezaron a presentarse animales cada vez más exóticos y estrafalarios, algunos incluso de motu proprio, que nos cautivaron y nos hicieron olvidar a las mascotas tradicionales: un vampiro común (Desmodus rotundus); un hormiguero de hormigas coloradas, completo y con sus corredores a la vista; un gorila que se había escapado de un circo y que leía el diario durante el desayuno; un cocodrilo llorón que parecía embalsamado; una rata del tamaño de un lobo; o un pajarraco inverosímil que proclamaba ser el último de los dodos.
Sin embargo, lo que cambió definitivamente nuestro concurso fue la aparición del primer unicornio.