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24 de diciembre de 2014

Erotismo onírico-profesional


"Vas a ser un escritor de éxito el día que dejes de escribir sobre tus sueños y escribas más sobre sexo", me dijo la editora desde la cama deshecha, en un sueño.

13 de diciembre de 2014

El triunfador (y VI)


Ramiro ni siquiera sabe que se llama Ramiro. Tampoco tiene claro dónde está: a veces cree que en la escuela; a veces, en un hospital. Cada tanto se despierta en una habitación extraña, o en un comedor lleno de gente, o en una sala con mesas y sillas donde un montón de viejos y locos (o viejos locos) se entretienen armando rompecabezas, mirando la televisión o dormitando en un sillón. De golpe, sin darse cuenta, está acá o allá, y no tiene idea de cómo fue a parar ahí. Pero no le importa mucho.
Lo que le importa es ese montón de bloques de colores que tiene delante. Figuras enigmáticas que cree, intuye (sabe) tienen un propósito trascendente que todavía desconoce. Alguien las dejó ahí (no recuerda quién ni cuándo ni cómo; quizás una maestra… ¿o son enfermeras?), esperando de él una respuesta, que señale el camino hacia la iluminación última, que consiga desentrañar el misterio de las formas.
Las manos le tiemblan, los brazos son débiles y le cuesta asir correctamente las piezas. Toma un cubo (cree que es un cubo) y con lentitud lo acerca a sus ojos miopes: pero entonces ya no recuerda lo que es un cubo, si es eso que tiene delante. Duda, vacila, y con la otra mano toma una nueva figura: la acerca también ante sus ojos y compara. Ahora ya no está seguro de qué es un cubo y qué no, y si alguna de las dos (o ninguna) lo es.
Lo curioso es que cree tener clara la definición de cubo, pero no puede enunciarla. Y tampoco puede señalar con el dedo al verdadero cubo, porque no consigue reconocerlo. Y entonces se dice que no necesita saber qué es un cubo, sino que debe armar el eso.
Eso es algo que tampoco sabe definir, ni qué aspecto tiene, ni por qué debe hacerlo. Solo sabe que lo reconocerá en cuanto lo vea y que una fuerza desconocida lo impulsa (lo insta, lo apremia) a construirlo.
De modo que empieza poco a poco, con cuidado, tomando al azar un elemento a la vez. Uno se le cae, pero el resto permanece. Vuelve a intentarlo, por si fue su torpeza y no el bloque quien malogró la estructura: pero vuelve a caer. Así que toma otro y prosigue.
La estructura toma una altura sorprendente y ya casi es más alta que él sentado a la mesa. Ahora solo queda una figura por colocar, la rebelde, la que se resistía a permanecer en su sitio. La eleva sigilosamente hacia la cumbre, con la mano temblorosa y el hombro maltrecho resistiéndose a subir tanto. Y corona la obra.
De pronto despierta en una sala llena de gente. Hay enfermeras (¿o son maestras?) dando vueltas por ahí. Hay un televisor en una esquina, gente sentada en grupos, o solas, en sillones y sillas, ante mesas o frente a las ventanas, jugando al dominó o armando rompecabezas. Ramiro se pregunta cómo llegó hasta ahí, frente a esos juguetes de niños y una especie de castillo armado con bloques vaya a saber uno por quién.

11 de diciembre de 2014

El triunfador (V)


