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4 de abril de 2010

El fin de la muerte


El día en que se celebraba el fin de la Muerte se pecó de optimismo. En primer lugar, porque sólo se trataba de dar la bienvenida a un fármaco que retrasaba indefinidamente el envejecimiento; en segundo lugar, porque la elaboración del fármaco era lenta y compleja, a tal punto que sólo un laboratorio en todo el planeta era capaz de ensamblar adecuadamente sus componentes; en tercer lugar, porque el fármaco era costoso y, por tanto, sólo estaba al alcance de los más ricos y poderosos.
La noche en que se celebraba el fin de la Muerte, los sepultureros dinamitaron el laboratorio e incendiaron el registro de patentes; los fabricantes de cremas faciales y suplementos vitamínicos robaron y destruyeron las existencias del fármaco; los dueños de asilos y geriátricos secuestraron y asesinaron a los científicos, farmacéuticos, directivos, burócratas, administrativos, funcionarios y empleados de todo rango que participaron en el proyecto.
Al día siguiente de que se celebrara el fin de la Muerte, se celebraron muchos funerales y la vida siguió su curso.

1 de abril de 2010

Mala pata


Justo ahora tenía que pasar. Justo ahora. No podía haber pasado hace dos años, ni dentro de cien. No, ahora, en este preciso momento. Para una vez que tengo suerte, se va todo al cuerno.

    Hace dos años yo estaba deprimido, hundido en la miseria. Me habían echado del trabajo. Una reestructuración, como se dice en estos tiempos. También se me había muerto el gato. Pura coincidencia: comió una rata envenenada, o algo así, según me dijo el veterinario. Y mi ex mujer se había mudado a Ushuaia con los pibes. Le había salido un buen laburo y, como ella tenía la custodia, allá se los llevó.
    Así que ahí estaba yo, solo como un náufrago en el océano, como un humorista sin gracia, como una bala en la ruleta rusa; invisible, ignorado, arruinado, sin plata ni familia ni nada en qué ocupar el tiempo. Tumbado en el sofá, mirando pasar los canales de televisión delante de mis ojos: uno y otro y otro… a cuál de todos más aburrido.
    Y entonces me levanté, junté los pocos pesos que me quedaban, y salí a morir. No digo con dignidad, pero sí con alegría. Pensaba ir a un bar y emborracharme hasta el coma etílico. Y eso (casi) hice.
    Me metí en un tugurio de mala muerte y me pedí lo más fuerte que tenían. Aguarrás-tonic, o algo así. Y empecé a tomar. Le lloré al barman mis penas, o eso creo recordar. El tipo, un profesional en regla, se aguantó mi sermón sin rechistar, escuchando con atención flotante, como si no me estuviera haciendo caso, sirviendo un whisky por acá, un martini por allá, una agua natural de mineralización débil sin gas por ahí. Pero me escuchaba, y su mirada severa indicaba comprensión, que sabía por lo que yo estaba pasando y que no iba a hacer nada para evitar lo inevitable. Su experiencia detrás de la barra le daba ese entendimiento superior que sólo los de su especie, los taxistas y (a veces) los psicólogos consiguen alcanzar. Lo resumió todo en una frase: “Si te querés matar, matate”.
    Entonces se me arrimó una rubia. Tenía cara de estar triste y sola en este mundo abandonado. Me preguntó si me importaba que se sentase a mi lado. Le dije que no y le invité un trago. Se puso a hablar sola, de sus problemas y sus historias. Yo le seguí el juego como el barman hiciera antes conmigo. Después de veinte minutos (o de dos horas, no recuerdo bien), me di cuenta de que la tenía incrustada en mi hombro derecho, moqueando desconsolada, sonándose la nariz con lo que quedaba de la manga de mi traje de oficina. Ahí me di cuenta de que era momento de decir algo. “Uh, qué bajón”, fue lo único que brotó de mi incoherente boca entre los vapores del alcohol y un eructo mal reprimido. Luego la abracé (en parte para no caerme) y, sin más argumentos aquella noche, le conté a la rubia mi vida. La rubia dejó de llorar (se ve que lo mío era más terrible que lo que ella me había contado, aunque nunca sabré qué me contó). Nos compadecimos mutuamente y terminamos en un hotel mugriento.

