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5 de junio de 2011

La solución a todos los problemas

Hace mucho tiempo, un viejo sabio determinó con precisión cuál era el problema (el único problema) que daba origen a todos los demás.
Luego de años entregado a la reflexión, el sabio encontró la solución a ese problema. (Y, por tanto, a todos).
Inmediatamente bajó de su torre de marfil y fue corriendo hasta el caserío más cercano. En el camino tropezó con una piedra, pero no le importó: se levantó y, aunque carcomido por el dolor, siguió rengueando veloz hasta el poblado.
Allí, se instaló en la plaza más transitada y dijo con voz firme y solemne: “Acabo de encontrar la solución a todos los problemas”.
–¿A mi problema de espalda? –preguntó una anciana.
–Sí –respondió satisfecho el sabio.
–¿A mi problema de dinero? –dijo el mercader.
–También –contestó el sabio con suficiencia.
–O sea que también mi problema de alcoholismo –razonó el borracho.
–Por supuesto –concluyó el sabio–. En cuanto solucione EL problema, los demás quedarán inmediatamente resueltos.
–Eso es genial –se alegró una mujer– porque no veo la hora de arreglar los problemas con mi marido.
–Y yo no puedo esperar a solucionar mis problemas con la ley –agregó un ladrón.
Y así, cada uno de los habitantes del pueblo comenzó a mencionar el problema que más lo aquejaba, como si enunciarlo implicara su inmediata desaparición. Pero cuando el murmullo entusiasta cesó y todos volvieron su mirada al viejo sabio, esperando la realización del anunciado milagro, descubrieron que el hombre estaba sentado con expresión desencajada, una mano sobre la rodilla y la otra rascando la cabeza.
–¿Qué le pasa? –preguntó un niño.
–Nada –contestó un forastero, mientras palmeaba la espalda del sabio–. Creo que tiene un problema de memoria.

Moraleja
El diablo sabe por diablo, peor más olvida por viejo.

Epílogo
Cada uno de los habitantes del pueblo volvió a su vida casi donde la había dejado. La anciana se alejó despacio, apoyándose trabajosamente en su bastón y tomándose de la cintura con la diestra. El borracho se tumbó al sol y brindó a la salud del sabio. La mujer regresó a casa, donde su marido (enfadado por el retraso) la esperaba con el puño preparado. El mercader, entretanto, gastó sus últimos ahorros en un billete de lotería, confiando su suerte a la suerte. El ladrón, delatado en la multitud, fue arrestado. Y el forastero continuó su camino sin que nadie supiera su nombre.
El sabio, finalmente, emprendió apesadumbrado el regreso a su torre, intentando recuperar los fragmentos de su memoria, reconstruir sus argumentos, reencontrar la solución; mientras iba distraído tratando de reorganizar sus ideas, volvió a tropezar con la misma piedra.

30 de mayo de 2011

Los siete pecados (de viajar en el transporte público de las grandes) capitales - 7/7

Gula I
“Prohibido fumar en andenes y coches.”

