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24 de diciembre de 2011

Caradura


Pícaro (Luzern), originalmente cargada por Julikeishon en Suiza.
Estaba oscuro. Había niebla, una niebla tan espesa que no dejaba ver más que los resplandores de la iluminación callejera. Esperaba el tranvía después de otra noche en el bar de siempre. Llevaba en la mano un libro sobre mitos, leyendas y maldiciones donde pretendía encontrar la inspiración necesaria para su primera novela. Pero aquella madrugada le iba a resultar imposible leer nada. De pronto, alguien tosió y luego le dirigió la palabra. No alcanzaba a distinguir el rostro que le hablaba.
–Yo no creo en supersticiones –le dijo el extraño.
–Depende. Como se suele decir, “las brujas no existen, pero que las hay, las hay”… –respondió, por dar conversación, para llenar el tiempo.
–No, las brujas no existen…
–Parece muy seguro. ¿No cree en ninguna superstición? ¿Ni una cábala, nada?
–No. Especialmente, no creo en las maldiciones. Ya sabe: mal de ojo, esas cosas.
–Ah, no, yo tampoco.
–Hace bien, hace bien…
–La superstición trae mala suerte, dicen por ahí.
–Muy ingenioso, realmente. Pero yo sería más drástico: la superstición genera miedo, un miedo innecesario.
–Es verdad. Conozco gente que entra en pánico cuando ve un gato negro.
–No es sano.
–No, no lo es.
Se hizo un breve silencio, un poco incomodo.

Finales felices


Papel quemado, originalmente cargada por Julikeishon -dibujos-.


Cuando uno es un niño, le gustan los finales felices. Es muy simple: uno aprende que los buenos siempre ganan, que merecen ganar, que es justo que ganen, que las cosas bien hechas tienen su premio. Al menos eso funciona al principio. A medida que uno crece, ocurren dos cosas a la vez:
  1. se va dando cuenta de que, en la realidad, los buenos no siempre ganan;
  2. empieza a descubrir que no todos los malos son tan malos, y que algunos son más simpáticos, inteligentes y trabajadores que muchos buenos.
   Así las cosas, aprende a disfrutar con las pequeñas victorias de los malvados, o con los primeros finales trágicos (o tan solo abiertos) que descubre en su corta vida.
   Pasados algunos años más, uno se hace adicto a los finales infelices; paralelamente, aborrece los otros, las películas melosas donde todo sale bien, donde las escenas finales ponen a cada uno en su (supuesto) lugar, y donde lo predecible se torna nauseabundo. Uno quiere disfrutar con el esfuerzo vano, con la aventura que acaba en fracaso, con la superación personal que vuelca en suicidio, con el caos y la miseria reinando por sobre las buenas intenciones.
   Con unas cuantas primaveras a cuestas, la cosa cambia ligeramente: ni tanto ni tan poco. Para amarga ya está la vida, piensa uno, así que para qué amargarse aún más. Eso sí, no es cuestión de engañarse infantilmente con historias maniqueas e inverosímiles. Así que uno acaba decantándose por las medias tintas, por los triunfos con sabor a derrota, los empates sobre la hora o las derrotas con las que, al menos, se puede aprender algo para el futuro. Uno empieza a moverse por la zona de los grises, flotando en un subibaja de emociones destinado a quedarse, a largo plazo, en el centro.
   Pero cuando uno llega a cierta edad está harto de grises. Se da cuenta de que aquello es como vivir todo el día bajo un cielo nublado, y que ya es hora de que salga el sol. Además, uno está aburrido de que nada salga nunca bien, ni dentro ni fuera de libros y pantallas; está cansado de que las cosas no son nunca como debieran ser, como a uno le gustaría que fueran. De modo que acaba buscando refugio, nuevamente, en los finales felices: uno se sienta en un sofá, en una silla, bajo un árbol o debajo de un puente, pone la televisión o agarra cualquier edición de bolsillo, y se traga una historia donde lo que uno desearía que ocurriese para uno, ocurre allí para otros. Y quizás sonría o se le escape una lágrima de alegría antes de irse a dormir. Consigue así, al menos hasta el despertar de la mañana siguiente, un final feliz.