    Cuando salí de ahí, las ganas de morir me habían abandonado. Me sentía vivo y con suerte, así que jugué a la Quiniela. Aposté a la niña bonita, por la rubia; al trece, por mi desgracia; y a los dos patitos. Siempre me cayeron bien los dos patitos. Gané un toco de guita. Pero no tenía con quién celebrarlo, así que llamé a la rubia y nos fuimos por ahí, a cenar a lo grande y después de parranda.
    De repente, las cosas empezaron a ir bien. La rubia dejó de ser “la rubia” y pasó a ser María, y nuestra relación se afianzó como los romances de las revistas (son los únicos que “se afianzan”; a la gente normal sólo le va bien o mal con su pareja). Con lo que gané en la Quiniela, monté un boliche en Palermo Soho que, vaya a saber por qué azares de la moda y del destino, se convirtió en un lugar de culto frecuentado por lo más top de Buenos Aires. Y uno de mis pibes, el mayor, se vino a vivir conmigo para estudiar en la capital. De pronto, tenía otra vez trabajo, dinero, amor y una familia. Mejor, imposible.
    Y entonces, cuando todo repuntaba, cuando estaba por casarme con María por la iglesia, con fiesta y quinientos invitados; cuando por fin volvía a ser feliz y el sol salía cada mañana y los pajaritos me cantaban los buenos días; cuando mi pibe pintaba para crack en las inferiores de Boca y tenía gente del extranjero haciendo cola para conocer mi local; justo en ese preciso y exacto momento, cuando con un mate nuevo y recién cebado miraba al horizonte y pensaba en lo bello que es vivir, unos científicos de Europa pusieron a funcionar un súper acelerador de partículas, el Universo entero colapsó y se fue todo al carajo.
    No, si al final yo siempre tengo mala pata.

28 de marzo de 2010

Verdades ocultas


OVNI - primera prueba, originalmente cargada por Julikeishon -dibujos-.


“Si un árbol cae en medio de un bosque y nadie lo oye ni nadie lo ve, es porque el bosque tapa al árbol.”
Vladimiro Marrón


(Para Illustration Friday, "Rescue")

24 de marzo de 2010

En internet se encuentra cualquier cosa


Primer acto
Dos amigos intentan recordar el nombre de un actor de televisión.
–¿Cómo era ese que salía en Médicos de la vida?
–¿Cuál? ¿El que también hacía de malo en Fuerza y Justicia?
–No, no. Ya sé quién decís vos, pero ése no es. Yo digo uno medio pelirrojo, así con barbita… Uno que antes actuó en una comedia de esas con risas grabadas.
–Ah… ya sé… Puta, cómo se llamaba el coso ese…
–No me acuerdo. Era algo con eme. Montgomery…
Entonces interviene un tercer amigo, que irrumpe en la habitación mirando fijamente la pantalla del ordenador portátil que lleva en las manos:
–Se llama Wayne Morris, nacido el 10 de agosto de 1972 en Providence, Rhode Island, Estados Unidos. Se formó en el Actor’s Studio de Nueva York y protagonizó la comedia Diana & Fred durante cinco exitosas temporadas, haciendo el papel de Fred Gregson. La serie fue suspendida cuando su compañera de reparto quedó embarazada y abandonó temporalmente la profesión para dedicarse a su niño. Morris también participó como secundario en más de veinte películas. Su primer papel en televisión fue una aparición muy breve en la famosa serie de ciencia ficción Alien Contact Files, donde hacía de un adolescente que veía luces en el cielo.
–Impresionante. ¿De dónde sacaste todo eso?
–En internet se encuentra cualquier cosa.

