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11 de mayo de 2012

Engaño (Ellos II)


–Cuando sea grande, voy a ser rey –dijo el joven a su maestro–. Voy a armarme caballero y seré el más valiente de entre todos. Ganaré fama y dinero, y conseguiré que me nombren protector de una marca o de un ducado. Y luego conquistaré y ganaré tantas batallas que acabaran por nombrarme rey de reyes.
–Me parece bien –opinó el maestro.
–Voy a tener un castillo gigante, inexpugnable y luminoso, con mármoles en suelos y paredes, y estatuas y armaduras y estandartes. Tendrá enormes riquezas y lujos que compartiré con todos mis amigos y mis más fieles servidores. Y voy a gobernar sabia y justamente, y todos me van a adorar.
–Me gusta que pienses así –acotó el maestro.
–Y me voy a casar con una bella princesa y vamos a tener muchos hijos que serán hermosos y nobles e inteligentes. Y mi hogar será feliz, lleno de alegría y risas y sol y flores, incluso en invierno.
–Bonito futuro –evaluó el maestro.
Y el muchacho partió a enfrentarse con la vida.

El maestro, ya anciano, vio regresar años después a una figura harapienta, apoyada en un bastón para compensar la pierna ausente. Tras la melena enmugrecida, una mirada tuerta y llena de reproche enfrentó al viejo sabio:
–¿Me recuerdas? –preguntó.
–Claro. Eras mi aprendiz –reconoció el anciano–. ¿Qué fue de tu vida?
–Quise ser un noble, pero acabé al servicio de uno. Bajo su mando, tuve que saquear aldeas y quemar granjas. Los campesinos nos odiaban y, en cuanto tuvieron oportunidad, intentaron asesinarme. Debí huir, pero el noble consideró que fue un acto de cobardía y me preoscribió. Tuve que refugiarme en los suburbios de una ciudad apestosa y vivir entre ladrones y contrabandistas. En esos ambientes tan sórdidos, mi cuerpo fue llenándose de mutilaciones y cicatrices. Todas las mujeres me despreciaron. No hace falta aclarar que no he tenido hijos. Tampoco tengo amigos: mi aspecto y mis negocios espantan a cualquiera. Ahora, inútil, tullido y envejecido, apenas si puedo mendigar para gastar las pocas monedas que consigo en algún vino que me ayude a olvidar penas y dolores.
–Lamento oír eso. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?
–Ya nada. El daño está hecho. La vida no fue como habíamos hablado. Ahora solo me queda matarte.
–¿Matarme? ¿Por qué?
–Me engañaste. 

Ellos I

–No nos dejan ser libres.
–¿Quiénes?
–Ellos.
–¿Ellos quienes?
–Los poderosos.
–¿Qué poderosos?
–Los que mueven los hilos.
–¿Qué hilos?
–Los del Universo. Los que deciden todo.
–¿Todo-todo?
–Todo.
–¿No es mucho?
–Para ellos, no.
–¿Ellos quiénes?

27 de abril de 2012

Los habitantes del Tercio Norte



No se sabe exactamente quiénes son. Algunos sostienen que se trata de una secta, una hermandad secreta o un grupo de iniciados; otros creen que son simplemente miembros anónimos de una red descentralizada, como pequeñas células terroristas de la desdicha; la mayoría, sin embargo, piensa que apenas son un recurso metafórico, una manera de designar a los que deben llevar el peso de una triste y caprichosa maldición. Solo una cosa es clara: los habitantes del Tercio Norte existen.

Todo comenzó, como casi siempre, con una observación curiosa sobre una realidad eterna. En el pronóstico del tiempo, por enésima vez, el mapa de España aparecía cubierto de soles y temperaturas agradables… excepto en el tercio norte. Una y otra vez, los meteorólogos de la televisión y la radio repetían la dichosa frase, siempre distinta, siempre la misma:

“Soleado en la mayor parte de la península, exceptuando el tercio norte donde estará principalmente cubierto con riesgo de chaparrones…”

“El buen tiempo reina en todo el territorio, a excepción del tercio norte ya que una borrasca entra por el Atlántico…”

“Nubes y claros, poco riesgo de precipitaciones, menos en el tercio norte donde se esperan lluvias abundantes…”

“Se anticipa un fin de semana ideal para realizar deporte y actividades al aire libre, aunque no en el tercio norte, donde el mal tiempo dejará frío, granizo e incluso nevadas hasta el martes…”

Y así sucesivamente.