18 de diciembre de 2011

La cena


A Luis J. Tejedor

La invitación, sin destinatario definido, llegó al mostrador de recepción de la compañía. La Asociación de Pequeñas y Medianas Empresas de San Cayetano invitaba a unos “estimados señores” a asistir a la cena anual que se celebraría en días próximos. Rogaba confirmar la asistencia y deseaba felices fiestas.
La carta fue remitida inmediatamente al director gerente, quien la abrió, suspiró cansado y llamó a su asistente: “¿Te interesa ir a una cena? Tomá, toda tuya”, le dijo sin dar tiempo a responder y le entregó el sobre. El asistente, primero agradecido, leyó luego el contenido y cambió el gesto. Pensó algo parecido a lo siguiente:
Uh, no, esto es un embole. Un montón de jefazos ignotos, o de empresarios de cuarta, mesas con gente desconocida, charlas intrascendentes, algún que otro discurso aburrido… Yo paso, que vaya otro.

El asistente caminó por el pasillo hasta la máquina de café, donde se encontró con la jefa de Administración.
–Hola, ¿cómo va? –le dijo.
–Como siempre… –respondió la otra, como resignada a una vida triste.
–No, como siempre no. Te traigo un regalito –dijo el asistente, que vio su oportunidad.
–¿Qué es? –se ilusionó la de Administración.
–Una invitación a una cena. Me dijo el gerente que fuera yo, pero justo ese día tengo un compromiso familiar y… bueno, lamentablemente no puedo ir. Así que pensé: ¿quién mejor para representar a la empresa que la jefa de Administración, eh?
–Ah, eso… –la decepción en la cara de la mujer era notoria.
–Bueno, en fin, ahí te la dejo. Que lo pases bien.
El asistente se fue apresuradamente sin sacar siquiera un café.

14 de diciembre de 2011

Desconcierto


–Seguro que a vos te pasa lo mismo que a mí.
–¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que me pasa?
–Eso mismo: que no sabemos lo que nos pasa.

26 de noviembre de 2011

El mejor cuento jamás escrito


Calavera no chilla, originalmente cargada por My Buffo.
Dicen que una vez se reunieron los más grandes escritores del planeta para intentar crear el mejor cuento jamás escrito. Pronto se encontraron con la primera y gran dificultad: hablaban idiomas distintos. Se procuró llegar a un acuerdo sobre cuál era el habla idónea para llevar a cabo la empresa, pero fue imposible: cada uno intentó destacar las virtudes de su lengua materna (o de su lengua adoptiva), ya fuera por su universalidad o su capacidad de expresión, sus posibilidades o sus riquezas, su simplicidad o su belleza.
La falta de entendimiento acabó creando grupos de afinidad lingüística, que comenzaron a competir por ver quién conseguía crear el mejor relato. Con ello, esperaban, demostrarían la capacidad creativa de su lengua para ser portadora del mejor cuento jamás escrito. Surgieron así historias dispares, largas y breves, complejas y sencillas, profundas y superficiales, y ninguna logró convencer a nadie (ni siquiera a sus propios creadores) de ser la más brillante de todos los tiempos.
Alguien pensó entonces (y los demás estuvieron de acuerdo) que más allá del lenguaje portador del cuento, este debía narrar un gran argumento (el mejor argumento jamás contado). Había que, por tanto, consensuar cuáles debían ser los protagonistas del relato, sus principales hitos, sus giros, su poesía, su magia y su encanto. Pero en ello tampoco hubo acuerdo.
Una escritora inglesa propuso una historia de hadas; un narrador japonés, una pequeña parábola; un cuentista sueco sugirió un soliloquio que reconstruyese un acontecimiento hacia atrás en el tiempo; un fabulador argentino insinuó trazar un laberinto de palabras; una poetisa india planteó dibujar un camino que semejara a la vida; y así muchas y muy dispares propuestas.
Al cabo de días y días de reunión, los escritores estaban como al principio. En la última jornada, después de incontables horas de pesaroso silencio, una voz exclamó lo que ya todos sospechaban: “El mejor cuento jamás será escrito”.