Segundo acto
En un departamento, unos amigos celebran un cumpleaños. El homenajeado abre uno de los regalos y se encuentra con un vinilo original de Bob Dylan, autografiado.
–¿Cómo lo conseguiste? –pregunta emocionado a quien le hizo el regalo.
–Me costó bastante, no te creas. Pero bueno, anduve removiendo cielo y tierra, me recorrí ciento y pico páginas de subastas on-line hasta que di con él. En fin, tarde o temprano tenía que aparecer. En internet se encuentra cualquier cosa.

Tercer acto
Dos amigas conversan en un café.
–No sé, es raro…
–¿Cómo que raro?
–Sí, no sé… A veces pasa días enteros sin dar señales de vida: no llama, no contesta… De pronto aparece con un ramo de flores y desaparece sin saludar; me invita a cenar, pero después no come porque está a dieta; se acuerda de mi cumpleaños y se olvida del suyo; dice que no le gusta la poesía y me escribe sonetos; sale a tomar el sol y se tapa con una manta… Hay días que salimos a pasear por el parque, vamos hablando y, de repente, se calla, se sienta en un banco y le empieza a dar de comer a las palomas; y a mí ni bola, como si no existiera. El otro día se presentó en mi casa a las tres de la mañana, llorando, suplicándome que no lo torturase más, que yo era toda su vida, que no aguantaba ni un minuto más sin mí… y cuando lo iba a dejar pasar, me dijo que no, que no me preocupara, que ya se pasaría más tarde. Y se fue.
–¿Pero de dónde salió este coso? ¿Dónde lo conociste?
–En un chat, por internet.
–Ay, ilusa… ¿No sabés que en internet se encuentra cualquier cosa?

Anhelo


Amores que matan, originalmente cargada por My Buffo.
Hace más de un siglo, un joven romántico marchaba a casa de una doncella para declararse preso de su amor. En el camino, estudiaba las nubes, las caras de los transeúntes, el vuelo de las aves, el sonido de las cigarras, el aullar de los perros, el perfume de las flores y el sabor de las fuentes, entre muchas otras cosas, a la búsqueda de señales que le indicaran si sería correspondido cuando confesase sus sentimientos.
Así, creyó ver en dos pajarillos que construían juntos su nido la promesa de una futura vida en pareja. Al pasar por el mercado, el aroma suave y tierno de un dulce con forma de corazón fue para él la prueba irrefutable de que el amor verdadero era posible; compró el dulce y se lo comió. En una encrucijada, preguntó a un peregrino si creía que todos los hombres de la tierra eran capaces de hallar la felicidad; a lo que el peregrino dijo que era probable, aunque sólo lo sabría con certeza al final del camino. El joven tomó la respuesta por un sí, y prosiguió seguro de que el gozo del querer lo aguardaba en los ojos de su amada.
Por fin, convencido de que los signos eran propicios, llegó a la residencia de la moza y habló sin miedo. La muchacha lo rechazó amablemente, argumentando que su corazón ya pertenecía a otro.

23 de marzo de 2010

De pulpos que arañan


Araña, originalmente cargada por My Buffo.