Gula II
Yo no suelo utilizar el transporte público. Siempre que puedo, voy caminando. Vivo en una pequeña ciudad europea, accesible, donde todo está cerca. Si la distancia es muy larga, agarro la bicicleta y, con paciencia y sin hacer mucho esfuerzo, pedaleo tranquilo hasta mi destino. Suelo salir con tiempo y no programar actividades que se superpongan, así me puedo permitir el lujo de dar paseos relajados donde respiro aire puro, disfruto del sol en invierno, de la brisa en verano, y mi mente se despeja de los malos pensamientos.
    Pero hay ocasiones en que el tiempo no acompaña (lluvia, viento, nieve); o que, por razones ajenas a mi voluntad, debo acudir a algún lugar con escaso margen de tiempo. En esas ocasiones no tengo más remedio que emplear los autobuses, los tranvías o los trenes de cercanías.
    Los viajes no suelen durar más de quince o veinte minutos, y los servicios tienen horarios y cronogramas precisos que se respetan a rajatabla, sin la interrupción cíclica pero impredecible de protestas callejeras, cortes de vías, u otras manifestaciones del descontento social. Sin embargo, ese pequeño trayecto sobre ruedas se me hace interminable. Apenas al subir en cualquier medio de transporte, se me viene a la boca el extraño sabor de un pan salado, horrible, que solía comprar hacía mucho tiempo, cuando vivía en Buenos Aires y tomaba el mismo tren todos los días. En cualquier época del año, sin hambre y sin muchas ganas de comer, no dejaba pasar la oportunidad de comprar esos panes con gustos extraños al pibe que acostumbraba subirse en la estación Chacarita. Podría decirse que esperaba ilusionado la aparición del vendedor, casi siempre un muchacho de tez morena, con una camiseta de fútbol (el equipo variaba según el pibe de turno), una gorrita de béisbol en la cabeza, y una dicción espantosa, con ese típico tono del que ya no piensa en lo que dice de tanto repetirlo.
    Recuerdo que el pan no era muy bueno. A veces probaba un bocadito y llevaba el resto a casa, para que se lo comieran los demás integrantes de mi familia; a veces era tan feo que acabábamos tirándolo a la basura: no lo quería ni el perro. Pero yo insistía, una y otra vez. Y con esa insistencia reaparece ahora el regusto que me viene a la boca.

14 de abril de 2011

Los siete pecados (de viajar en el transporte público de las grandes) capitales - 6/7

Envidia I
“Asiento reservado para personas con movilidad reducida.”

Envidia II
    En el bar, pegado a la estación de ferrocarril, Angelito le alcanza su café al tachero que suele parar por ahí.
    –Poneme unas medialunas cuando puedas, Angelito –le dice el tachero.
    –Cómo no –responde el mozo, y se va a la otra mesa donde lo estaban esperando.
    –Qué hacés, Angelito. Un cafecito.
    –En jarrita, ¿no?
    –Así es, señor, como siempre –felicita el cliente.
    Angelito ya los conoce a todos. Casi veinte años viendo las mismas caras, a las mismas horas, en los mismos trayectos. Siempre de paso.
    –¡Angelito! –le grita una cincuentona desde la ventana– ¿Me servís uno con leche?
    En eso cae un tipo trajeado con portafolio y pinta de apurado. Se va hasta la barra y le pide al dueño un café y una tostada con manteca. Angelito se acerca al mostrador y repite los pedidos. Mientras esperan, el trajeado lo saluda:

7 de abril de 2011

Los siete pecados (de viajar en el transporte público de las grandes) capitales - 5/7

Soberbia I
“Lo mejor que hizo la vieja, es el pibe que maneja.”

Soberbia II
    No piden porque lo necesiten. Tampoco piden porque los obligue algún vividor. Ni siquiera piden para no trabajar. Piden porque se han autoinstituido como subjetividades mendicantes, una forma de ser-en-el-mundo de naturaleza simbólico/simbiótica que los provoca a vivir en los márgenes de la generosidad, apropiándose del espacio público para escenificar (mediante la reasignación del capital destinado para el ocio material a una causa también material, pero menos superflua) la vigencia de las estructuras y los valores humanos, reflejo de las significaciones imaginarias sociales que conforman nuestra sociedad. Cumplen así una función de sentido, toda vez que descompartimentalizan la división de clases y, al mismo tiempo, restituyen la percepción de la dádiva, la limosna, el favor y la condescendencia, pero también del altruismo, la entrega, la donación y la virtud.

6 de abril de 2011

Los siete pecados (de viajar en el transporte público de las grandes) capitales - 4/7

Ira I
“… Sepan disculpar las molestias ocasionadas.”