13 de noviembre de 2011

Rhetorik des Todes

(A continuación, un extraño caso de colaboración literaria paranormal: Verónica Cerletti escribió el texto sin conocer mi dibujo; yo dibujé sin conocer el texto. Y así como así, las piezas encajan sorprendentemente... Eso sí: alemanes puristas, abstenerse.)


Eins… zwei… drei... dreimal haben die Glocken geschlagen. Die Zeit ist noch nicht gekommen.
Auf jeden Fall erwartet mich immer das Gleiche: die Angst, der Kampf und schliesslich die traurige Resignation. Ironisch, das kann nicht anders als ironisch sein. Sie haben die Freiheit, ich kann nichts entscheiden. Durch mich werden alle am Ende frei, aber es gibt keine Erlösung für mich. Trotzdem sind sie traurig und sogar trauriger so bald sie vor mir stehen. Das wäre schon mein liebstes Wunsch, wenn es mir zu wünschen noch erlaubt wäre, mich selbst abholen zu können. Aber solche Gabe wurde mir nicht gegeben. Es ist mein Schicksal, die Last der Ewigkeit immer zu tragen. Ironisch. Den glücklichsten Wesen, die existieren, wurde kein Bewusstsein deren Glück gegeben und so war es ihnen die Gelegenheit verwehrt, es zu geniessen. Bewusst genug bin ich, um die ganze Ewigkeit zu leiden. Müdigkeit kenne ich nicht; Überdruss ertrage ich. Und wenn alles endlich vorbei ist, wenn es niemanden mehr zu befreien gibt, werde ich noch da sein, König des Nichts, Held der Gegangen? Nein, die Zeit wird mir immer Gesellschaft leisten. Oder wird die Zeit auch ihr Ende finden und meine Befreiung wird endlich kommen? Das wurde mir nicht offenbart. Die ganze Geschichte kennt niemand, sonst kennen wir alle einen verschiedenen Teil. Wehe mir! Wenn ich wenigstens nicht so viel denken könnte! Zeit zum Denken habe ich leider viel.
Eins… zwei… drei… vier... viermal haben die Glocken geschlagen. Komm, vergängliche Seele… deine Zeit ist gekommen.
Verónica Cerletti

29 de octubre de 2011

Convicción



El explorador británico sir William Foreword afirmaba que, muchos años antes de que hubiese existido el primer ser humano (incluso más, el primer homínido), una raza de criaturas civilizadas había poblado el planeta Tierra. Según Foreword, la erosión, los animales, el pillaje y la profanación, las glaciaciones y, en general, el paso del tiempo habían suprimido cualquier rastro de la existencia de tales criaturas. No obstante, afirmaba, en algún recóndito paraje debía quedar algún resto intacto, a salvo de las inclemencias del tiempo y de la acción de hombres y bestias.
De modo que, con la intención de encontrar el último vestigio de la civilización olvidada, emprendió su última y colosal expedición.
Sin pistas, comenzó por recorrer los desiertos y las inmensas tierras vírgenes que, creía, aún no había pisado hombre alguno. Sus viajes resultaban infructuosos, pero Foreword no desesperaba; al contrario, creía que la ausencia de pruebas corroboraba su teoría de que sólo en ese lugar aislado e inmarcesible perduraría la última huella de la raza perdida.
La empresa le llevó los últimos treinta y siete años de su vida, sin resultado alguno. Murió al despeñarse en una cima al norte de las Montañas Rocosas. Sus actuales discípulos buscan aún, aunque ahora en las profundidades del océano.

14 de octubre de 2011

El secreto del éxito


Ojo de la tormenta, originalmente cargada por Lewenhaupt.