“Las arañas son como los pulpos: tienen ocho extremidades.”
Vladimiro Marrón

    Cuando Vladimiro Marrón dice “las arañas son como los pulpos: tienen ocho extremidades”, está queriendo exponer que aun en los sitios más dispares pueden encontrarse semejanzas, y que todo en la naturaleza tiene una correlación. La maravillosa comparación de Marrón entre un arácnido y un molusco cefalópodo es un grito a la paz, un llamamiento a olvidar todas aquellas cosas que nos diferencian, dejar a un lado lo superficial, lo evidente, para abstraer más allá de toda duda sólo aquello que nos iguala. ¿Qué importa si la araña tiene patas articuladas y el pulpo tentáculos blandos y cubiertos de ventosas? ¡Vivan las matemáticas! ¡Que nadie separe lo que el ocho ha unido!
    Aunque también es posible que Marrón haya querido descalificar toda una gama de comparaciones rebuscadas, como las que tienen lugar entre Pelé y Maradona, Estados Unidos y el Imperio Romano, Mozart y The Beatles, The Beatles y Oasis, Buenos Aires y París, la Bolsa de Valores y la Economía, John Lennon y Jesucristo, Yoko Ono y el Demonio, los gatos y los perros, el campo y la ciudad, James Dean y River Phoenix, o las noticias y la realidad, entre muchas otras. Porque, como todos sabemos, las arañas y los pulpos no tienen nada que ver.
Juan Pedro Soco Urtizberea

19 de marzo de 2010

Don Nadie




–Disculpe, ¿nos conocemos de algún lado?
–No lo creo, jamás he estado ahí.
–Perdone la molestia, entonces. Pensé que era alguien que había visto en alguna parte.
–Imposible. Yo nunca llegué a ser alguien.

(Para Illustration Friday, "Expired")

13 de marzo de 2010

Enterrado


–Esto está muerto.
­–¡Claro! Estamos en un cementerio. Acá todo está muerto.
­–Pasame el faso.
­–¿Te imaginás que, de repente, se levantaran todos los muertos?
–Cool! Estaría re-loco.
­–No, mejor así.
–Una vez hicimos una sesión en un cementerio.
–¿El juego de la copa?
–Sí.
­–¿Y, qué pasó?
–Nada. Uno se asustó por un ruido, pero era un gato.
–¿Por qué la gente siempre se asusta en los cementerios?
­–Son re-tétricos, loco.
–Nada que ver. Los cementerios son lugares re-tranquilos. Nunca pasa nada.
–Por eso me gustan los cementerios. Escuchá: qué paz…


(Para Illustration Friday, "Subterranean". Idea de Natalia E. Cerletti)

11 de marzo de 2010

Valor

Se dio cuenta de que el valor no era sólo para los caballeros de brillante armadura.
(Para Illustration Friday, "Brave".)

8 de marzo de 2010

Opiniones



Según especulan algunos historiadores, en el transcurso de la década de 1980 la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas lanzó una misión tripulada hacia el planeta Marte. Allí, los cosmonautas plantaron una bandera roja con la hoz y el martillo amarillos, recogieron muestras del suelo y del aire, y excavaron el terreno infructuosamente en busca de agua subterránea. Pero nunca volvieron a casa.
Una corriente de pensadores cree probable que la tripulación se haya topado a su regreso con un agujero de gusano, arribando así a la Tierra aunque mil millones de años en el pasado. Según los partidarios de esta hipótesis, los cosmonautas habrían muerto en la enrarecida atmósfera del joven planeta, mientras que las muestras marcianas habrían contaminado la incipiente vida terrestre con bacterias y otros microorganismos del planeta rojo. Ello habría dado origen a formas de vida alteradas cuyo camino evolutivo no habría conducido al homo sapiens, entre otras muchas especies que jamás habrían llegado a existir.
Hay paleontólogos, otros historiadores y numerosos biólogos que no están de acuerdo con estas tesis.