13 de abril de 2012

Level 8



El videojuego tenía unos veinte o treinta niveles. Aunque algunos aventuraban que los niveles eran infinitos; otros, que solo eran diez pero que se repetían una y otra vez, añadiendo más velocidad, o enemigos, o algo así. No lo sabían a ciencia cierta: todos tenían una copia pirata, sin manual de instrucciones ni otras referencias.
Entre los compañeros de clase corría el rumor de que el primo del amigo del hermano mayor de uno había alcanzado el nivel 23. La mitad del aula desmentía esa hazaña; la otra mitad soñaba con igualarla.
César nunca pasaba del nivel 7. Se sabía los cuatro primeros de memoria: conocía todos los movimientos, secuencias optimizadas de acciones y demás trucos para sortearlos sin problema. Los niveles 5 y 6, en cambio, introducían factores de dificultad y aleatoriedad que hacían más complicado seguir ascendiendo; sin embargo, con un poco de práctica y buenos reflejos, llegaba con algunas vidas intactas al nivel 7. Pero ahí acababa la historia.
Intento tras intento, no lograba solventar los escollos (aparentemente) insalvables, puestos ahí por los programadores con toda la mala fe del mundo. Y tarde a tarde, después de la merienda, fracasaba en el objetivo de ver que había más allá. Quizás, pensaba en la derrota, no haya nada después.

Hasta que un día se produjo el milagro. Una combinación de suerte, casualidad, azar y un atardecer inspirado, lo puso de improviso en el nivel 8.
César no podía ni frotarse los ojos. Tras la breve pausa que daba el programa anunciando el siguiente estadio, ya había que ponerse en marcha. Apenas tenía tiempo para admirar la nueva pantalla, ese escenario tantas veces deseado, completamente desconocido, donde todo era nuevo, donde todo estaba por descubrir: los enemigos lo asediaban y, acostumbrado a repetirse durante siete escalones, César no sabía cómo reaccionar ante los nuevos ataques. El corazón le latía a mil por hora de la emoción y la adrenalina. Tenía que durar, no podía dejar pasar esa oportunidad. El nivel 8, por fin. Y después el 9, y el 10 y, por qué no, el 23. No la cagues ahora, César, no arruines todo. ¿Qué es eso? No, a ver, movéte para acá. Ahí, no, salí de ahí. ¡Cuidado! No me hagan eso. A ver… ¡No, así no! ¡Déjenme vivir! ¡Esperen, esperen, todos a la vez no! ¡Voy a perder! Voy a perder, voy a perder…
Y perdió.

Game Over.

En su entusiasmo juvenil, César lo intentó de nuevo: ni siquiera pasó del nivel 6. Probó una vez más, y cayó en el eterno 7. Desistió.
Apagó el aparato, se recostó en su cama, cerró los ojos, e intentó retener la imagen del nivel 8, de lo que llegó a percibir del nivel 8, de lo que creyó entrever en el nivel 8, de lo que imaginó haber visto en el nivel 8, de lo que hubiera significado ganar el nivel 8.
Al día siguiente fue a la escuela, compartió su gran logro con los compañeros, se vanaglorió el día entero de su conquista, exageró algunos detalles, inventó otros, se adjudicó destrezas inauditas, y se permitió tomarles el pelo a los amiguitos que no conseguían pasar del nivel 6. Cuando salió de clase y volvió a casa, guardó el juego en un cajón y no lo cargó nunca más.

31 de marzo de 2012

Hablando solo


Tres tipos en un desierto. Caminan sin agua ni rumbo preciso.
–Veamos el lado positivo –dice uno–. Al menos estamos acompañados.
–Para que eso sea positivo, uno de nosotros tendría que ser un vampiro y estar dispuesto a beberse la sangre de los otros dos –refunfuña el segundo.
–No exageres –corrige el tercero–. Es mejor afrontar un trance como este en compañía. La soledad te puede volver loco.
–A mí me va a volver loco la sed –masculla el segundo.
–Y a mí me van a volver loco tus quejas –se ofende el primero.
–Al final me voy a arrepentir de lo que acabo de decir –se arrepiente el tercero.
–Ya lo dice el refrán: mejor solo que mal acompañado –desafía el segundo.
–Vos querés quedarte solo con la cantimplora –argumenta el primero.
–Si al menos tuviera agua… –suspira el segundo.
–No discutan, por favor. Esto no nos lleva a ningún lado –media el tercero.
–Nada lleva a ningún lado. Estamos en el medio de un desierto –se deprime el primero.
–Tratemos de pensar en cosas agradables –propone el tercero.