El secreto del éxito consiste en no tener el secreto del éxito pero decir que uno lo tiene. A continuación, después de pavonearse un tiempo por ahí simulando poseer la clave de una vida próspera (si es preciso, uno debe endeudarse hasta el límite máximo que le permitan las entidades bancarias) hay que escribir un libro con una serie de lecciones que no conducirán al éxito, pero que tendrán la apariencia de ser buenos consejos para alcanzarlo. (Para ello no hace falta pensar: se puede plagiar, homenajear y/o reformular obras capitales como El arte de la guerra o diversos manuales de autoayuda.)
Viniendo de alguien que tiene el secreto del éxito (que vive en el éxito), los consejos serán bien recibidos, incluso buscados. Muchas personas estarán dispuestas a pagar grandes sumas de dinero por hacerse con las recomendaciones que desembocan en el secreto.
Al cabo de un tiempo (más bien breve) y de unas dos o tres apariciones remuneradas en foros, conferencias y programas de televisión, uno habrá pagado todas sus deudas y comenzará a vivir el éxito (ahora sí) hasta el fin de los días.
Si en el instante previo a la muerte ocurriera que la mala conciencia, la necesidad de soltar el peso de lo oculto, o un repentino ataque de bondad lo obligaran, uno podría confesar (como confieso yo ahora) la verdadera clave del triunfo. Expresada con la sucinta belleza y la majestuosa sencillez del último suspiro, diría algo así:

Haz lo que yo hago y no lo que yo digo.


NOTA:
Obsérvese que el autor siempre tuvo el secreto del éxito, desde el primer momento, incluso cuando afirma que no lo tenía. Quizás no había alcanzado el éxito como tal, pero ya había trazado un plan para conseguirlo.
La revelación final, por su parte, es una paradoja: se trata de una frase, sentencia o afirmación que, por tanto, no deja de ser un dicho, un consejo, una lección; en consecuencia, según enuncia la propia frase, no debe ser tenida en cuenta.
A todas luces, el autor parece estar dispuesto a llevarse el secreto a la tumba. (O tal vez su éxito fue obra del azar y no de un plan premeditado. O quizás es que nunca consiguió el éxito y su secreto consiste en que no hay secreto…)

25 de septiembre de 2011

Tixta po forroginaxión


Hace un tiempo inventé un idioma. No es nada del otro mundo, pero es mi propio idioma.

Empecé por dar otro nombre a todos los objetos: el televisor pasó a ser el doctogon; el reloj, un teko; y llamé a la cortina como sendite. No eran palabras con mucho sentido, solo sonidos que brotaron de mi boca. Y como me resultaban cómodas, las empecé a usar con normalidad.

Seguí luego con otros sustantivos que designaban cosas más abstractas: la libertad se convirtió en tixta; el hambre, en furgio; y la dificultad, en giestra. Al cabo de un tiempo, continué reemplazando otras clases de palabras existentes, como los adjetivos o los verbos, por nuevos vocablos: feo fue iñiga, alto se convirtió en guso y displicente mutó en ferzobo; correr se llamó gentear; pensar, techenar; y saltar, prexeír.

Pero, como suele ocurrir, mi idioma comenzó a necesitar palabras nuevas que describieran ideas nuevas. Así, a veces inspirándome en otras palabras, a veces porque sí, surgieron los sustantivos gurocho, krestoso, chinfanga, sefitox; los adjetivos pietufo, sorongote, trescoso, perráltico; los verbos, hujiar, acontuguer, perifrasticir, elmetar. Es difícil explicar qué significa cada una de estas nuevas palabras, ya que designan cosas que mi idioma materno no contemplaba, o que al menos no contemplaba en una clara y única palabra. Podría decir, por ejemplo, que un chinfanga puede ser trescoso, pero nunca pietufo; un chifanga puede hujiar, pero no elmetar, cosa que sí puede hacer un sefitox sorongote.

No obstante, esas no fueron las únicas que inventé: con el tiempo, reemplazar palabras por otras distintas, o crear nuevos vocablos que sintetizaran las impresiones que yo tenía, se volvió una necesidad vital, a extremos de resultarme casi imposible hablar sin emplear mi idioma. De hecho, y aunque no se note, he tenido gran giestra para escribir estas líneas.

La gente no me entiende. Muchos me preguntan a qué se debe este problema, ya que me impide tener una comunicación fluida con los demás y me provoca un gran terxetio. Pero me resulta casi imposible forroginarme de manera fixtulcada. Cada vez que intento explicarme, me embarro y doy vueltas, gerteseo y no consigo hacerme entender. Cada vez me setrexta más el gotolenar suturexias musticaltes. La única manera de expresar lo que siento, lo que me ocurre, lo ti chertiento, es con mis propios términos: no hay mejor manera de destrucar lo que estoy tercheneando que plotir. Así que ahí va:

Espertuso trechxto po pertoste cualtera ni portesi tutix me torocho, cotoreja fegoti. Turupexia foloto, mertecho wasakesi, tuti octi gelehente. Me ne serepetio, gotolo cuxko, preboste tertero tutix. Tutix nex, dergecho, comoto, trepeneaxto pietufo, argeneto zulogosa.

