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3 de agosto de 2012

Olvidos circulares


Había una vez (o todavía lo hay) un tipo que quería escribir historias. Normalmente, cuando se sentaba frente a un teclado (o una máquina de escribir) la mente se le ponía en blanco y no surgía palabra alguna. Pero cuando estaba en los lugares más dispares (en el baño, en un colectivo, semidormido en la cama, en el trajín del trabajo, gritando al árbitro en la cancha, y así siguiendo) se le ocurrían argumentos curiosos.
La primera vez que una idea brotó en circunstancias inverosímiles, el tipo pensó que le alcanzaría con rememorarla cuando se pusiera a escribir y que la pluma avanzaría con fluidez. Sin embargo, llegado el momento había olvidado todo.
Así que tomó la precaución de salir siempre con una pequeña libreta en el bolsillo, junto a un bolígrafo engarzado a la espiral. En cuando se le venía una idea, extraía la libreta y tomaba apuntes veloces de todo lo que se le pasaba por la mente. Daba igual lo que estuviera haciendo, no dejaba escapar la inspiración. Entonces sí, de vuelta en su escritorio, componía por fin las narraciones que siempre había querido.
Pero un día ocurrió que perdió la libreta (se escurrió del bolsillo, se la dejó en la mesa de un bar, se la robó un carterista…) justo cuando un argumento ingenioso se le presentaba nítidamente ante los ojos.
Loco de rabia, intentó repetirlo para no olvidarlo, y fue mascullando la idea de camino a su hogar. Pero la vida lo distrajo con sus menudencias y al cerrar la puerta principal ya se le había esfumado la historia sobre un tipo que olvidaba el argumento de la historia que iba a escribir, que iba sobre un tipo al que se le olvidaba la historia que iba a escribir, cuyo argumento era que un tipo olvidaba que la historia que quería escribir trataba sobre un tipo que olvidaba el argumento de una historia que iba a escribir, que iba de un tipo… 

16 de julio de 2012

Convictos: La llave


Despertó en la cama de un hospital. Sabía que era un hospital, y que era una cama, y que la mujer que lo examinaba era médico y que la que le cambiaba los vendajes era enfermera. Pero no sabía quién era él.
Le hablaban y entendía. Pero no podía decir palabra. Nada se lo impedía, excepto la falta de respuestas.
¿Sabe cómo se llama?
Meneaba la cabeza.
¿Dónde vive?
Encogía los hombros.
¿Está casado, tiene familia?
No lo sé, dijo por fin.
La doctora se miró con la enfermera y se fueron. Al poco tiempo apareció otro doctor, y luego otro, y más tarde eran seis o siete hombres y mujeres con bata, estetoscopios, mirada seria y conversaciones en voz alta con él como testigo inerte. Los médicos hablaban de el paciente como si no estuviese delante.
Al cabo de algunos días, y pruebas, y test, y psicólogos y psiquiatras, determinaron que el accidente le había provocado una pérdida de memoria.

¿Qué accidente? ¿Qué pasó?
Una enfermera creyó poder reconstruir los acontecimientos. Él iba por la avenida transitada en hora pico. Entonces, de golpe, se asomó a la calle y se agachó para buscar algo que caía en la alcantarilla. Una llave, casi seguro. Al menos es lo único que encontraron encerrado en su puño cuando lo registraron en el hospital. Ni cartera, ni documentos ni nada. Solo una llave aferrada como si fuera la última cosa en el mundo.
Tal vez alguien le robó sus pertenencias aprovechando la ocasión. Seguro que lo dieron por muerto cuando el taxi maniobró de golpe para acercarse al cordón y le asestó un golpe terrible en el cráneo, agachado como estaba él, afanándose por que la llave no se fuera hacia alguna rejilla. Y si estaba muerto, ¿para qué iba a necesitar el dinero y el DNI y esas cosas?