Ramiro juega con la pelota antes de devolvérsela a los pibes de la plaza. La pisa, apenas. La amasa como antes, pero no mucho más. No con esa pierna ni esa espalda. Los pibes se alejan un poco y montan la improvisada canchita algo más allá de su zona. No vaya a ser cosa que la próxima vez se quede con el cuero, o se los pinche en un arrebato de locura. Ramiro está acostumbrado. La gente le huye, lo esquiva, no le habla. En parte es por el olor, indudablemente: fuerte, penetrante, ácido, rancio, sedimentado, alcohólico, ahumado. Otro poco es por la pinta: roto, sucio, abandonado, con una superposición de telas indescifrables que se acomodan para tapar sus vergüenzas. Los ojos vidriosos, la nariz roja e hinchada, la piel con cicatrices, lunares y costras, el pelo entrecano rebelde, largo, enmarañado, la barba y el bigote amarilleando en torno a la boca, donde los pocos dientes que le quedan también se tiñen con el ocre de los cigarrillos. Camina a los tumbos, rengueando, arrastrando la alpargata izquierda. Pero no le importa mucho. Está más preocupado por otras cosas: el sol del otoño se empieza a poner y el aire se vuelve más frío. La placita, de noche, ya no es un buen lugar para dormir. Así que se pone en marcha. Tiene que encontrar un cajero, un local vacío, algún hueco al reparo donde su propio calor y unos cartones lo protejan de la inclemencia. Junta sus cuatro cosas (el tetrabrik, los cartones, los diarios, la frazada vieja) y sale pensando en un cajero. Sí, mejor un cajero. Va hasta la avenida y empieza la recorrida. No aparece nada potable. Recuerda que el año anterior (¿o el anterior al anterior?) había no muy lejos, capaz que a dos cuadras, una sucursal del Banco Ciudad donde por ahí… Pero no, se equivoca. Ahí no hay nada. Tal vez se confundió de avenida, o de recuerdo. Hay algún negocio vacío, pero tiene las persianas bajas, el candado bien firme y un colchón de papeles, cartas y basuras acumuladas desde tiempos inmemoriales. Está débil para pelearse con las cortinas metálicas, las cadenas y las ratas. Un cajero, si hubiera un cajero… De pronto divisa el cartel de un banco y apura el paso. La alpargata izquierda termina de perder media suela, pero él sigue convencido. Y cuando llega se encuentra al Otro. “Salí de acá, boludo”, dice el Otro. Ramiro examina el espacio, por si entraran los dos. No, demasiado estrecho. “Salí de acá, boludo”, repite el Otro como una amenaza, como el bufido de un gato previo a la escaramuza y los maullidos. “¿No sabés si hay más cajeros por acá?”, pregunta Ramiro. “Salí de acá, boludo”, insiste el Otro, alerta, de cuclillas, aferrado al suelo con las garras prestas al ataque. Ramiro se va resignado. Encuentra otra plaza, se acomoda en un banco, se tapa las patas con la frazada y el cuerpo con los cartones. Duerme dos o tres horas, hasta que el frío lo despierta y lo obliga a moverse para recuperar en calor.

9 de diciembre de 2014

El triunfador (IV)


“Una familia, un perro, una casita con una parrilla para hacer asados los domingos. Poca cosa, lo que pido es poca cosa”, expone Ramiro. “¿Nada más?”, se burla Juan, el otro taxista habitual del café, como si Ramiro fuese un nene caprichoso haciendo la lista de regalos para Navidad, o como si hubiese pedido el Santo Grial. “Vos querés ser un burgués de clase media”, prosigue Juan, mofándose, con terminología zurdita impropia de un facho como él.
Pero Ramiro continúa perdido en su fantasía: “Una casita en un pueblo tranquilo, ¿sabés? Lejos de los chorros, del quilombo, del tránsito, de los cortes de calle, de todo esto”, y Ramiro señala por la ventana la avenida ruidosa. “¿Y de qué vas a vivir en un pueblito de mierda como esos?”, lo desafía Juan. “Yo qué sé. Me pongo una ferretería, una panadería, cualquier cosa. Me da igual. Me fijo lo que falta y me instalo un boliche con eso”, divaga Ramiro.
“Mirá, Ramiro, para eso hay que hacer guita”, plantea Juan. “¿Cuánto te levantás por mes? ¿Cuántos viajes tenés que hacer? ¿Cuántas horas dando vuelta al pedo?”, le pregunta a continuación. Son preguntas retóricas (ambos conocen las respuestas), apenas una introducción a una propuesta indecente: “Cuando quieras, ya sabés. El trabajito que tenemos con los compañeros bonaerenses…” Ramiro voltea la cara. No quiere ni oír hablar de cosas ilegales. “Alegales, que no es lo mismo”, suele matizar Juan.
Ramiro había dejado la facultad y no había vuelto a tocar un libro. Pero dos años de Derecho le habían bastado para saber que Juan tenía una particular interpretación de la ley, y que el calificativo a su propuesta era sin dudas ilegal.
“¿A qué le tenés miedo, maricón?”, lo desafía Juan. Ramiro reflexiona, un poco para ordenar su cabeza, otro poco para preparar su exposición: “No se trata de miedo. No es temor a que me descubran llevando algo que no debo. Es otra cosa. Es más amplio. ¿Qué clase de vida es esa? ¿Qué familia se puede formar con trabajitos como ese? ¿Qué mujer se querría meter con un tipo así, que anda en cosas… cosas turbias, con esas compañías, con el riesgo de la cárcel ahí nomás”, se sincera Ramiro. “A la negrita que te curtís no creo que le importe mucho”, punza Juan. Ramiro sabe que le habla de la piba del burdel, a la que conoce solo por su nombre de guerra. Le tomó cierto cariño, pero no es la mina que tiene en mente para que sea la madre de sus hijos. “Dejala en paz”, atina a defender(se) Ramiro.
“Cuchame, Ramiro: no es de por vida. Cuatro, cinco, seis veces y listo. Capaz que un año, salteado. Y cuando terminás, ya tenés para agarrar a la negrita, tomártelas a un pueblucho de esos que te gustan y poner un parripollo, un kiosko, una cancha de pádel. Punto, sueño cumplido”, simplifica Juan.
Seis meses después, alguien los batió. Partícipe necesario en tráfico de drogas. Y algunos años de soledad, en una celda.

