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26 de abril de 2013

Homenaje


Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.
Me incliné sobre él para que me oyera.
‒Uno cree que los años pasan para uno ‒le dije‒, pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.
Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.
Me dijo entonces con voz firme:
‒Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Le tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.
Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:
‒En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.
‒Precisamente porque ya no soy aquel niño ‒me replicó‒ tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Cerletti, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.
‒Puedo hacer una cosa ‒le contesté.
‒¿Cual? ‒me preguntó.
‒Despertarme.
Y así lo hice.

Ya no había enemigo, ni arma ni báculo. Apenas el vago recuerdo de soñar que era Borges y que otro plagiaba mi relato (queriendo acaso, con torpeza, copiar también mi espíritu).

4 de marzo de 2013

La historia de un fracaso


Se sentó a escribir algo. Empezó con lo primero que se le vino a la cabeza: una situación cotidiana o banal, sus sentimientos presentes, la descripción simple de un acontecimiento insignificante. Pero en cuanto vio el párrafo inicial plasmado sobre el papel (tan igual a otros anteriores), decidió eliminarlo y probar de nuevo.

* * *

Algunos lo llaman ‘el síndrome de la hoja en blanco’. Es ese terror que invade al escritor (o al creador, en general) cuando se enfrenta a la necesidad de dar forma a algo nuevo y nada surge de su mente. También es el argumento que ha inspirado muchos relatos, tan frustrantes como la frustración de su protagonista (y de su autor).

* * *

Tenía en el suelo, en torno al cesto, una alfombra de papeles arrugados, algunos apenas doblados, otros hechos un bollo, compactados con ira o desesperación, o empujados a la caída con desgano o cansancio. Papeles con dos, tres o cuatro líneas de palabras destinadas a morir en un malgasto ecológicamente insostenible. Palabras que describían una situación estática, sin movimiento, aunque fuesen señal de un movimiento anterior. Una escena tan aburrida e inerte que congelaba cualquier posibilidad de acción que derivara en un relato.

* * *

Lo intentaba una y otra vez. Arrancaba con algo conciso y concreto. Y luego se animaba. Cuando parecía que por fin iba a encadenar cinco o seis frases con sentido, volvía sobre sus pasos y descubría que no le gustaban, que había algo ahí que no estaba funcionando. No sabía qué ni por qué, pero su instinto nunca lo traicionaba. Así que abandonaba a mitad de la última frase, resignado a que aquello no iba a proesperar, a que ese texto ya no tenía arreglo, como si

* * *

A veces creía haber encontrado el camino directo. Frases sin adornos ni circunloquios rodeos ni palabras de más. Al grano. Una base sólida, aunque no ideal perfecta, sobre la que ir construyendo edificando, no sin enmiendas y remiendos parches, un texto con posibilidades de progresar. Por fin creía que estaba por nacer el Pero entonces volvía el bloqueo.

* * *

Recogió los pedazos de papel como quien junta los fragmentos de un jarrón quebrado. Los puso sobre la mesa y los ordenó aleatoriamente, como quien espera que el rompecabezas se arme solo ante sus ojos. Pero no dejaban de ser trozos sin sentido, inacabados, parte de algo que no estaba ahí. Como si las piezas pertenecieran a conjuntos distintos, como si cada una fuera la clave de un arco diferente. Hasta que comprendió que ahí había una historia: la historia de un fracaso.

* * *

Abandonó la búsqueda y se dio por vencido. Pero no abandonó la búsqueda ni se dio por vencido.