8 de marzo de 2012

Terapias sustitutivas de intensidad variable


–Hola, vengo a sacarme una idea de al cabeza.
–¿De qué idea se trata? ¿Una idea fija, una obsesión…?
–Más bien es como un sueño recurrente. Pero también lo tengo despierto.
–Ah, ya veo. Una especie de anhelo subliminal.
–Sí, supongo…
–¿Ha tomado ya alguna medida, ha intentado sacársela por sus propios medios?
–A decir verdad, sí. Me fui este fin de semana a visitar a unos parientes. A veces funciona, ¿vio? Ellos viven en las afueras y no nos vemos seguido, así que nos ponemos a charlar de nuestras cosas, a recordar viejos tiempos, y así se me va la cabeza en otros pensamientos.
–Claro, claro. Pero me imagino que esta vez no funcionó.
–Lamentablemente, no.
–¿Y un viaje más largo? ¿Unas vacaciones?
–Mh… Creo que eso lo empeora. Ya me pasó una vez: con tanto tiempo libre, haciendo nada, la idea crece en lugar de desaparecer.
–Es cierto, tiene razón. Entonces habrá que probar alguna terapia de choque.
–Eso me temía. ¿Qué me sugiere?
–¿Qué tan grave es el asunto? ¿Tiene visos de convertirse en algo peor, como ludopatía, aracnofobia, o alguna forma de psicosis?
–Creo que no es para tanto.
–Bien, entonces puedo recomendarle terapias sustitutivas de intensidad variable.
–¿Y eso qué es?
–Le damos unos cuantos problemas para que usted piense en otra cosa y se olvide de su sueño.
–Ah, interesante. ¿Y cómo son?
–Ahora está saliendo mucho el desempleo de larga duración. Pero algunos especialistas creen que no es lo más adecuado, porque reemplaza una idea recurrente por otra, en este caso la obsesión por encontrar trabajo.
–No, claro. Además, yo no estoy como para perder mi empleo.
–Bueno, de todos modos le digo que depende mucho del caso: hemos visto obsesiones que nos han obligado a adoptar una solución combinada de desempleo crónico, desahucio y divorcio.
–No me diga. ¿Entonces tienen también problemas familiares?
–Por supuesto: desde disputas de pareja, pasando por malas notas de los hijos, hasta infidelidades, consumo de drogas… Un abanico muy amplio.
–No estaría mal, pero vivo solo.
–No se preocupe, también tenemos incidentes domésticos.
–¿Y eso qué es?
–Un caño roto, fugas de gas, rotura de electrodomésticos, humedad en las paredes, plagas… Y ahora vamos a inaugurar nuestra nueva línea de vecinos molestos.
–Eso podría funcionar.
–¿Le pongo un incidente doméstico, entonces?
–Uno o dos. ¿Qué me recomienda?
–Eso depende un poco de cuán persistente sea la idea. De todos modos, yo le recomendaría que mezcle un incidente doméstico con algún problema de trabajo, así se asegura de que va a tener todo el día la mente ocupada con otros asuntos.
–Es verdad, no lo había pensado. ¿Qué problemas me puede ofrecer?
–Tenemos el famoso encargo urgente, que se pide mucho porque es de acción rápida; pero tiene la contra de que el efecto también suele ser pasajero: una vez resuelta la emergencia, los síntomas pueden reaparecer.
–No, no, necesito algo más a largo plazo.
–Entonces puedo proponerle un conflicto laboral, con compañeros o con jefes; un proyecto importante, de larga duración, que requiera horas extras, reuniones fuera de la ciudad y un plus de presión añadida; o una reestructuración de la empresa, con amenaza de despido y competencia salvaje entre trabajadores para no perder su puesto.
–Creo que el proyecto va a estar bien.
–Perfecto, entonces: un incidente doméstico… ¿Qué prefiere, electrodoméstico o estructural?
–Eh… Electrodoméstico. Así paseo un poco buscando uno nuevo.
–Muy bien. Y un problema de trabajo, proyecto especial de larga duración. Tome, este es su recibo; pase por caja que ahora le cobran.
–Muchas gracias.
–Consérvelo, que lo necesita para la garantía. Si dentro de un par de meses no consiguió sacarse la idea de la cabeza, le podemos ofrecer gratis otras soluciones de nuestro paquete.
–Perfecto. Gracias de nuevo.
–A usted.