Espero que haya quedado filtuso.

11 de septiembre de 2011

Romanticismo embarrado

Voy a serte sincero: la primera vez que te vi, estaba convencido de que eras la mujer con la que pasaría el resto de mis días. Vi a la que me cuidaría cuando estuviera enfermo, y a la que yo cuidaría cuando llegara la vejez. Vi a la mujer con la que construir un hogar, con su jardín y su perro. Cuando te vi, vi a la madre de mis hijos.

Hasta que me di cuenta que no eras mi esposa, sino otra persona.

25 de agosto de 2011

Soluciones a la boludez


Se lee en un documento interno del Comando Anti-Boludos, sede Villa Ortúzar:

Una posible solución a la propagada boludez universal consistiría en crear una “Oficina de Orientación al Boludo”.
Acto seguido, habría que indicar expresamente que en dicha oficina NO se recibirá a ninguna persona que no sean boluda.
Como los boludos no piensan que son boludos, pero no pueden evitar hacer boludeces, se presentarán en masa a la Oficina con la esperanza de tomarle el pelo a los boludos que acudan en busca de orientación.
La oficina se compondrá de una habitación en la que habrá un dispensador de números, una pantalla donde se indiquen los turnos, numerosos y cómodos sillones, y un cartel grande que ordene: “Saque turno y espere sentado”. También habrá una puerta que señale, en rojo y acompañada por íconos claros y descriptivos: “PROHIBIDO EL PASO”.
Detrás de esa puerta habrá un pasillo que conduce a otra puerta, donde solo se verá un cartel que diga: “PELIGRO. NO PASAR” y símbolos de riesgo eléctrico, contaminación radioactiva y materiales biológicos peligrosos.
Pasando esa puerta, se entrará en una habitación con dos alternativas: una puerta que indica “SALIDA” y otra que indica “SOLO PERSONAL AUTORIZADO”.
Entrando en la segunda puerta, habrá una enorme habitación vacía excepto por una pequeña caseta hermética en el centro, del tamaño de una cabina telefónica o un baño portátil. La caseta estará rodeada de vallas, cintas amarillas y negras (o rojas y blancas) que prohíban el paso. En las vallas se indicará: “PERMANEZCA DETRÁS”. En la única puerta de la caseta, habrá un cartel que impere: “NO ENTRAR”. Dentro de la caseta, otra señal explicará que “Encerrarse en la cabina es peligroso para la salud y entraña riesgo de muerte”.
Una vez que la puerta esté cerrada, la cabina se llenará de gas sarín o Zyklon B.
La Oficina de Orientación al Boludo conseguiría de este modo reorientar a los boludos por el buen camino.
Comando Anti-Boludos.
Sede Villa Ortúzar
Miembro permanente de la
International League Against Stupidity