7 de marzo de 2010

Vida eterna

Cierta vez, un hombre muy rico preguntó a un erudito si conocía el secreto de la vida eterna; añadió que estaría dispuesto a pagar muy bien por hacerse con él. El erudito lo citó esa misma noche en su casa y le prometió que, antes del amanecer, sabría cómo alcanzar la inmortalidad; y que, además, renunciaba a cualquier pago, estipendio, remuneración, honorario o gratificación que el hombre rico fuera capaz de ofrecerle, pues el saber no tenía precio, y compartir y extender el conocimiento era la recompensa más grande que un filósofo podía desear.
Apenas cayó el sol, el hombre rico se presentó en el domicilio del erudito, vistiendo sus mejores galas para la ocasión más importante de su vida, con frac, sombrero de copa, faja de seda roja, reloj de bolsillo, gafas con montura de oro y bastón con empuñadura de plata. El erudito lo hizo pasar y, sin más preludio, lo condujo a la biblioteca donde, según dijo, los esperaban otros hombres que ya habían alcanzado la vida eterna.
Cuando llegaron a la enorme habitación, plagada de estanterías de madera cubiertas por incontables volúmenes, el hombre rico se sorprendió de no ver a ninguna otra persona, aparte del erudito. Cuando preguntó dónde estaban los demás, recibió esta respuesta:
“Aquí están todos. Platón y Aristóteles, Virgilio y Homero, Poe y Dickens, Kant y Hegel, Montesquieu, Rousseau y Voltaire, Locke y Hobbes, Stendhal y Baudelaire, Borges y Cortázar, Cervantes, Shakespeare y Goethe, Einstein y Russell, Tolstoi y Dostoievski, Lorca y Unamuno, Plutarco...”
El erudito dio la espalda al hombre rico para admirar la magnitud de sus libros mientras proseguía con la enumeración; el hombre rico aprovechó y lo golpeó en la cabeza con el bastón. El erudito cayó y el hombre rico volvió a golpearlo tres veces más, con mayor fuerza. Después limpió la sangre del bastón con un pañuelo blanco, prendió fuego a la biblioteca y se marchó a buscar la vida eterna en otra parte.

4 de marzo de 2010

Un paso de montaña

Hace muchos años, dos antiguos reinos se disputaron en cruentas guerras un paso de montaña. Durante décadas se sucedieron batallas multitudinarias, se tendieron arteras emboscadas, se edificaron fortalezas que fueron asediadas y destruidas. Muchos príncipes ganaron y perdieron su prestigio conquistando y defendiendo el paso, del que bajaban ríos teñidos de sangre hacia los fértiles valles a uno y otro lado de la cordillera.
Años más tarde, un terremoto sacudió los cimientos de la tierra y desmoronó las paredes de roca sobre el paso, haciéndolo impracticable. Pero para entonces los dos reinos ya habían desaparecido, consumidos por el esfuerzo de la guerra.

1 de marzo de 2010

Burocracia

"La burocracia se creó para ahorrarnos la molestia de la confianza."
Vladimiro Marrón

26 de febrero de 2010

La aguja del pajar


Buscado, originalmente cargada por Julikeishon -dibujos-.
Alguien me dijo una vez que, para encontrar una aguja en un pajar, había que ir de a poco, aplastando las pajas con ambas ambos, como aplaudiendo; las pajas se doblan, se quiebran, pero la aguja no. La aguja se clava en la palma de la mano y así te das cuenta de que la encontraste.
Además de que, como método, parece inverosímil, te hace pensar si de verdad valía la pena buscar la aguja. Hay cosas que es mejor dejar que se pierdan.

24 de febrero de 2010

El fin de la Historia


Urbi et orbi, originalmente cargada por Julikeishon.
“Todo comienzo y todo final supone siempre una exclusión. Todo corte en la delicada línea del tiempo es siempre un acto violento de arbitrariedad del cual solemos arrepentirnos, juzgando necesario un corte más abarcador. Al final de cuentas, volvemos al límite inicial para no abrazar toda la Historia...”
Tabb Capslocke en Historia del Universo

