Estaba oscuro. Había niebla, una niebla tan espesa que no dejaba ver más que los resplandores de la iluminación callejera. Esperaba el tranvía después de otra noche en el bar de siempre. Llevaba en la mano un libro sobre mitos, leyendas y maldiciones donde pretendía encontrar la inspiración necesaria para su primera novela. Pero aquella madrugada le iba a resultar imposible leer nada. De pronto, alguien tosió y luego le dirigió la palabra. No alcanzaba a distinguir el rostro que le hablaba.
–Yo no creo en supersticiones –le dijo el extraño.
–Depende. Como se suele decir, “las brujas no existen, pero que las hay, las hay”… –respondió, por dar conversación, para llenar el tiempo.
–No, las brujas no existen…
–Parece muy seguro. ¿No cree en ninguna superstición? ¿Ni una cábala, nada?
–No. Especialmente, no creo en las maldiciones. Ya sabe: mal de ojo, esas cosas.
–Ah, no, yo tampoco.
–Hace bien, hace bien…
–La superstición trae mala suerte, dicen por ahí.
–Muy ingenioso, realmente. Pero yo sería más drástico: la superstición genera miedo, un miedo innecesario.
–Es verdad. Conozco gente que entra en pánico cuando ve un gato negro.
–No es sano.
–No, no lo es.
Se hizo un breve silencio, un poco incomodo.
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24 de diciembre de 2011
Caradura
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14 de diciembre de 2011
Desconcierto
–Seguro que a vos
te pasa lo mismo que a mí.
–¿Ah, sí? ¿Y qué
es lo que me pasa?
–Eso mismo: que
no sabemos lo que nos pasa.
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5 de marzo de 2011
Esto no es un texto
Todo
texto
es una
imagen (un
montón de líneas,
generalmente negras
sobre fondo blanco) que
se interpreta según reglas
socialmente codificadas. Pero este
texto no. Es una imagen que tiene forma de barquito, o de algo parecido.
Pero
no tiene
sentido
alguno.
De modo que no merece la pena ponerse a leerlo, porque no se va a encontrar nada de provecho. Simplemente se han usado las letras, las palabras y las frases,
dispuestas de manera poco habitual, para hacer un simpático dibujito.
Un poco infantil, es cierto, pero curioso. No es habitual (aunque
tampoco original) ver un barquito hecho con palabras.
Así que eso: esto no es un texto.
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26 de febrero de 2011
Lo de siempre
Entró al bar con rutinaria parsimonia y pidió lo mismo de siempre.
Apenas la copa tocó el mostrador, vio al final de la barra a una mujer de mirada triste que bebía sola con desgano, como matando el tiempo. Fue hasta ella y comentó, con una media sonrisa, algo banal sobre el tiempo, la humedad o la calma de la tarde.
Ella le respondió y, entre trago y trago, una ronda y la siguiente, conversaron acerca de esto y de aquello: sobre el tiempo pasado, sobre las esperanzas perdidas y renovadas, sobre el color del atardecer y el sonido del silencio; pero también sobre el pescado a la plancha, los pañuelos descartables, la inflación, el transporte público y las promesas de los políticos.
Intercambiaron los teléfonos y quedaron para verse más adelante.
Pasaron unos días y él la llamó. Se encontraron nuevamente y retomaron la charla casi donde la habían dejado.
Él intentó ir más allá y quiso leer sus pensamientos. Pero ella cerró su mente como un libro prohibido; le dijo, amablemente, que reservaba esas páginas para alguien especial. Y que él no era ese alguien. Luego se marchó.
Después de unos minutos, él miró al camarero y le indicó: “Cobrame lo de siempre”.
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15 de diciembre de 2010
De largo
Mira en el teléfono pero no hay cobertura. Debería, pero no hay.
Maldice por lo bajo, revolea los ojos, resopla, hincha las alas de la nariz e inspira aire.
Tiene que mandar ese mensaje, o llamar. Es importante, cree. Además, ellos le tienen que decir en qué estación bajarse o se va a seguir de largo.
Se va a seguir de largo.