Ira II
    –Buenas tardes, señorita. ¿Dónde la llevo?
    –Buenas tardes. A Burruchaga y Valdano, por favor.
    –Cómo no. ¿Por dónde prefiere? ¿Agarro por Córdoba…?
    –Creo que Córdoba estaba cortada.
    –¿Otra vez? Esta mañana también. Pasé por ahí, a la altura de Uriburu, y estaban los del sindicato de la limpieza. O los basureros, uno de esos… ¿Y ahora quién?
    –No sé si estaban los estudiantes o los enfermeros.
    –Ah, bueno. Esos hacen cualquier cosa con tal de no laburar. Habría que sacarlos a patadas y mandarlos a trabajar en serio.
    –… Eh… bueno… Creo que a los enfermeros les debían seis meses de sueldo. O eso dijeron en la radio, no estoy muy segura…
    –¿Y? ¿Por eso nos tienen que joder a todo el resto? Disculpe la expresión, eh, pero uno está laburando, vio. Yo me paso el día entero dando vueltas para ganarme el pan, y así no me dejan trabajar. Como a usted, me imagino; usted tiene pinta de ser muy trabajadora.
    –Gracias, una lo intenta, pero…
    –Eso es lo que digo yo. Acá no estamos de paseo, ¿vio? Además, no hay excusa: hoy son estos, pero mañana son los otros y pasado los de más allá. Y los pibes, los estudiantes… Bueno, ellos se dicen “estudiantes”, pero para mí que no tocaron un libro en su vida. Están todo el rato rompiendo… Perdone, eh, pero lo que hacen no tiene otro nombre: están rompiendo los… los quinotos, ¿vio? Un día es por la ley de no sé qué, al otro día porque desaprobaron a uno… ¿Usted se acuerda lo de La Plata? Los bochaban a todos porque eran unos burros (porque son unos burros) y todavía se quejaban. ¡Por favor! Y así todos los días, cada día una cosa nueva. ¿Y cuándo estudian? Esta gente no estudia nunca.

5 de abril de 2011

Los siete pecados (de viajar en el transporte público de las grandes) capitales - 3/7

Pereza I
“¡Taxi!”

Pereza II
    Otra vez se me hizo tarde. Siempre igual. Te quedás pachorriento, boludeando, de sobremesa… Cinco minutitos más, diez, quince, media hora y, cuando te querés acordar, se te hizo de madrugada. Y ya me cerró el subte. Ahora hay que ir hasta la parada, la tétrica parada del colectivo, un poste despintado con tres cartelitos desparejos, sin recorridos ni nada, apenas números. Uno de los cartelitos es tan trucho que, de hecho, está pintado a mano y atado con alambre sobre un cartel anterior (oxidado, imposible saber qué decía).
    “Forme fila atrás”, pone al final de una de esas hojas metálicas azules y blancas. O que alguna vez fueron azules y blancas. De noche, igual, no se notan los colores. La luz amarillenta de la esquina, allá lejos, en el cruce de calles, convierte todo en tonos que van del cremita al negro, pasando por un amplio espectro de marrones más o menos anaranjados.
    ¿Te das cuenta? Estas son las boludeces que me pongo a pensar cuando me agarra el sueño y tengo que seguir despierto. Se me va la cabeza en cosas insignificantes en vez de estar atento. Porque hay que estar con todas las antenas puestas en atajar a tu colectivo. Los bondis, a esta hora, se saltan todas las paradas que pueden. Para que te paren, por poco tenés que hacerles señales luminosas con una antelación de cuatro cuadras. Si no, siguen de largo como los bomberos.

19 de marzo de 2011

Los siete pecados (de viajar en el transporte público de las grandes) capitales - 2/7



Avaricia I
pasaje subvencionado por el estado nacional.”