19 de agosto de 2011

Dos versiones

Uno
Un rey tonto, espoleado por un consejero inepto y una corte de imbéciles, gobernaba un reino pobre y devastado. Los feudos vecinos se aprovechaban de él; e incluso algunos caballeros, provenientes de los confines más remotos, se paseaban triunfantes y desafiantes por aquellas tierras sin que nadie pudiera impedírselo. Las aldeas de campesinos languidecían y en los bosques aumentaban día a día las bandas de ladrones, que asechaban los caminos y robaban por igual a pobres y ricos, afortunados y desdichados.
Ante el caos ingobernable, el consejero no encontró respuestas y huyó. El rey llamó entonces a un antiguo hechicero, acusado de provocar cataclismos naturales, a quien pidió que deshiciera los males que había creado. Pero el hechicero, apenas un viejo loco y embustero, no consiguió sino empeorar las cosas.
Mientras tanto, un enano inescrupuloso, un antiguo bufón de otro rey que fuera apartado de la corte, consiguió comprar las voluntades de algunos forajidos, a la vez que arengó a las turbas hambrientas en contra de los débiles gobernantes. De tal modo, el gobierno del rey tonto cayó por el peso de su propia incompetencia.
Los disturbios de la turba sembraron el caos y la desesperación. Caballeros de dudosa calaña pretendieron el trono, y se debatieron en escaramuzas de poca monta sin mayor trascendencia que un vano y efímero triunfo. Así las cosas, el propio enano se puso a la cabeza del reino aunque, innoble como era, solo podía hacerlo por un tiempo limitado. El enano mandó la turba a sus casas y convirtió a los bandidos en soldados de Su Majestad. En pocos meses, y aventado por la desolación, consiguió estabilizar los despojos del gobierno y tramó una intriga para hacerse con el control del reino cuando le tocase abandonar el trono.
Cuando por fin creyó que había conseguido su objetivo, eligió de entre los caballeros del reino al más desconocido, llegado de las fronteras más lejanas del feudo, y lo nombró su favorito. Los otros caballeros, algunos más afamados y prestigiosos, algunos más queridos por el populacho y otros mejor considerados entre la nobleza, se opusieron a la elección de tal delfín. Pero el enano siguió adelante con su plan, dispuesto a que el caballero ignoto se convirtiera en el rey al que pensaba dominar desde las sombras.
El antiguo bufón organizó unas justas en las que los vítores de la multitud harían de árbitro para designar al ganador. El delfín del enano batalló de manera mediocre y no consiguió el consenso suficiente entre los espectadores, pero se las ingenió para eliminar uno a uno a sus también débiles oponentes hasta llegar a la contienda final. Allí debía enfrentarse ante el preferido de la nobleza, que desertó antes del combate al saber que jamás contaría con el apoyo de la plebe.

9 de agosto de 2011

La elección de los animales


¿Ferrari? (Zürich), originalmente cargada por Julikeishon en Suiza.


Cuando yo era chico, en mi barrio se celebraba todos los años un concurso de animales. Se montaba en el Club Social y Deportivo, y era toda una kermés que incluía música en vivo, bailongo, empanadas, vino (gaseosas para los menores de edad), rifas y juegos. Nos pasábamos un domingo entero de celebración.
El concurso era una cosa simple: por la mañana, cada uno traía los bichos que tenía en casa, los exhibía durante un rato y, al final de la tarde, se organizaba una pintoresca votación donde participaban todos los vecinos.
Al principio, obviamente, abundaban los perros y los gatos, pero también los hámsters, los peces dorados, las iguanas o los pajaritos (y alguna cucaracha, todo sea dicho). Un pastor alemán muy sobrio y elegante se llevó los dos primeros concursos; lo sucedieron un gato naranja y peludo, un canario que parecía silbar tangos y un papagayo rojo que contaba chistes verdes.
Pero con el tiempo empezaron a presentarse animales cada vez más exóticos y estrafalarios, algunos incluso de motu proprio, que nos cautivaron y nos hicieron olvidar a las mascotas tradicionales: un vampiro común (Desmodus rotundus); un hormiguero de hormigas coloradas, completo y con sus corredores a la vista; un gorila que se había escapado de un circo y que leía el diario durante el desayuno; un cocodrilo llorón que parecía embalsamado; una rata del tamaño de un lobo; o un pajarraco inverosímil que proclamaba ser el último de los dodos.
Sin embargo, lo que cambió definitivamente nuestro concurso fue la aparición del primer unicornio.

1 de agosto de 2011

Buena mano


126/365 - Thirty-three, originalmente cargada por Lewenhaupt.

–Solo necesito una buena mano –explicó el jugador.
Y pasaron varias manos, una derrota tras otra.

–Solo necesito una buena mano –repitió.
Y siguieron otras. Todas malas.

–Solo necesito una buena mano –continuó, obseso.
Pero la buena mano parecía no llegar.

Perdió todo. El dinero, el reloj, el auto, la casa… Pidió un préstamo para seguir jugando, y también lo perdió.

Cuando vino el cobrador, no tenía con qué pagarle. Un matón se puso nervioso: le dio una paliza y le cortó un dedo.