Recuerda las veces que se pasó de estación. En la línea A, o en algunas de la D, por ejemplo, tuvo que volver a pagar el cospel. El viejo cospel de subte. Ahora ya no hay cospeles. Y las líneas son más largas.
Antes no. Antes, cuando viajaba todos los días al colegio. Al volver cansado, en esa noche eterna del subterráneo, veía su reflejo y el de los otros en el vidrio oscuro bajo la luz artificial, como de morgue, convertidos en rostros abatidos, sonámbulos, demacrados. Y se imaginaba que el tren no iba a parar, que iba a seguir de largo hacia esa última estación que no figuraba en ningún plano. El tren de los muertos. Un cargamento de almas hacia su última parada.
Lo obsesionaba la idea: un día cualquiera, el túnel se haría más largo que nunca, el aire más cálido y espeso, los minutos interminables. Entonces llegarían a un apeadero antiguo, de aspecto abandonado, con azulejos resquebrajados y humedad en los techos. Una iluminación tenue y amarillenta les daría la bienvenida. No tendrían más remedio que bajar y caminar hacia la única salida, un pasillo descendente con curvas y contracurvas y escaleras y grietas. Al final del pasillo…
Vuelve la cobertura. Se apresura a teclear con el pulgar, leyendo con atención en la pantallita iluminada donde se multiplican las abreviaturas, las faltas de ortografía y los códigos de símbolos. Le va a dar “enviar”, pero la cobertura se pierde otra vez.
Se resigna. Al final, se va a seguir de largo.
Maldice por lo bajo, revolea los ojos, resopla, hincha las alas de la nariz e inspira aire.
Tiene que mandar ese mensaje, o llamar. Es importante, cree. Además, ellos le tienen que decir en qué estación bajarse o se va a seguir de largo.
Se va a seguir de largo.
Recuerda las veces que se pasó de estación. En la línea A, o en algunas de la D, por ejemplo, tuvo que volver a pagar el cospel. El viejo cospel de subte. Ahora ya no hay cospeles. Y las líneas son más largas.
Antes no. Antes, cuando viajaba todos los días al colegio. Al volver cansado, en esa noche eterna del subterráneo, veía su reflejo y el de los otros en el vidrio oscuro bajo la luz artificial, como de morgue, convertidos en rostros abatidos, sonámbulos, demacrados. Y se imaginaba que el tren no iba a parar, que iba a seguir de largo hacia esa última estación que no figuraba en ningún plano. El tren de los muertos. Un cargamento de almas hacia su última parada.
Lo obsesionaba la idea: un día cualquiera, el túnel se haría más largo que nunca, el aire más cálido y espeso, los minutos interminables. Entonces llegarían a un apeadero antiguo, de aspecto abandonado, con azulejos resquebrajados y humedad en los techos. Una iluminación tenue y amarillenta les daría la bienvenida. No tendrían más remedio que bajar y caminar hacia la única salida, un pasillo descendente con curvas y contracurvas y escaleras y grietas. Al final del pasillo…
Vuelve la cobertura. Se apresura a teclear con el pulgar, leyendo con atención en la pantallita iluminada donde se multiplican las abreviaturas, las faltas de ortografía y los códigos de símbolos. Le va a dar “enviar”, pero la cobertura se pierde otra vez.
Se resigna. Al final, se va a seguir de largo.
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12 de diciembre de 2010
Formas autodefinidas
Mirando al pasar un mapa, descubrí que las Islas Malvinas (o las Falkland, para los gringos) tienen forma de nube. ¿Forma de nube? Sí, forma de nube. Como esas nubes hechas de jirones, que construyen arremolinadas figuras de barcos fantasmas con sus grises velas desgarradas, de arcángeles en plena batalla con sus cabellos blancos al viento o de, por qué no, la silueta irregular y accidentada de las Islas Malvinas.
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18 de noviembre de 2010
Dignidad
Una vez vi un gato moribundo. Estaba reposando al sol sobre un camión, vigilando su feudo baldío. Así no podía saberse que tenía las horas contadas. Conservaba su postura arrogante, sus ojos incisivos, su mansa intimidación.