17 de febrero de 2012

Fuera de juego

Corner by My Buffo XP

Corner, a photo by My Buffo XP on Flickr.
Cacho, la última incorporación de la barra, llegó junto al Negro hasta el bar de Manolo. Ahí lo encontraron al Rober, con una birra de litro sobre la mesa, unos manises, unos palitos y algunas servilletas de papel hechas pelota.


–¿Qué hacés, Rober? –saludó el Negro.
–Bajoneado –dijo el otro, como suspirando una obviedad.
–Contá, contá –sugirió Cacho, convencido de que hablar sobre un problema es la mitad de su solución. (Y sobreactuando su recién adquirida amistad con los muchachos).

«Es así, viste –sentenció El Rober–. Otro año más igual. Empieza el campeonato y ya te olvidaste del año anterior, de esos puntos tontos que perdiste de local, de cómo te cagó el referí en la cancha de los otros… Agua pasada. Te da igual. Ahora es distinto, arrancamos todo de cero. Tenés más o menos el mismo equipo, es cierto: alguno más veterano, algún pibe nuevo; pero más o menos lo mismo. Sabés que no es un gran equipo, uno de esos que hacen historia, que marcan a fuego la memoria de los hinchas propios y de los rivales; pero es digno, viste, y con la combinación de resultados adecuada, puede aspirar a campeón.
»A ver este año, te decís. Capaz que esta vez sí que se da.
»El primer partido te toca de local: ganás por goleada (un tres a cero, tampoco nada exagerado) y ya empezás a soñar. Después encadenás tres o cuatro triunfos al hilo: alguno sobre la hora, otro de puro milagro, y alguno sólido pero mínimo. Empatás con un equipo difícil, de visitante, y te llenás de orgullo. Capaz que esta vez sí que se da, te repetís con más convicción.
»Y entonces vas y ganás a uno de los de arriba, de los jodidos, al vigente campeón o algo así. Y te envalentonás. Se te da por cantar, en público y sin remordimientos, eso de que “vaaa saveeer que vamo sasalir campeoneee…”

7 de febrero de 2012

Salir


Un hombre torpe y tímido se enamoró de una compañera de trabajo. Desorientado, sin saber cómo actuar, pidió consejo a un amigo.
El amigo le dijo: “Es muy simple. La llamás a tu despacho y, cuando estén solos, la mirás a los ojos y la invitás a salir. Eso sí: con mucho tacto, con educación y respeto.
El hombre, torpe y tímido, no quiso escuchar más. Entusiasmado con el plan, decidió ponerlo en práctica de inmediato. Se las ingenió para que sus colegas de escritorio abandonaran la habitación, cerró la puerta, tomó el teléfono, marcó un número interno y dijo:
Daniela, soy Félix, de Administración. ¿Podrías venir un momento a mi oficina?
Al cabo de unos pocos minutos, Daniela abrió la puerta y, pidiendo permiso, entró. Cerró despacio y se quedó expectante. Félix la miró a los ojos e invitó, educado y respetuoso:
Daniela, ¿serías tan amable de salir de mi despacho?
La mujer, perpleja, abandonó el cubil como una oportunidad que se va para no volver. 

4 de febrero de 2012

Odiosos e Inevitables VII - Porque sí


Obsesión, originalmente cargada por Julikeishon -dibujos-.
Porque sé que es imposible.
Porque a mí nunca me va a pasar.
Porque soñar despierto con vos no significa nada.
Porque yo soy un tipo duro, recio, con el corazón blindado.
Porque esta congoja y el insomnio tienen alguna explicación científica.
Porque es pura casualidad que nos encontremos varias veces al día en lugares distintos.
Porque solo me sube el ritmo cardíaco cuando me rozás; y únicamente me distraigo con las gráciles ondas de tu pelo; y apenas me angustio con la profundidad de tus ojos inalcanzables.
Porque yo no soy de los que se enamoran.
Porque estoy loco por vos.