Pasó el tiempo y seguía perdiendo el dinero de otros. Y le cortaron otro dedo.

Hasta que un acreedor se hartó y decidió un escarmiento mayor: le iba a cortar una mano.
Le dio a elegir: izquierda o derecha.
Como era diestro, el jugador escogió la izquierda. Y se la cortaron.

Entonces sí, armado solo con su mano buena, el jugador por fin ganó.

17 de julio de 2011

Esto no es sobreesdrújula


Aritmética, originalmente cargada por My Buffo.

Un hombre levanta una cartulina, la enseña a un auditorio y pregunta: «¿Cuántas letras tiene esto?».

En la cartulina se lee: sobreesdrújula.

Los miembros del auditorio cuentan mentalmente. Unos se ayudan con los dedos. Algunos creen que la respuesta correcta es «catorce». El listo que todo lo sabe y que nunca falta murmura: «Sobra una e»; aunque se equivoca, como casi siempre.
Otro duda acerca de si la tilde computa como una letra o no.
Y una minoría considera que se trata de una pregunta trampa, porque las letras duplicadas (s, r, e, u) cuentan como una sola letra y, por tanto, el total es «diez».

«Tiempo», dice el hombre de la cartulina. «¿Y bien?», pregunta al auditorio.

Después de unos segundos de embarazoso silencio, el auditorio balbucea confusamente un polifónico y casi unánime catorce, mezclado con un par de trece, un quince, tres o cuatro diez y algunas toses incómodas.

Al fondo se levanta un tipejo desgarbado que insinúa con firmeza: «Cuatro». El auditorio ríe. Un anónimo especula entre las carcajadas: «Te falta un uno». El hombre de la cartulina, en cambio, se lo queda mirando con odio.

«Esto tiene cuatro letras», amplía el tipejo, y se va sin esperar respuesta.

Moraleja. Ahora mismo el lector se estará preguntando cuál es el sentido de la anécdota. Es difícil de decir. Como mucho, se puede afirmar que el sentido de esto es de izquierda a derecha.

12 de julio de 2011

Lógica futbolística

El armador recibe de espaldas. Pisa la pelota, intenta girar mientras levanta la cabeza y busca a un compañero. Lo enciman dos rivales. El jugador hace rodar la pelota bajo su suela. Amaga para un lado, amaga para el otro, amaga un pase. Se detiene, extiende un brazo para alejar al defensor, agacha la cabeza para comprender la maraña de piernas que tiene delante. Llegan otros dos rivales para presionarlo. Gira y se pone otra vez de espaldas. Persiste pisando la pelota y estudiando de reojo dónde están sus compañeros. Finalmente, la pierde.
* * *
Contraataque. El central sale rápido y mete un pelotazo al centro del campo, donde recibe otra vez el enganche que para la pelota, levanta la cabeza y estudia las posibilidades. Le pican por las bandas dos compañeros. Amaga hacia uno, amaga hacia al otro, se acomoda para la zurda. Lo enciman dos rivales que regresan desesperadamente a cubrir los huecos. El armador agacha la cabeza, simula que va a trasladar y se acomoda para la diestra. La pisa. Viene otro rival de atrás y le roba la pelota.
* * *
Por enésima vez, sus compañeros confían en él. Le dan la pelota en el círculo central y se abren, se mueven, se muestran. El armador engancha hacia atrás y se saca a un rival de encima. Avanza hacia un lateral y se detiene junto a la banda. Espera la marca de un contrincante y engancha hacia el centro. Elude a uno, elude a dos, encara en diagonal hacia el arco. Se frena, levanta la cabeza. Lo enciman otra vez dos contrarios. Pisa la pelota, amaga un enganche hacia fuera y la acomoda hacia adentro. Simula un disparo al arco y continúa trasladando. Se frena y engancha hacia el otro lado. Primero intenta un pase en cortada, pero no ve el hueco; después prueba con el desborde, pero está muy marcado. La tira muy larga, llega con lo justo, pisa la pelota contra la raya de fondo, pero se la roban.
* * *
Al finalizar el partido, el relator describe que el armador no estuvo veloz con los pases, que demoró mucho, que se entretuvo demasiado con la pelota y no la soltó con la rapidez requerida. El comentarista diagnostica que el armador pasa por un mal momento. «¿Por qué lo dice?», pregunta el relator. «Sencillo: los buenos momentos pasan rápido.»