8 de diciembre de 2014

El triunfador (III)

Blackboard at the Laurent Schwartz Center for Mathematics, École Polytechnique
Collections École Polytechnique / Jérémy Barande

La clase está terminando. El docente, preocupado por cumplir con el programa, ve que le quedan unos minutos y empieza a plantear un nuevo tema. Pero Ramiro le pregunta: “¿Y para qué quiero saber yo lo que es un logaritmo si voy a ser abogado?”. Sus compañeros de clase ríen, o acompañan la protesta; solo unos pocos lo miran con recelo o indignación. “Para no ser un burro, Ramiro”, le responde el profesor, un matemático joven recién salido de la facultad. Después de unos segundos de introspección, de duda, de darle vueltas a los conflictos que pueblan su mente desde que decidió dedicarse a los números, a las abstracciones, a las fórmulas y a la docencia, el profesor se envalentona y añade: “Para ser sabio, para ser mejor en la vida, para entender cómo llegamos a comprender la estructura del Universo”.
“Para nada, o sea”, rebate Ramiro, saboreando la fama del transgresor, las risas y los aplausos. El profesor resopla, suspira, evalúa si merece la pena seguir discutiendo, si represaliar a los díscolos con una prueba sorpresa, si dejar correr los minutos o si ignorar el asunto y continuar explicando los logaritmos. Y está en esas, cuando Ramiro aprovecha su buena racha de popularidad y lanza una batería de comentarios hirientes: “Yo lo que necesito es saber de leyes, para ganar mucha guita como abogado, tener mi casita, mi quintita de fin de semana, mi BMW, mi esposa florero, mi amante y mis vacaciones en alguna paradisíaca isla del Caribe. Y cuando necesite saber qué carajo es un logaritmo, le pago a tipos como vos y listo”, se ufana. A no todos los alumnos les hace gracia el comentario, pero puestos a elegir entre uno de ellos y el profesor, las simpatías suelen ir hacia el primero.
“Muy bien, Ramiro”, se serena el profesor, aunque por dentro siente la acidez del estómago subiéndole hasta la garganta. “Pero mientras vos presentás un recurso de casación contra el plan de estudios del colegio, este cuatrimestre vas a tener que convencerme de que entendiste qué es un logaritmo y cómo se calcula”. “¿Me estás amenazando?”, ataca Ramiro. “No, Ramiro. Te estoy ayudando”, concluye el profesor, cuando suena el timbre y se siente como un boxeador al que salva la campana.
Ramiro acabaría llevándose previa Matemática de cuarto, y solo la aprobaría al volver del viaje de egresados, después de suplicarle al nuevo profesor que le ponga un cuatro para poder inscribirse en la Universidad.
El docente joven desapareció después de bocharlo por tercera vez en julio: algunos dicen que se fue a trabajar en una aseguradora de Zurich por un sueldo fantástico; otros creen que lo mataron unos pibes chorros cuando iba a dar clases en una villa.