Avaricia II
    El pibe sube al colectivo, que arranca:
    –Uno diez, jefe.
    –¿Hasta dónde vas, pibe?
    –Acá nomás.
    –Sí, ¿pero adónde?
    –Acá, a Ruggeri y Pasculli.
    –Eso ya te sale uno veinte, papá.
    –Pero siempre me cobran uno diez.
    –A mí no me digas. Desde acá es uno veinte.
    –No me joda, si estamos a la vuelta.
    –Entonces andá a pata, pibe.
    –¿Sabe qué? Tiene razón. Déjeme bajar en la que viene.
    El pibe baja, pero se queda en la parada con las monedas en la mano. A los cinco minutos viene otro colectivo. El pibe deja subir a los que esperaban desde antes y entra último. Todos pagan sus boletos en orden. Le llega su turno:
    –Uno diez, maestro.
    –¿Hasta dónde vas, campeón?
    –Y a usted qué le importa.
    –¿No ves el cartel, pibe? “Indique el destino al chofer”.
    –Soldán al 4200.
    –Uno veinte, te sale.
    –¿Uno veinte? ¡Pero si son diez cuadras!
    –Uno veinte.
    –No me alcanzan las monedas. ¿Y ahora cómo hago?
    –Yo qué sé, problema tuyo.
    –¿Tiene cambio de diez pesos?
    –No, pibe…
    –¿Y entonces cómo hago?
    –Hacé una cosa: bajate en la próxima, cambiá en un kiosco y tomate el que sigue.
    El pibe vuelve a bajar y, sin moverse, espera al siguiente. Juguetea con sus cinco monedas hasta que aparece:
    –Uno diez, si es tan amable.
    –¿Hasta dónde?
    –Prodan y Pettinato.
    La máquina marca “1,20”.
    –Uno diez, era.
    –Hasta ahí es uno veinte, flaco.
    –No me hace la gauchada, que no me alcanzan las monedas.
    –Si fuera por mí, viste… Pero no puedo. Si se sube el inspector me como el garrón yo, viste.
    –Claro, claro… Porque cambio no tiene, ¿no? De diez pesos.
    –Y, no, yo no te puedo cambiar. Tenés que tener siempre monedas por si las dudas, nene.
    –Uh, qué bajón. Y ahora qué hago…
    El chofer permanece en silencio.
    –Usted, aunque sea, ¿me puede llevar hasta la placita de más allá, la de Mazzorín y Luder? Desde ahí ya me arreglo yo.
    –No hay problema, flaco.
    A las tres paradas, el pibe se baja. Agradece al colectivero y saluda con la mano. Cruza la plaza y llega a un edificio de departamentos. Guarda las monedas en el bolsillo, abre la puerta con su llave y entra en casa sonriendo.

18 de marzo de 2011

Los siete pecados (de viajar en el transporte público de las grandes) capitales - 1/7



Lujuria I
“¡No empujen que en el fondo hay lugar!”


Lujuria II
    En la eterna lucha del viajero por conseguir un cómodo y práctico emplazamiento en el tren subterráneo, hay varios factores que deben tenerse en cuenta al momento de escoger el mejor sitio posible. Por ejemplo: dónde se encuentra la ventilación más cercana, cuánta gente hay (y se estima que habrá) entre nosotros y la salida, cuánto tiempo permaneceremos en el vehículo, si estamos solos o acompañados, si vamos o no con equipaje, si transportamos importantes sumas de dinero, objetos frágiles o de valor, etc.
    Sin embargo, hay un elemento que es esencial para disfrutar de un viaje ameno, una consideración que no puede pasar por alto el usuario habitual de este servicio: debe conseguir por todos los medios tener una clara línea visual hacia las ventanillas. ¿Por qué es esto tan importante?, se preguntará con seguridad el lector. ¿Quizás porque nos permite ver con claridad cada estación a la que arribamos? No necesariamente, puesto que los modernos vagones incorporan señales luminosas que lo indican con antelación; y si, llegado el caso, estas no funcionaran, siempre se puede preguntar a otro pasajero con mejor perspectiva.
    ¿Entonces? ¿Para qué observar la ventanilla si el paisaje que se descubre tras sus cristales es, en el grueso del trayecto, la mugrosa pared renegrida de los túneles? La respuesta no está en el exterior, sino en el interior del coche. Y en el milagro de la luz que inunda los vagones en contraste con la oscuridad del inframundo, una combinación que convierte a los cristales en auténticos espejos.
    En estas superficies reflectantes, pues, tenemos la oportunidad de disfrutar en excelente panorámica de las bellezas que, descubiertas por la mano calurosa del sempiterno bochorno que puebla las cavernas, enseñan sus gracias al observador atento. La mirada indiscreta queda perfectamente disimulada, como si estuviésemos hipnotizados por el vaivén sinuoso de esos cables exteriores que parecieran jugar una carrera contra la formación, cuando en realidad estamos embobados con unos labios carnosos, unos ojos deslumbrantes o una figura escultural.
    Cualquier inconveniente, de esos que nunca faltan en el viaje de ida y de vuelta (empujones, pisotones, insultos, bajones de presión, intoxicación por fetidez humana, entre otros), quedará inmediatamente en un segundo plano ante la visión celestial que las ventanillas abren para nosotros en medio de este infierno.