3 de febrero de 2012

Odiosos e Inevitables VI - Culpa de ellos



No puede ser que todos se quejen.
No puede ser que siempre haya algo mal.
No puede ser que nunca falte algo para criticar.
No puede ser que la culpa siempre la tengan otros: ellos.
No puede ser que la única solución sea la protesta, la manifestación.
No puede ser que siempre esperemos a que otro venga a arreglarnos los problemas.
No puede ser que todos estén furiosos por todo, que griten y rechacen y no se resignen a que el mundo no siempre va a ser lo que quieren que sea, o lo que creen que es.
No puede ser que no lo entiendan.
Alguien debería hacer algo.

2 de febrero de 2012

Odiosos e Inevitables V - Inquerible



Quisiera creer que no pasó nada.
Quisiera creer que no existe nadie más.
Quisiera creer que te doy todo lo que necesitás.
Quisiera creer que sos absolutamente sincera conmigo.
Quisiera creer que no vas a dejarte tentar por esos tipos sofisticados.
Quisiera creer que puedo confiar en vos, en cualquier circunstancia, lugar y tiempo.
Quisiera creer que no sos capaz de andar coqueteando con otros mientras yo estoy en fuera, ni hacerle caídas de ojo al vecino, ni reírle las gracias a tu compañero de trabajo.
Quisiera creer que somos el uno para el otro.
Pero querer no siempre es poder.

1 de febrero de 2012

Odiosos e Inevitables IV - Terror



No niego que a veces tartamudeo.
No niego que me cuesta un poco expresarme.
No niego que me preocupa lo que vayan a pensar de mí.
No niego que intento ser cauteloso, medido, prudente, diplomático.
No niego que a menudo me quedo sin palabras, apagado, enterrado en un rincón.
No niego que, de todo lo que se me cruza por la cabeza, aflora por mi boca una décima parte.
No niego que en más de una ocasión me quedé con las ganas de insultar a alguien, de declarar mi amor, de enfrentar una injusticia, de desenmascarar a un farsante o de arriesgarme al fallo.
Pero yo no tengo miedo a decir lo que pienso.
Bueno, siempre que a vos te parezca bien…

31 de enero de 2012

Odiosos e Inevitables III - No, nada, nadie



Está claro que no soy el mejor.
Está claro que tampoco soy el peor.
Está claro que soy tan bueno como cualquiera.
Está claro que yo podría haber estado en su lugar.
Está claro que él no es exactamente como la gente cree que es.
Está claro que la otra tampoco destaca mucho en el puesto donde está.
Está claro que todos ellos tuvieron suerte; que estaban en el momento indicado en el lugar indicado; que me podría haber pasado a mí; y que yo sabría hacer las cosas mucho mejor.
Está claro que no tengo nada que envidiar a nadie.
(=Tengo algo que envidiar a todos.)

30 de enero de 2012

Odiosos e Inevitables II - Susceptible



Es cierto que a veces preferiría no conocerte.
Es cierto que a veces te deseo alguna desgracia.
Es cierto que a veces hablo mal de vos a tus espaldas
Es cierto que a veces garabateo maldades sobre una foto tuya.
Es cierto que a veces te echo la culpa de todas las desventuras de mi vida.
Es cierto que a veces no hago otra cosa que pensar en cómo devolverte el sufrimiento.
Es cierto que a veces voy a tu casa y pinto obscenidades en tus paredes, y rompo tus ventanas con piedras, y riego tus plantas con ácido, y grito cosas horribles a los cuatro vientos.
Pero yo no te guardo ningún rencor.
Solo estoy un poco susceptible.

29 de enero de 2012

Odiosos e Inevitables I - DesAtinado


A pesar de que no hay otra explicación.
A pesar de que suelo intuir lo que va a pasar, y pasa.
A pesar de que distintos intentos producen idénticos resultados.
A pesar de que parezco condenado a repetirme en los mismos errores.
A pesar de que cada maniobra evasiva me conduce al lugar que quise evitar.
A pesar de que en campo abierto tiendo a seguir el sendero marcado en la tierra.
A pesar de que he negado a las profecías y a los horóscopos, a la genética y al determinismo, a Dios y a los dioses, a lo escrito y a lo inevitable; y a pesar de que me persiguen adonde voy.
A pesar de las evidencias, no creo en el destino.
Ese debe de ser mi destino.