7 de diciembre de 2014

El triunfador (II)

Campo de concentración (PS)

Ramiro juega con la pelota. Para un pibe de su edad, juega bien con la pelota. De hecho, lo que hace parece fútbol.
Está con los amiguitos en el parque. El balón parece enorme al lado de todos ellos. Y sin embargo Ramiro se las ingenia para que nadie se la pueda sacar. Los vuelve locos: gambetea para acá, para allá, deja a sus compañeros pateando el aire y mete el cuero entre los dos arbolitos que hacen de arco. Hasta su festejo parece de un futbolista profesional, con gestos teatrales y ensayados, buscando su firma, su identidad.
Los abuelos lo miran jugar entre asombrados y risueños. “Es un Maradona en miniatura”, festeja el abuelo. La abuela asiente, pero está más preocupada por otras cosas: el sol del otoño se empieza a poner y el aire se vuelve más frío. “¿Vamos yendo, viejo?”, dice la mujer.
El abuelo se acerca a los chicos y les informa que se terminó el partido. “Vamos, Diego Armando”, le dice a Ramiro, que camina con la pelota bajo el brazo como el autor de un hat-trick. “No, abuelo, me llamo Ramiro”, corrige en su aparente inocencia. “Pero parecés Maradona”, halaga el abuelo lleno de orgullo. “No abuelo, yo voy a ser mejor que Maradona; voy a ser el mejor del mundo”, declara el chiquito, que nunca vio jugar a Maradona. El abuelo suelta una carcajada y lo acompaña palmeándole el hombro, asintiendo. Claro que sí, Ramiro, claro que sí.
Ese fin de semana lo llevan a probarse a las inferiores de un club grande de primera. El papá y el abuelo están más ansiosos que el propio Ramiro. Y vuelven más decepcionados.
Ramiro apenas tocó la pelota. La perdía inexplicablemente ante todos sus rivales. En esta generación, por lo visto, los defensores salieron muy buenos.

El triunfador (I)


Ramiro ni siquiera sabe que se llama Ramiro. De momento, su nombre es solo un sonido recurrente que repiten la matriz y el guardián cuando están cerca de él. Y no le importa mucho.
Lo que le importa es ese montón de bloques de colores que tiene delante. Figuras enigmáticas que cree, intuye (sabe) tienen un propósito trascendente que todavía desconoce.
Hace diez pausas de comida atrás logró descubrir que podía amontonar unas piezas con otras, creando estructuras elevadas y multicolores. Juntando dos o tres figuras aparecía una nueva. Siempre diferentes.
Más tarde se percató de que no todas las piezas encajaban bien, y que el bloque equivocado en el sitio equivocado derrumbaba toda la estructura. Pero aún no sabía cuáles ni por qué.
Pero hoy, de pronto, sospecha que si logra reunir a todas las figuras en una única estructura vertical, el fin último de los bloques de colores será revelado. Y junto con él, su propio propósito en el Universo, el de Ramiro (que aún no sabe que se llama Ramiro).
De modo que empieza poco a poco, con cuidado, tomando al azar un elemento a la vez. Uno se le cae, pero el resto permanece. Vuelve a intentarlo, por si fue su torpeza y no el bloque quien malogró la estructura: pero vuelve a caer. Así que toma otro y prosigue.
La estructura toma una altura sorprendente y ya casi es más alta que él sentado. Ahora solo queda una figura por colocar, la rebelde, la que se resistía a permanecer en su sitio. La eleva sigilosamente hacia la cumbre y, cuando intenta soltarla para coronar la obra, el edificio entero se viene abajo.
Ramiro llora de frustración. Inmediatamente aparecen la matriz y el guardián, y dicen “Ramiro” y otras cosas repetitivas (“bebé”, “sh-sh”, “buenobuenobueno”, “¿qué pashó?”, “bububububub”). Lo alejan de los bloques hacia alguna estancia cálida donde hay comida y paz y sueño.

30 de agosto de 2014

De mal en pior

Cuando Cacho llegó al bar, Mandrake miraba con desconfianza (recelo, incluso) a Julito, que estaba contento; mientras, el Rober mostraba un gesto que iba de la fascinación a la incredulidad. Pero Cacho no saludó, ni preguntó qué tal, ni se interesó por sus amigos: se dejó caer en la silla, como quien realiza una declaración solemne con el trasero, o como el que busca llamar la atención con estridente disimulo.
‒A este no hay quién lo entienda ‒bufó Mandrake para el Rober, o para todos, o para nadie, mientras sacudía la mano en dirección a Julito.
‒¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Vas a agarrar un martillo y empezar a romper celulares? ‒desafió el Rober.
‒No, che, tampoco es para tanto. El celu se me rompió solo. Y yo no voy a obligar a los demás a pasar por la que yo pasé ‒se atajó Julito, con una sonrisa imperecedera.
Cacho resopló en su sitio, mirando para otro lado.
‒A ver, no entiendo un carajo ‒vociferó Mandrake‒, ¿vos no sos… o eras… un fanático de los telefonitos de mierda esos, eh?
‒Sí, de hecho lo soy ‒confundió Julito.
‒¿Y entonces porqué tenés esa cara de feliz cumpleaños? ‒preguntó Mandrake, casi como una queja‒ Vos tenés que estar triste, hecho bolsa, bajoneado… Como sigas sonriendo, te borro los dientes de una trompada.