5 de marzo de 2011

Esto no es un texto

Todo
texto
es una
imagen (un
montón de líneas,
generalmente negras
sobre fondo blanco) que
se interpreta según reglas
socialmente codificadas. Pero este
texto no. Es una imagen que tiene forma de barquito, o de algo parecido.
Pero
no tiene
sentido
alguno.
De modo que no merece la pena ponerse a leerlo, porque no se va a encontrar nada de provecho. Simplemente se han usado las letras, las palabras y las frases,
dispuestas de manera poco habitual, para hacer un simpático dibujito.
Un poco infantil, es cierto, pero curioso. No es habitual (aunque
tampoco original) ver un barquito hecho con palabras.
Así que eso: esto no es un texto.

1 de marzo de 2011

La verdad

Él la miró tímidamente a los ojos y le preguntó:
–¿Querés que te diga la verdad?
Ella, con algo de intriga, le rogó:
–Sí, por favor.
Él, desviando la vista, soltó torpemente:
–La verdad.
Así supo ella que la verdad no eran más que palabras.

26 de febrero de 2011

Lo de siempre


Espacio, originalmente cargada por Lewenhaupt.
    Entró al bar con rutinaria parsimonia y pidió lo mismo de siempre.
    Apenas la copa tocó el mostrador, vio al final de la barra a una mujer de mirada triste que bebía sola con desgano, como matando el tiempo. Fue hasta ella y comentó, con una media sonrisa, algo banal sobre el tiempo, la humedad o la calma de la tarde.
    Ella le respondió y, entre trago y trago, una ronda y la siguiente, conversaron acerca de esto y de aquello: sobre el tiempo pasado, sobre las esperanzas perdidas y renovadas, sobre el color del atardecer y el sonido del silencio; pero también sobre el pescado a la plancha, los pañuelos descartables, la inflación, el transporte público y las promesas de los políticos.
    Intercambiaron los teléfonos y quedaron para verse más adelante.
    Pasaron unos días y él la llamó. Se encontraron nuevamente y retomaron la charla casi donde la habían dejado.
    Él intentó ir más allá y quiso leer sus pensamientos. Pero ella cerró su mente como un libro prohibido; le dijo, amablemente, que reservaba esas páginas para alguien especial. Y que él no era ese alguien. Luego se marchó.
    Después de unos minutos, él miró al camarero y le indicó: “Cobrame lo de siempre”.

23 de febrero de 2011

Hace tiempo encontré...

Paso en falso
Hace tiempo encontré… la verdad. Pensé que era importante, así que la guardé en una caja fuerte. En cuanto trabé la cerradura, apunté la combinación. Pero, claro, ya era falsa.

Razonable
Hace tiempo encontré… la razón que había perdido. Mi locura me impidió reconocerla, y la dejé tirada por ahí, entre papeles, ideas nobles y residuos orgánicos.

Solidaridad
Hace tiempo encontré… a un viejo amigo mendigando en las calles. Hice lo que se debe hacer en estas circunstancias: dejé unas monedas y seguí caminando.

Ceguera
Hace tiempo encontré… a un viejo ciego que buscaba la inmortalidad. El anciano me confesó: “Aún no la he hallado, aunque llevo miles de años persiguiéndola por todo el mundo”.