5 de junio de 2011

La solución a todos los problemas

Hace mucho tiempo, un viejo sabio determinó con precisión cuál era el problema (el único problema) que daba origen a todos los demás.
Luego de años entregado a la reflexión, el sabio encontró la solución a ese problema. (Y, por tanto, a todos).
Inmediatamente bajó de su torre de marfil y fue corriendo hasta el caserío más cercano. En el camino tropezó con una piedra, pero no le importó: se levantó y, aunque carcomido por el dolor, siguió rengueando veloz hasta el poblado.
Allí, se instaló en la plaza más transitada y dijo con voz firme y solemne: “Acabo de encontrar la solución a todos los problemas”.
–¿A mi problema de espalda? –preguntó una anciana.
–Sí –respondió satisfecho el sabio.
–¿A mi problema de dinero? –dijo el mercader.
–También –contestó el sabio con suficiencia.
–O sea que también mi problema de alcoholismo –razonó el borracho.
–Por supuesto –concluyó el sabio–. En cuanto solucione EL problema, los demás quedarán inmediatamente resueltos.
–Eso es genial –se alegró una mujer– porque no veo la hora de arreglar los problemas con mi marido.
–Y yo no puedo esperar a solucionar mis problemas con la ley –agregó un ladrón.
Y así, cada uno de los habitantes del pueblo comenzó a mencionar el problema que más lo aquejaba, como si enunciarlo implicara su inmediata desaparición. Pero cuando el murmullo entusiasta cesó y todos volvieron su mirada al viejo sabio, esperando la realización del anunciado milagro, descubrieron que el hombre estaba sentado con expresión desencajada, una mano sobre la rodilla y la otra rascando la cabeza.
–¿Qué le pasa? –preguntó un niño.
–Nada –contestó un forastero, mientras palmeaba la espalda del sabio–. Creo que tiene un problema de memoria.

Moraleja
El diablo sabe por diablo, peor más olvida por viejo.

Epílogo
Cada uno de los habitantes del pueblo volvió a su vida casi donde la había dejado. La anciana se alejó despacio, apoyándose trabajosamente en su bastón y tomándose de la cintura con la diestra. El borracho se tumbó al sol y brindó a la salud del sabio. La mujer regresó a casa, donde su marido (enfadado por el retraso) la esperaba con el puño preparado. El mercader, entretanto, gastó sus últimos ahorros en un billete de lotería, confiando su suerte a la suerte. El ladrón, delatado en la multitud, fue arrestado. Y el forastero continuó su camino sin que nadie supiera su nombre.
El sabio, finalmente, emprendió apesadumbrado el regreso a su torre, intentando recuperar los fragmentos de su memoria, reconstruir sus argumentos, reencontrar la solución; mientras iba distraído tratando de reorganizar sus ideas, volvió a tropezar con la misma piedra.

30 de julio de 2010

Paramnesia

Yo creía tener problemas de memoria. A veces las cosas no eran tal como las recordaba. Por ejemplo, solía pensar que la vieja bicicleta de mi abuelo era amarilla, pero hace poco encontré una foto antigua y descubrí que no, que era roja. También estaba convencido de que mi maestra de tercer grado se llamaba Marta, pero resultó ser Mirtha; o que mi primer día de jardín había sido soleado, cuando en realidad llovía.
Los detalles se me escapaban. No lo grueso ni lo importante. Pero sí los detalles. Comencé a preocuparme: cada vez que veía una foto, leía una revista vieja o encontraba documentos antiguos, tenía la sensación de haber vivido equivocado. Así que fui al médico y le pregunté: “¿Es grave doctor?”
El hombre me miró serio, respiró profundamente y me explicó: “Mire, no parece muy grave, no. He tenido casos más severos que el suyo. Pero le mentiría si le dijera que tiene cura. Voy a serle sincero: su problema se debe a una serie de anomalías espacio-temporales provocadas por viajeros del futuro que intervienen en el pasado generando ramificaciones en la línea de tiempo apenas sensibles, derivando a algunos individuos como usted a universos paralelos donde las cosas no son exactamente como las recuerdan. Pero tranquilo, mientras sólo sean detalles no le impedirán hacer vida normal. Otra cosa sería que usted viniera a decirme, como el paciente de hace unos días, que durante casi todo el siglo XX existió un extraño país monstruoso denominado Unión Soviética y que se disputó el dominio del mundo con otro llamado Estados Unidos. Entonces tendríamos un problema.”