Odiosos e Inevitables


Impulsos, originalmente cargada por Julikeishon -dibujos-.

A partir de hoy, y por siete días, voy a publicar una serie de escritos (torpes y ridículos) unidos temáticamente.
Dice mi amigo, el músico y compositor Emilio Nicoli, que el arte no se explica: que cada uno escuche, lea, mire y saque sus propias conclusiones. Y me parece bien.
Pero esta serie, quizás porque no es del todo obvia, o porque quizás es demasiado personal, necesita una pequeña introducción.
Hay, al menos, siete sentimientos que (para mí) son tan odiosos como inevitables, y que intento suprimir en cuanto afloran porque me avergüenzan, me incomodan, me hacen ver como un idiota. Estos son: la superstición (la sensación de que hay algo ajeno a nuestra comprensión que interviene en nuestras vidas); el rencor (ese odio malsano que se enquista y deriva en sed de venganza); la envidia (hija de la incapacidad para reconocer nuestras propias limitaciones); los celos (el reflejo posesivo de las personas inseguras); la timidez (esa manía de tragar vidrio con al boca cerrada); la indignación (producto de la ignorancia sobre cómo es el mundo real); y, por supuesto, el amor (o el enamoramiento, esa enfermedad mental que te sume en un estado de febril pelotudez).
Esta serie quizás sea un intento por exorcizar aquellos demonios. Va dedicada a todos los que no me creyeron capaz de superar mis males: ojalá que se atraganten con estas palabras.
Puede que alguno descubra que alguien ya hizo algo parecido: pero ¿a que no lo hicieron tan bien como yo? También es probable que alguien me quiera copiar: el mundo esté lleno de hijos de puta sin talento que se roban las ideas ajenas; alguien debería hacer algo.
(Y también hubiera querido dedicársela a ella, pero no me animo…)

27 de enero de 2012

El ahorcado (I)


De ventanas y otros huecos, originalmente cargada por My Buffo.


“… como aquel que haciendo alarde
de coraje en el sufrir
no se mata de cobarde
por temor de no morir”.
Me da pena confesarlo
Alfredo Le Pera y Mario Battistella

Imaginate que estás solo en una habitación chiquita, de noche, con la lluvia chapoteando en el techo, una gotera que moja la almohada donde deberías estar durmiendo y una lamparita de 25 watts apurando sus últimos instantes de vida útil. No sabés qué hora es: estuvo oscuro todo el día y vos anduviste saltando de sueños febriles a pesadillas a vigilia ansiosa. Cuando te despertaste por última vez, las gotas del techo te taladraban la frente como una tortura china. Apenas retenías las imágenes de un mal sueño: una fuga surrealista por una ciudad en ruinas, perseguido por personas que parecían zombies, sin lugar donde detenerse, acorralado, acosado, sin otra escapatoria que seguir huyendo indefinidamente en un mundo completamente hostil. No recordás sino la sensación horrible de que todo otro ser era maligno, que absolutamente todos eran tus enemigos, que te querían muerto, que no te iban a dejar escapar.

Vas hasta la mesita donde reposa un termo y un mate lavado, y te cebás un amargo, frío. Mirás por la ventana, a través de las persianas caídas, y ves la avenida Corrientes mojada, las luces de neón defectuosas, los techos amarillos de los taxis. Sentís el ruido del tráfico, de los colectivos, de la gente que se tropieza en las baldosas flojas, se moja y putea. Volvés a la cama, a ese catre quejumbroso, y te sentás cansado. Oís entonces al vecino, que sigue poniendo discos de tango, uno tras otro: Pugliese, Gardel, Julio Sosa y Goyeneche, sobre todo Goyeneche. Suena por enésima vez en el día una versión de Sur y alguna frase te da vueltas por la cabeza:
“Ya nunca me verás como me vieras / recostado en la vidriera / esperándote...”
Ni eso ni nada. Sabés que el final se acerca, que ya no hay salida, que te van a encontrar tarde o temprano, ahí, en esa pocilga que viene a ser tu penúltima morada.