Perder el tiempo
Hace tiempo encontré… que había perdido el tiempo tratando de encontrar el tiempo perdido. 

(Microcuentos presentados al concurso de Microrrelatos SMs)

3 de febrero de 2011

Trabajamos para su seguridad


Estela solar, originalmente cargada por My Buffo.

Hace poco, el Comité de Organizaciones Federadas de Seguridad Aérea, Lucha Antiterrorista, Colapso del Transporte y Pro-desodorante de Ambiente en Espacios Reducidos se reunió en su cita anual para debatir las nuevas amenazas que se ciernen sobre (o, mejor dicho, debajo de) el espacio aéreo mundial. Al cabo de cuatro largas jornadas de ininterrumpidas deliberaciones (en las que, por cierto, comprobamos la efectividad del desodorante de ambiente), hemos conseguido detectar, aislar y, finalmente, definir un elemento de suma peligrosidad que, hasta ahora, había vulnerado los controles de seguridad más exhaustivos realizados por las autoridades aeroportuarias de todo el planeta: la agenda.
La agenda es, sin duda alguna, un verdadero peligro. Además de por su naturaleza (en ocasiones) voluminosa, lo que la convierte en un objeto contundente, el riesgo de la agenda reside en su potencial contenido. Porque en una agenda caben muchas cosas.
No sólo fechas de reuniones, turnos con el médico, encuentros sociales y/o clandestinos, algún evento o efeméride, cumpleaños irrelevantes, llamados previstos, un listado de teléfonos, algunas tarjetas de visita, papelitos con anotaciones diversas, alguna pista para que otros descubran algún desliz, planos de ciudades, las fases de la Luna, equivalencias de medidas, un calendario festivo-laboral, distancia en kilómetros entre capitales de provincia, una frase célebre por página, dibujos en los márgenes, restos de comida rápida, manchas de café (o té u otras infusiones), un marcapáginas, rastros invisibles de saliva y mucosidades, un poco de sangre en el traicionero fijo de una hoja, una foto de familia, algún billete pequeño, un ticket o factura, los boletos de Loto semanales, planes para asaltar un banco, un cuento fantástico, una reflexión filosófica, un desahogo literario o ideas fundamentales para conquistar el mundo; todo eso ya es sobradamente conocido por cualquiera que haya empleado alguna vez una agenda. Sin embargo, ¿a que nadie pensó que, dentro de una simple y aparentemente inocente agenda, puede viajar perfectamente escondida una doblemente artera hojita de afeitar? ¿Eh? Una extremadamente afilada y peligrosa (peligrosamente peligrosísima) hojita de afeitar, capaz de seccionar fácilmente una (o varias) yugular(es) con impresionante facilidad. Pues nosotros sí lo pensamos. Y actuamos en consecuencia.
De modo que, por eso, hemos propuesto la creación de una comisión que redacte un borrador para elevar un anteproyecto de normativa en el que se recojan las bases para una futura directiva de recomendación para la elaboración de textos legislativos que dictaminen que ya no es posible llevar agendas en el equipaje de mano autorizado para los vuelos de línea regulares.
No obstante, en el Comité estamos seguros de que aún falta mucho para resolver el principal problema que aqueja a la seguridad en vuelo; el verdadero y (en definitiva) único punto débil de la navegación aérea comercial: los pasajeros. De momento, algunos problemas técnicos de índole legal (y el activismo de ciertos grupos intelectuales que pretenden imponer ideologías setentistas basadas en el anticuado principio filosófico del sentido común), nos han impedido avanzar en las soluciones que esta situación requiere. Pero, en cuanto nuestros abogados consigan convencer a los legisladores de los principales países del mundo para que se modifique la tipificación de delitos como la estafa o de figuras como el incumplimiento de contrato, conseguiremos poner en marcha nuestro Plan-marco de Seguridad Aérea Internacional por el cual se prohibirá a cualquier persona subir en un avión. Así podremos tener viajes más seguros, sin riesgos de atentados terroristas, propagación de pandemias ni flujos de inmigrantes.
Confiamos en que en la reunión del año próximo el asunto quede definitivamente zanjado.