23 de agosto de 2014

El secreto del secreto

‒Nunca, pero nunca de los nuncas, tenés que fiarte de (o hacerle caso a) una persona que esconde secretos.
‒¿Por qué?
‒No te lo puedo decir. Es un secreto.

1 de junio de 2014

Mundialito


A mí, la verdad, las ONG me chupan un huevo. No sé si me explico, viste. Pero el fútbol es el fútbol, y cuando Matías me llamó para jugar al fútbol, yo fui enseguida, loco.
Una ONG de esas que ayudan a los inmigrantes (a los negros, vamos a decirlo: porque a nosotros no nos dan ni pelota; ni hace falta, nosotros nos las rebuscamos solos, viste; pero los negros de patera, sabés, esos sí necesitan una mano, porque a veces ni hablan el idioma, entendés, y entonces están las ONG como estas para decirle tres boludeces y darle un paquete de cuscús), una de esas, te decía, organizó un mundialito de fútbol. La joda era que se juntaran españoles e inmigrantes, que se armaran equipos por países y jugar un torneo. Una boludez con la excusa del Mundial de verdad y de la integración y no sé qué forradas más, pero fútbol al fin.

31 de mayo de 2014

Plagiando a Cortázar


“Usted está plagiando a Cortázar”, me dijo mientras dejaba el manuscrito sobre la mesa entre asqueado y ofuscado. Muy serio lo dijo, hablando como si me acusara de un crimen horrendo: un parricidio, robar un caramelo a un niño. “¿Y qué pasa si Cortázar me plagió a mí?”, retruqué más serio aún, con el tono chillón e indignado que pongo ante imputaciones injustas y otras ofensas. “Pero escúcheme, insensato: Julio Cortázar se murió mucho antes de que usted aprendiera a escribir, ¿cómo se le ocurre que él podría haberlo copiado a usted?”, censuró con acento grave, aplastado por el peso de la ciencia, de la historia y de la verdad. “No sé, quizás viajó en el tiempo, nunca se sabe. O tuvo visiones en sueños donde yo escribía y él veía lo que yo había escrito y luego, al despertar, transcribió aquello que había visto. O quizás Cortázar nunca existió y es solo una creación mía, tan perfecta, tan autónoma, que hasta parece real”, lo confundí sin más argumentos que la duda.
“¿Habla usted en serio?”, preguntó tras una pausa de meditación e incredulidad. “No, no realmente”, suspiré resignado. “Yo, en realidad, siempre quise plagiar a Borges”.

24 de mayo de 2014

El bus más aburrido del mundo


Cuando voy en el autobús veo siempre lo mismo. Es inevitable. Para intentar ser útil, el autobús está obligado a recorrer cíclicamente los mismos lugares en el mismo horario. Y yo (quizás por idénticas razones) estoy condenado a viajar todos los días en el mismo autobús a la misma hora.
Y como yo, otros tantos. Ya nos conocemos de vernos siempre en el mismo coche, con similares destinos. No sabemos quiénes somos, ni cómo nos llamamos, ni adónde vamos una vez descendemos del vehículo. Pero nos conocemos. Cuando uno va justo de tiempo, por ejemplo, es un alivio llegar a la parada y encontrarse esperando a la gente con la que uno viaja día a día; no por el placer de su compañía, sino porque actúan como una señal reconfortante de que, pese a nuestro retraso, el autobús todavía no pasó por ahí.
Como somos casi siempre más o menos los mismos, tendemos a sentarnos o pararnos en los mismos lugares, nuestros lugares; aunque a veces perdemos la propiedad tácita ante la acción invasora del pasajero ocasional quien, distraído y ajeno al reparto territorial de los habituales, se posa con osada inocencia en tal o cual asiento, tal o cual ventanilla. Afortunadamente la expropiación no es eterna; de hecho, no suele durar más de un día, una vez por mes[1].
De modo que en cada viaje siempre veo lo mismo desde el mismo lugar: la misma gente y los mismos paisajes se repiten día tras día. Las pequeñas variaciones son las que hacen de la reiteración algo llevadero. Primero están los cambios estacionales: menos luz en invierno, más luz en verano; flores en primavera, hojas amarillas en otoño; abrigos y paraguas, escotes y minifaldas, colores apagados y vivos. Luego, los cambios puntuales: alguien que engorda o adelgaza; un negocio que cierra, otro que abre; un corte de pelo extraño; un árbol talado; macetas nuevas en un balcón; un bebé; un anciano que ya no nos acompaña.
Hace unos meses ocurrió uno de estos cambios, imperceptibles para el ocasional, pero notables para el asiduo. No es que fuera una transformación catastrófica, ni siquiera importante, pero entiéndase en su contexto: cuando uno realiza la misma rutina cada veinticuatro horas, un cambio así resulta, cuanto menos, llamativo.