Era un callejero, un sobreviviente. Consciente de que le llegaba su momento, mantenía la compostura. No quería dar señales de debilidad, ni siquiera ante la muerte.
Cuando pasé a su lado, me siguió con la mirada. Apenas giró la cabeza, despacio, acompañando mi trayectoria. Me clavaba la vista desafiante. No hizo ademán de levantarse ni de huir. No estaba en sus planes retroceder. No podía.
Me detuve junto a él. Agachó las orejas y entrecerró los ojos. Estiré lentamente una mano hacia su hocico. Encogió la cabeza y emitió un gruñido mudo. A medida que mi dedo se aproximaba a su nariz, el bufido se volvía más agudo. Cuando estuve a punto de tocarlo, abrió sus fauces y lanzó un maullido de guerra. Pero se quedó firme en su posición.
Retiré mi mano y me fui. Lo dejé en paz. Él no agradeció mi gesto. No tenía por qué. Yo, en cambio, me volví una última vez y lo saludé con respeto.
Cuando sea mi turno, quiero morir con esa dignidad.
Era un callejero, un sobreviviente. Consciente de que le llegaba su momento, mantenía la compostura. No quería dar señales de debilidad, ni siquiera ante la muerte.
Cuando pasé a su lado, me siguió con la mirada. Apenas giró la cabeza, despacio, acompañando mi trayectoria. Me clavaba la vista desafiante. No hizo ademán de levantarse ni de huir. No estaba en sus planes retroceder. No podía.
Me detuve junto a él. Agachó las orejas y entrecerró los ojos. Estiré lentamente una mano hacia su hocico. Encogió la cabeza y emitió un gruñido mudo. A medida que mi dedo se aproximaba a su nariz, el bufido se volvía más agudo. Cuando estuve a punto de tocarlo, abrió sus fauces y lanzó un maullido de guerra. Pero se quedó firme en su posición.
Retiré mi mano y me fui. Lo dejé en paz. Él no agradeció mi gesto. No tenía por qué. Yo, en cambio, me volví una última vez y lo saludé con respeto.
Cuando sea mi turno, quiero morir con esa dignidad.
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10 de noviembre de 2010
A dos bandas
Carlos buscaba el golpe definitivo. Llevaba jugando (y perdiendo) al billar demasiado tiempo, y ya era hora de empezar a ganar. “Tranquilo, todo llega”, le decían los otros. Pero a Carlos se le acababa la paciencia.
Fue el viejo del bar de Boedo quien le dijo que había un lugar, en Avenida de Mayo, donde se juntaban los que sabían de verdad. Ahí se hacían cosas realmente importantes; o al menos eso se decía. Le recomendó que fuera, que mirara y que intentara descubrir el secreto. Si tenía suerte, alguno se lo iba a explicar.
Carlos fue y pasó ahí noches enteras. Pero no percibía nada fuera de lo común, nada que él no hiciera ya. Los jugadores acertaban poco y se equivocaban tanto como él, o incluso más. Todos parecían sumidos en la misma mediocridad de los ambientes que Carlos frecuentaba. ¿Dónde estaban esos que sabían la verdad, el gran secreto del billar?
A punto de perder las esperanzas, una noche los vio. Al fondo, dos tipos, cada uno en su mesa. Parecían estar en sus propios asuntos cuando, de pronto, empezaron a moverse en sincronía, como si uno imitara los movimientos del otro en tiempo real. Calcados como reflejos en un espejo, ambos tomaron sus tacos, se inclinaron sobre la superficie de paño, midieron y golpearon la bola con idéntica ceremonia. Las esferas describieron iguales trayectorias en los rectángulos, golpearon dos bandas y remataron la jugada; cuando dejaron de rodar, quedó dibujada la misma constelación de bolas sobre ambos tapetes verdes. Y los dos jugadores contemplaban el diseño con uniforme postura: el taco vertical, aferrado por la mano izquierda un poco más arriba que la derecha, los hombros relajados y la cabeza ligeramente inclinada hacia delante.