17 de febrero de 2010

Los inmortales


Reverde sin causa (PS), originalmente cargada por My Buffo.
Juan Martín Pérez Ruitort ha consagrado su vida a comprobar empíricamente la existencia de seres mitológicos, comúnmente calificados como “sobrenaturales”, “fantásticos” e “imposibles”.
En una de sus azarosas indagaciones, creyó dar con los inmortales. Dejó anotado en su diario:
“Los inmortales existen. Los he visto. No tengo aún pruebas, pero sí indicios. Sé que son ellos por su comportamiento, por su indiferencia ante la muerte.
”Estaba en mi automóvil, por la avenida, avanzando unos dos o tres kilómetros por hora por debajo del máximo permitido. Y entonces un hombre se lanzó a cruzar a mitad de calle, en un lugar que,
a priori, no estaba habilitado para tal fin; quizás le convenía cortar camino y se lanzó al asfalto sin pensárselo más. Ni siquiera miró hacia mí o a los otros automóviles que marchaban por la avenida; vista al frente, concentrado en el otro lado, el inmortal cruzó y punto. Nadie lo tocó, pero creo que no le habría importado sufrir un golpe.
”Comencé a prestar atención, observando a cada peatón con detenimiento: los había cautelosos, prudentes, e incluso miedosos; pero otros, en cambio, mostraban la misma actitud que aquél, totalmente arrojados, despreocupados, casi insolentes. Estaba claro que les daba lo mismo ser atropellados que no. Son los inmortales”.

Poco después de escribir estas notas, Pérez Ruitort murió, dejando su obra inconclusa. Nadie ha continuado sus investigaciones.

El árbol del ahorcado


El árbol del ahorcado, originalmente cargada por Julikeishon -dibujos-.
“Al amparo de las oscuras murallas sólo hay silencio. La muerte vigila, una sombra somnolienta vagando entre los árboles marchitos y la niebla espesa de resplandores fantasmales. La cuerda cruje contra una rama, despacio, suavemente, mecido el cuerpo por una brisa imperceptible. Una advertencia última para el viajero extraviado, un signo, una señal. A los pies de la fortaleza que sólo ven quienes van a morir, no hay otro vestigio de vida.”
Juan Pedro Soco Urtizberea

14 de febrero de 2010

Inspiración


Se sienta a una mesita vieja y enclenque, con las patas astilladas, el barniz descascarado, el cajoncito trabado y desfondado. Encima hay unos papeles en blanco, un cuaderno rayado de espiral y un bolígrafo azul, de los comunes.
Está cansado. Bosteza con pereza y estira los brazos. Toma el bolígrafo y garabatea rayitas en los márgenes del cuaderno. Aparece alguna letra suelta, un ojo, figuras abstractas y tachones, que van poblando sin control el angosto trozo de papel. El resto permanece impoluto.
Empieza a escribir, o quiere empezar a escribir, pero no se le ocurre nada. Prueba con lo primero que se le viene a la cabeza:
“Se sienta a una mesita vieja y enclenque…”

El péndulo, originalmente cargada por My Buffo.

10 de febrero de 2010

Voluntario


El joven Jean-Pierre Domecq deseaba con toda su alma participar en la Gran Guerra y así poder expulsar a los alemanes de la tierra de su bisabuelo (por línea matera).
Se alistó en cuanto pudo, recibió la instrucción militar básica y debió recorrer muchos kilómetros desde su casa hasta el frente de batalla. Allí, debió aguardar pacientemente en la retaguardia a la espera de las órdenes que lo lanzarían a la trinchera.
El 10 de noviembre de 1918 fue enviado a primera línea, pero no hubo indicación alguna de ataque. No obstante, la paciencia, el valor y el deseo de entrar en combate fortalecieron el espíritu de Jean-Pierre.
Murió el 11 de noviembre a las diez horas y veintitrés minutos, cuando a su compañero de filas se le disparó accidentalmente el fusil (¿ansiedad, tal vez?), poco antes de que se diera la orden de asaltar la trinchera enemiga. Su cuerpo fue contado como uno más en la innecesaria masacre.
A las once en punto, la guerra había terminado.

5 de febrero de 2010

Deseo en falso


Rincón lovecraftiano, originalmente cargada por Julikeishon en Basel.
Cierta vez, un hombre arrojó al estanque de los deseos una moneda
falsa y pidió un deseo. El deseo se cumplió, pero sólo en apariencia.