Literatura infantil

Tengo un amigo invisible.
Mi amigo invisible juega conmigo.
Cuando juego con otros niños, mi amigo invisible ayuda a esconderme.
Mi amigo invisible hace las tareas conmigo. Mi amigo invisible vive en la calculadora que hace las cuentas y es la voz que lee mis libros de texto.

Cuando me siento sola, mi amigo invisible me hace compañía.
Y cuando estoy con mucha gente pero no me hacen caso, mi amigo invisible charla conmigo.

Mi amigo invisible es muy divertido.
Mi amigo invisible es mi mejor amigo.

Mi amigo invisible me visita también de noche.
Cuando las luces se apagan y todos duermen, mi amigo invisible me susurra al oído: “Mátalos a todos”.

¡Qué gracioso, mi amigo invisible! Sabe que no puedo levantarme porque duermo atada con correas.

17 de mayo de 2014

Veinte


Cuando se acerca el Mundial, una final de Libertadores o de Champions League, la última jornada del campeonato local o cualquier otro gran evento futbolístico, no faltan los detractores que salen a menospreciar el interés general que se palpa en el aire por el Deporte Rey, y lo vituperan reduciéndolo a la nadería más bobalicona que se les ocurre.
Pero quien dice que el fútbol son “veintidós boludos corriendo atrás de una pelota” no entiende nada, no sabe nada. La mera enunciación de la frase refleja un desconocimiento profundo sobre el balompié, su dinámica, sus actores, su lógica. Ninguno de estos superados contraculturales repara, por ejemplo, en la figura del arquero.
Los arqueros, uno por equipo, son tipos que no quieren saber nada con el balón, que respiran tranquilos cuando lo ven lejos y que sufren cuando se les viene encima. Al contrario que la mayoría de sus compañeros detestan su presencia, no sienten la necesidad de controlarlo, amasarlo, doblegarlo, obligarlo a hacer piruetas en el aire y conminarlo a una trayectoria curva, perfecta, hacia el ángulo recto de palo y travesaño. Todo lo opuesto: apenas toman la pelota, los arqueros la revolean lejos, con un pelotazo casi despectivo a la mitad de la cancha, como una amenaza (“no vuelvas por acá, no sos bienvenida”); y si sus coequipers se empeñan en pasársela para jugar corto, los arqueros sufren con los pies como un equilibrista sin red en la cuerda floja.
Los guardametas odian a la pelota. Le dan puñetazos, la tiran afuera del terreno de juego, la aplastan con su cuerpo contra el suelo, la alejan de sí todo el tiempo. Incluso la escupen, indirectamente, cada vez que empapan sus guantes de saliva antes de sujetarla. Y la insultan en susurros cada vez que tienen que ir a buscarla al fondo del arco, mientras ella parece sonreírles cómoda y burlona entreverada en la red.
Por eso, cuando alguien dice que el fútbol son veintidós boludos corriendo atrás de una pelota, no entiende nada. Son veinte, nada más.

17 de enero de 2014

Secuestro Muy Sofisticado

Foto por AMERICANVIRUS.

Sr. Fulano: tenemos secuestrado a su hijo. Si desea verlo otra vez con vida, envíe la palabra RESCATE al 666*.

*Coste del mensaje: 1.000.000 € +IVA. Promoción por tiempo limitado. Solo válida en Península y Baleares.