“Ése es el golpe”, pensó Carlos, “tiene que ser el golpe”. Se encaminó hacia los jugadores. “Tengo que pedirles que lo repitan”, se dijo, “tengo que convencerlos de que lo vuelvan a hacer”. Pero antes de que llegara a ellos, el hechizo se esfumó. Cada jugador cambió de posición y habló con sus otros contrincantes de manera disímil, en una aberrante asimetría que parecía destruir la armonía del Cosmos.
Carlos, no obstante, avanzó hacia las mesas del final. Se plantó entre ambas, aun maravillado por la perfecta consonancia de las esferas, y dijo a los jugadores:
–Tienen que enseñarme ese golpe.
Los dos extraños se miraron y luego a Carlos.
–Ni idea, pibe. Yo es la primera vez que juego –le dijo uno.
–Yo llevo años –dijo el otro–, pero este golpe no tiene nada de especial. De hecho, es bastante malo.
–No puede ser –insistió Carlos–. Acaban de hacer los dos exactamente el mismo golpe. No puede ser casualidad.
Los jugadores volvieron a mirarse entre sí con expresión entre incrédula e indiferente, y decidieron ignorar a Carlos, que permaneció unos segundos inmóvil, esperando una respuesta que no llegaría.
El juego siguió, las bolas continuaron rodando y sobre los paños se perfilaron esquemas cada vez más desiguales. Se sucedieron las pifias, los errores y las victorias del menos malo. Carlos se resignó, suspiró amargamente y se fue para no volver.
Apenas cruzó la puerta hacia la calle, en todas las mesas de billar se lanzó la misma jugada: las esferas giraron, golpearon las bandas y chocaron con idéntico ímpetu, a idéntica velocidad, con idéntico ritmo; y los jugadores sonrieron con la misma sonrisa e idéntica satisfacción.
Y entonces, en algún lugar del Universo, nació una estrella.
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4 de septiembre de 2010
Postre
Su (ex) novio regresó después de la traición. Le dijo:
–Perdoname. Estaba confundido. La otra me engañó. En realidad yo siempre te quise a vos.
Pero ella ya tenía clara la respuesta. Aquel mismo día, cuando él cruzaba la puerta sin decir adiós, vaticinó un “ya vas a volver” cargado de odio y rencor. Le dijo:
–Ahora es tarde. Yo no soy el segundo plato de nadie.
Lo que ella no podía imaginar entonces es que acabaría siendo el postre.
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2 de agosto de 2010
Naturalmente
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23 de julio de 2010
Espejito, espejito...
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19 de julio de 2010
Breakfast at Tommy's
A Tommy no le gustaba desayunar solo...
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13 de julio de 2010
La última página
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13 de marzo de 2010
Enterrado
–Esto está muerto.
–¡Claro! Estamos en un cementerio. Acá todo está muerto.
–Pasame el faso.
–¿Te imaginás que, de repente, se levantaran todos los muertos?
–Cool! Estaría re-loco.
–No, mejor así.
–Una vez hicimos una sesión en un cementerio.
–¿El juego de la copa?
–Sí.
–¿Y, qué pasó?
–Nada. Uno se asustó por un ruido, pero era un gato.
–¿Por qué la gente siempre se asusta en los cementerios?
–Son re-tétricos, loco.
–Nada que ver. Los cementerios son lugares re-tranquilos. Nunca pasa nada.
–Por eso me gustan los cementerios. Escuchá: qué paz…
(Para Illustration Friday, "Subterranean". Idea de Natalia E. Cerletti)
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11 de marzo de 2010
Valor
Se dio cuenta de que el valor no era sólo para los caballeros de brillante armadura.
(Para Illustration Friday, "Brave".)
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8 de febrero de 2009
No esperaban visitas...
Pero siempre es bueno recibir gente. Especialmente a la hora de cenar...
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30 de agosto de 2008
Temores del pasado
A veces sólo una imagen basta para recordar el horror.
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8 de abril de 2007
Días extraños
Desde que siento que me siguen todo se ve más extraño.
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