13 de enero de 2011

Cortocircuito


Rush, originalmente cargada por My Buffo XP.

Tiene ganas de hacer algo, pero el cerebro no le calibra bien. En algún lado tiene un cortocircuito. O un circuito cortado, no sabe bien. El caso es que no engrana. Y en su caso, el asunto es embarazoso. Le da un poco de vergüenza.
Entonces, ¿qué hace? Describe su situación como si fuera de otro, y se lo comenta a un amigo: “Tengo un conocido que anda con un problema”, dice y le suelta la historia. Espera así salvar el honor y que su amigo le dé una solución.
Pero el otro escucha y le responde: “¿Cómo sabías lo que me pasaba?”
Entonces se da cuenta de que su amigo es él mismo, y que lo suyo no tiene arreglo.

15 de diciembre de 2010

Apocalipsis

Alcé mi vista a las estrellas. Su luz antigua era lo único que quedaba de aquel mundo que yo había conocido.

De largo


Anónimo, originalmente cargada por Lewenhaupt.
Mira en el teléfono pero no hay cobertura. Debería, pero no hay.
Maldice por lo bajo, revolea los ojos, resopla, hincha las alas de la nariz e inspira aire.
Tiene que mandar ese mensaje, o llamar. Es importante, cree. Además, ellos le tienen que decir en qué estación bajarse o se va a seguir de largo.
Se va a seguir de largo.
Recuerda las veces que se pasó de estación. En la línea A, o en algunas de la D, por ejemplo, tuvo que volver a pagar el cospel. El viejo cospel de subte. Ahora ya no hay cospeles. Y las líneas son más largas.
Antes no. Antes, cuando viajaba todos los días al colegio. Al volver cansado, en esa noche eterna del subterráneo, veía su reflejo y el de los otros en el vidrio oscuro bajo la luz artificial, como de morgue, convertidos en rostros abatidos, sonámbulos, demacrados. Y se imaginaba que el tren no iba a parar, que iba a seguir de largo hacia esa última estación que no figuraba en ningún plano. El tren de los muertos. Un cargamento de almas hacia su última parada.
Lo obsesionaba la idea: un día cualquiera, el túnel se haría más largo que nunca, el aire más cálido y espeso, los minutos interminables. Entonces llegarían a un apeadero antiguo, de aspecto abandonado, con azulejos resquebrajados y humedad en los techos. Una iluminación tenue y amarillenta les daría la bienvenida. No tendrían más remedio que bajar y caminar hacia la única salida, un pasillo descendente con curvas y contracurvas y escaleras y grietas. Al final del pasillo…
Vuelve la cobertura. Se apresura a teclear con el pulgar, leyendo con atención en la pantallita iluminada donde se multiplican las abreviaturas, las faltas de ortografía y los códigos de símbolos. Le va a dar “enviar”, pero la cobertura se pierde otra vez.
Se resigna. Al final, se va a seguir de largo.

Coherente

“A los asesinos habría que matarlos a todos”, me dijo. Y se suicidó.

Creyente

–Hola, ¿cree usted en Dios?
–No.
–¿Y en dioses?
–Tampoco.
–¿En la suerte o el destino?
–No.
–¿En la ciencia?
–¿Y eso qué es?
–¿Cree en algo?
–Creo que no.

12 de diciembre de 2010

Formas autodefinidas


Mirando al pasar un mapa, descubrí que las Islas Malvinas (o las Falkland, para los gringos) tienen forma de nube. ¿Forma de nube? Sí, forma de nube. Como esas nubes hechas de jirones, que construyen arremolinadas figuras de barcos fantasmas con sus grises velas desgarradas, de arcángeles en plena batalla con sus cabellos blancos al viento o de, por qué no, la silueta irregular y accidentada de las Islas Malvinas.

6 de diciembre de 2010

Chistonto infinito


Solo apto para matemáticos y para aquellos que hayan prestado atención durante las clases de le escuela primaria.