30 de junio de 2011

Consejos al consumidor (IV)

    Hace un tiempo compré una cosa por internet: si no hubiera sido porque la vi en internet, no la habría comprado.
    Yo esperaba que me la enviasen por e-mail, como es lógico, pero la mandaron por mensajería postal. Así descubrí que las viejas y nuevas tecnologías de la comunicación son parte de un todo. Como esas mafias que están en todos los negocios. De hecho, llamaron por teléfono para corroborar la entrega.
    Pero ahí no acabó la cosa: decidí seguir la pista del paquete y llegué a una casa. Toqué timbre y me atendió una persona de carne y hueso, quien me explicó que él era el vendedor. O sea: un ser humano y no una página web, como se me había hecho creer.
    Ante tamaño fraude, intenté desinstalar al sujeto. Pero el hombre se resistió. (Eché de menos la pistola de plasma del Doom.)
    Estuvimos peleando cerca de una hora, hasta que conseguí ahorcarlo con un cable USB. La policía me detuvo queriendo borrar el historial y ahora cumplo perpetua en una cárcel común, rodeado de analfabetos digitales y sin acceso a la red.
    Mi conclusión: comprar por internet es contraproducente.

Razón de eficiencia

    Teniendo en cuenta que ocho de cada diez clientes estaba satisfecho, que siete de cada veinte personas no era cliente, y sumando que cuatro de cada cinco no-clientes querrían serlo y que ocho de cada doce de los restantes estaba insatisfecho (de los cuales tres de cada cuatro estaba muy insatisfecho), el nuevo director de Marketing y Ventas pensó que su trabajo iba a ser muy fácil, que el producto se vendía solo y que podían ahorrar mucho dinero en publicidad y personal.
    Lo primero que hizo fue despedir al que confeccionaba las estadísticas.

19 de junio de 2011

Rebolución

En el comando revolucionario discutían las acciones a emprender de manera acalorada, cuando un ciego puso orden y dijo: “Vamos a ver”. Un mudo insinuó que era hora de hacer oír su voz, mientras un sordo pedía que se escuchara el clamor popular. Un manco propuso empuñar las armas y un paralítico sugirió ponerse en marcha de inmediato.
El comando por fin se organizó: al que tenía trastorno obsesivo compulsivo lo pusieron a dirigir las operaciones para sembrar el caos y desestabilizar al régimen; al esquizofrénico le encargaron difundir el discurso de la revolución de manera clara y unívoca; al paranoico le encomendaron las negociaciones para sumar a otras fuerzas; al que tenía síndrome de Diógenes le ordenaron deshacerse de todos los documentos y pruebas en caso de derrota; y al retrasado le encargaron las tareas de inteligencia.
Al final montaron barricadas en un callejón sin salida, intentaron prender fuego una fuente, y fracasaron en su conato de cortar la cabellera a un calvo.

11 de junio de 2011

Comunicación social


Últimamente, las personas tienden a comportarse como zombis. Vagan sin rumbo y no piensan en lo que están por hacer: se dejan llevar o responden a estímulos azarosos, a impulsos irreflexivos.
Para lo único que quieren el cerebro es para comérselo.
Deambulan por la vida sin ton ni son y, en cuanto ven a alguien distinto, a alguien realmente vivo, lo atacan hasta convertirlo en uno de los suyos.
Me gustaría decir que hay una solución. Que se puede intentar despertar a las personas de su letargo. Que quizás la palabra adecuada en el momento justo actúe como una fórmula mágica para romper el encantamiento.
Pero no. La experiencia me dice que ya es demasiado tarde. Sea un virus, un agente químico o una maldición vudú, no hay vuelta atrás. No hay nada que yo pueda decir para salvarme.
Mientras los espero, acopio toda el agua embotellada que encuentro y reúno todos los cartuchos de perdigones que puedo. Sé que los zombis solo comprenden un lenguaje: el que sale de la boca de una escopeta recortada.