25 de enero de 2012

Errante


Sombras, nada más (PS), originalmente cargada por My Buffo.
Lo había perdido todo buscando esa silueta errante que vio una vez por la ciudad: una sombra misteriosa, cautivante y peligrosa; un enigma en movimiento, una duda imperiosa.
Había oído que rondaba por el centro, o en un barrio de las afueras; que salía de noche o viajaba en tren de día; que dormía en las plazas y se bañaba en las fuentes; que se escondía en las estaciones o en los portales oscuros.
La perseguía sin pausa, y sin resultados. Donde fuera que la buscara, la silueta errante ya había desaparecido. Parecía presa de un embrujo que le impedía controlar sus propios pasos, que la obligaba a vagar sin ton ni son por pasajes y callejones, rondando sin patrón ni sentido. No había forma de anticipar sus huellas, de predecir su destino.
Pero él lo intentó. Olvidó su casa, su familia, sus amigos, su trabajo, su vida entera, consagrándose de lleno a la perpetua persecución de una sombra impredecible.
Y por fin, contra todo pronóstico, la encontró.
En la misma calle donde aquel día tuvo por primera vez la extraña sensación de que una figura fugaz se movía sombría entre la gente, apartada de la gente; en la misma esquina donde la vio desaparecer y perderse para siempre; contra ese escaparate anticuado y venido a menos que solía ignorar camino de la oficina; allí, en ese preciso lugar, él volvió a toparse con su propio reflejo.

23 de enero de 2012

Pixelado


Un escritor contemporáneo se propuso escribir una novela policial, como tantas otras, pero con una curiosidad: las iniciales de los nombres de todos los personajes se corresponderían con las extensiones más conocidas de los archivos informáticos: PPT, JPG, DOC, XLS, PDF, PSD, GIF, BMP, TXT y así siguiendo.
No conforme con ello, intentó que las características de los protagonistas tuvieran alguna relación con el tipo de archivo al que referían: DOC, un catedrático de renombre, era sospechoso del asesinato de TXT, un estudiante de Letras; JPG era un joven policía que desplazaba al anticuado BMP, mientras que TIF era más inteligente, y RAW el más noble y elemental; XLS era un contador en la empresa donde PPT se dedicaba a las relaciones públicas; PDF era un periodista que estaba en todas partes y GIF era un vendedor de segunda contratado por la empresa de HTML.
El escritor esperaba que su público apreciara estas sutilezas, de modo que no mencionó su astuto el juego de archivos e iniciales en las distintas presentaciones, ni arrojó pistas sobre ello en las entrevistas o en sus columnas firmadas.
Aproximadamente uno de cada diez (o de cada veinte) lectores descubrió el vínculo entre extensiones y personajes, y uno de cada diez (o veinte) de los sagaces comentaron la jugada en foros, chats y redes sociales. A pesar de ello, no consiguieron mejorar la opinión general sobre la novela, considerada como de mala calidad: la resolución del caso era abrupta y pobre, y quedaban muchos detalles sin definir. 

16 de enero de 2012

Solitario


Solían creer que era un tipo responsable, que pasaba horas y horas trabajando con su portátil, en cualquier lugar, en cualquier momento.
Solían verlo siempre serio, meditabundo, concentrado en su pantalla, moviendo levemente los dedos sobre una tecla o sobre el touch-pad.
Solían pensar de él que era un tipo inteligente, que sus silencios eran fruto de una intensa reflexión, que el día que hablara sería para pronunciar la palabra justa.
Solían aventurar que gozaba de genio, de una mente prodigiosa ocupada en grandes asuntos, en cosas importantes más allá de nuestro entendimiento.
Solían encontrarlo inmóvil, pensativo, abstraído del entorno, solo él y su máquina.
Solían apreciar en su rostro un gesto de rabia, disconforme, propio de un perfeccionista que no solo busca una solución, sino la mejor solución posible.
Solían arriesgar que sus suspiros, profundos y apesadumbrados, eran fruto de una frustración humana, propia de quien sabe que puede dar más.
Solían tener la esperanza de que en ese cerebro y en ese procesador se encontraba la respuesta a los misterios del Universo, la cura a todos los males, el destino futuro de la humanidad.
* * *
Solía perder en el solitario.