3 de agosto de 2012

Olvidos circulares


Había una vez (o todavía lo hay) un tipo que quería escribir historias. Normalmente, cuando se sentaba frente a un teclado (o una máquina de escribir) la mente se le ponía en blanco y no surgía palabra alguna. Pero cuando estaba en los lugares más dispares (en el baño, en un colectivo, semidormido en la cama, en el trajín del trabajo, gritando al árbitro en la cancha, y así siguiendo) se le ocurrían argumentos curiosos.
La primera vez que una idea brotó en circunstancias inverosímiles, el tipo pensó que le alcanzaría con rememorarla cuando se pusiera a escribir y que la pluma avanzaría con fluidez. Sin embargo, llegado el momento había olvidado todo.
Así que tomó la precaución de salir siempre con una pequeña libreta en el bolsillo, junto a un bolígrafo engarzado a la espiral. En cuando se le venía una idea, extraía la libreta y tomaba apuntes veloces de todo lo que se le pasaba por la mente. Daba igual lo que estuviera haciendo, no dejaba escapar la inspiración. Entonces sí, de vuelta en su escritorio, componía por fin las narraciones que siempre había querido.
Pero un día ocurrió que perdió la libreta (se escurrió del bolsillo, se la dejó en la mesa de un bar, se la robó un carterista…) justo cuando un argumento ingenioso se le presentaba nítidamente ante los ojos.
Loco de rabia, intentó repetirlo para no olvidarlo, y fue mascullando la idea de camino a su hogar. Pero la vida lo distrajo con sus menudencias y al cerrar la puerta principal ya se le había esfumado la historia sobre un tipo que olvidaba el argumento de la historia que iba a escribir, que iba sobre un tipo al que se le olvidaba la historia que iba a escribir, cuyo argumento era que un tipo olvidaba que la historia que quería escribir trataba sobre un tipo que olvidaba el argumento de una historia que iba a escribir, que iba de un tipo… 

13 de enero de 2011

Cortocircuito


Rush, originalmente cargada por My Buffo XP.

Tiene ganas de hacer algo, pero el cerebro no le calibra bien. En algún lado tiene un cortocircuito. O un circuito cortado, no sabe bien. El caso es que no engrana. Y en su caso, el asunto es embarazoso. Le da un poco de vergüenza.
Entonces, ¿qué hace? Describe su situación como si fuera de otro, y se lo comenta a un amigo: “Tengo un conocido que anda con un problema”, dice y le suelta la historia. Espera así salvar el honor y que su amigo le dé una solución.
Pero el otro escucha y le responde: “¿Cómo sabías lo que me pasaba?”
Entonces se da cuenta de que su amigo es él mismo, y que lo suyo no tiene arreglo.

18 de mayo de 2010

Holocausto* artístico


Herederos de Prometeo SRL, originalmente cargada por My Buffo XP.
Un dibujante creó un personaje sobre papel. Todos los días trabajaba en él, sin poder nunca acabarlo. A veces añadía un nuevo detalle, otras corregía un defecto, borraba manchas o acentuaba algunas sombras. Cada mañana se decía a sí mismo que antes de acostarse tendría el dibujo acabado, listo para darle color, pero aquello jamás ocurría. No acababa de verlo completo, definitivo.

Desolado, le comentó su problema a un colega. Éste le dijo que no había nada de raro, y que un famoso artista también había trabajado durante años sobre un mismo retrato, con tanto celo que no hubo día en que no hubiera soltado una pincelada sobre el lienzo. A medida que pasaba el tiempo, el retrato iba envejeciendo con el artista: trazos oscuros dibujaban arrugas sobre una piel de tonos cada vez más pálidos y moteada de pequeñas manchas; los finos rastros que semejaban negros cabellos se volvían suaves estrías blancas; las manos, representadas con firmes contornos y aferradas al apoyabrazos de un sillón, se convertían en débiles manchas que se dejaban vencer por la gravedad.
El pintor, obsesionado con alcanzar la excelencia, se dio cuenta de que nunca podría dejar de trabajar en el retrato, porque el tiempo seguía pasando y la imagen sobre el caballete quedaba constantemente desactualizada. Se había sentido obligado a subsanar esta imperfección de su arte, pero ello acabó agotándolo y hartándolo de ese rostro que lo había acompañado durante años y años. Una noche confesó en público que había sido derrotado, que era imposible terminar el retrato y que se iba a deshacer de él a la mañana siguiente.
Pero cuando su galerista fue a visitarlo días después, lo encontró tendido en el suelo de su estudio, desangrado por completo. En el cuadro, la figura empuñaba un cuchillo ensangrentado.
Después se supo que había sido asesinado por unos ladrones, cuando intentaba evitar que le robaran el retrato. Pero entonces ya nadie quiso hacerse cargo de aquella macabra pintura, que concluyó sus días arrumbada en un sótano, a merced de las ratas y la humedad.

Después de aquella conversación, el dibujante llegó de nuevo a su taller, tomó el dibujo y lo arrojó a una papelera metálica junto con un fósforo encendido y un poco de kerosén.

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(Del lat. holocaustum, y este del gr. λόκαυστος).
(…)
2. m. Acto de abnegación total que se lleva a cabo por amor.
3. m. Entre los israelitas especialmente, sacrificio en que se quemaba toda la víctima.
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